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Hoy comienza el puente más largo del año. Este viernes se estira, pasa por encima del fin de semana, empata el lunes con la Nochebuena y aterrizará en la realidad dura el miércoles de la semana entrante, si es que la parranda deja viva alguna brizna de sensatez.
Otro tanto pasará dentro de ocho días, si se sustituye Nochebuena por Año Nuevo. Serán dos tandas de cinco días cada una, tácticamente ubicadas por el destino para que Colombia y el mundo occidental se sumerjan en una apnea de política y de realidad tozuda.
Bendito corte, tras un 2018 a cuyo término nadie cree en nada. Es como si un fuego que no se apaga chamuscara el tris de fe y esperanza de la gente en instituciones, caudillos, ideales, partidos, justicia, incluso en que el bien germina ya.
A tono de lo escrito por Yolanda Reyes, luego de aborrecerse hasta el fondo a causa de los bandos enfrentados, los parientes y amigos se sientan a la mesa de los buñuelos sin ganas de pelear. No hay contra quién despacharse, todas las banderas están manchadas. De modo que mejor recordemos la infancia y cantemos como desde cuando tenemos memoria.
Precisamente por eso el sabio almanaque determinó este par de largas lagunas en el tiempo. Será un lapso para volver al origen, no desde los argumentos y los gritos, sino a partir del inconsciente colectivo. Este es un estado de melcocha en que cada cual cierra los ojos, se tiende de espaldas y levita en la nada.
Como no existen expectativas ni propósitos delimitados, el sueño de la razón producirá monstruos. Digamos que estos monstruos sean ad hoc, para diferenciarse de sus compañeros que devastaron el año. Tan estragados arribamos a este cabo de año que ningún engendro de sueños será peor que esta herencia de desencanto.
Es igual que las casas derruidas y abandonadas a la hierba, o que los navíos semihundidos al arbitrio de vientos y pájaros. Sobre ellos la historia ejerció juicio final. Es preciso barrer a fondo sus ruinas. Así, jóvenes arquitectos y armadores arrancarán de cero la construcción.
Comparada con el ritmo de la historia, la labor de 2018 fue veloz. Los 12 meses comprimieron paz, elecciones, corrupción, títere, video millonario, cianuro, ji ji ji. Cada golpe doblegó alguna seguridad o puso en blanco y negro la inanidad de íntegros los discursos. Caricaturas, memes y trinos contribuyeron con mazazos instantáneos.
Por eso hoy el país es más limpio. El campo mental de los ciudadanos echa humo, las cenizas se irán elevando, la tierra abrirá sus poros hacia siembras imprevisibles. La actual tregua de diez días servirá de unidad de cuidados intensivos, de modo que al amanecer el otro año las cosas serán nuevas.
No se puede acusar a este proceso de haber acelerado el tranco evolutivo y tolerante de los siglos. No, Colombia viene de padecer los hornos prolongados de la guerra y de la injusta repartición, por siglos creyó estar al fin en el fondo de la olla. De modo que el ambiente estaba más que preparado. Solo faltaba un enloquecimiento como el de este año.