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Oreste Omar Corbatta Fernández nació el 11 de marzo de 1936, hace exactamente 86 años, en Daireaux, un pueblo de la Provincia de Buenos Aires. Como la mayoría de los niños en Argentina, la pelota era el juguete que le hacía olvidar las miserables condiciones en las que vivía y que lo obligaron a trabajar desde pequeño para ayudar con los gastos de su humilde hogar.
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El niño tenía ocho hermanos y sufrió a temprana edad la muerte de su padre, que causó que su madre, Isabel, tomara la decisión de trasladar la familia a La Plata. Oreste Omar nunca abonó su balón. Con él llegó al club Juverlandia de Chascomús, donde comenzó a demostrar un talento que era superior al de los demás soñadores con los que compartía.
En uno de los partidos con ese equipo, un enviado de Racing lo observó y le expuso a la dirigencia de la institución de Avellaneda la necesidad de contratar a ese “crack”. Y así sucedió: pagaron 14.000 pesos argentinos de la época para que Oreste se pusiera la camiseta celeste y blanca. Y se la puso en 1954. Deleitó a los hinchas de La Academia con jugadas memorables por la banda derecha y fue figura en los títulos de primera división de 1958 y 1961.
Y es que Corbatta era un wing (puntero) derecho que gambeteada a cuanto rival se le pusiera en el camino, que amagaba prácticamente cada segundo, que hacía túneles y metía centros y golazos de antología. De hecho, según artículos de prensa de la época, muchos lo consideraban mejor que el legendario brasileño Garrincha.
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Al igual que el hombre que fue figura en el título de Brasil en el Mundial de Chile 1962, Corbatta era un rebelde que se dejó llevar por el difícil mundo del alcohol. No fueron pocos los entrenamientos y partidos a los que llegó bajo sus efectos. Y cuando ellos no habían pasado, no le daban muchas ganas de jugar. “No me pasés la pelota, que no la veo”, le dijo Corbatta a Raúl Óscar Belén en un compromiso determinante ante Estudiantes de La Plata. Pero todos se la pasaban porque era el que mejor la trataba. Él se cansó y para quitarse “el problema” de encima anotó dos golazos y decretó una nueva victoria de Racing.
En esos momentos de borrachera era víctima de sus propias palabras, pues Corbatta siempre expresó que la pelota no se quería ir de su lado porque nadie la trataba mejor que él. En otro encuentro en que no tenía muchas ganas de jugar, un fotógrafo que estaba ubicado al borde del campo de juego le dijo: “Dale, Corbatta, jugá que te sacó una foto”. Y él le respondió: “Si me sacás una foto, juego”. El reportero aceptó el trato y el astro argentino eludió a cuatro contrincantes y anotó un golazo. “¿Me la sacaste?”, le preguntó Corbatta al fotógrafo, quien le contestó: “No me diste tiempo, recién preparo el rollo”. El wing se enojó y no jugó más.
Sí tuvo ganas de jugar el Campeonato Sudamericano (hoy en día Copa América) de 1957 en Perú, en donde deleitó en un equipo que fue denominado “Los Carasucias” y que tuvo una histórica delantera con Humberto Maschio, Antonio Angelillo, Enrique Omar Sívori y Osvaldo Cruz. Ese mismo año, el 20 de octubre en La Bombonera y por las eliminatorias para el Mundial de Suecia 1958, convirtió quizás el mejor tanto de su carrera, frente a Chile. “Un golazo de cinemascope y pantalla panorámica: dejando gente por el camino en el breve perímetro del área chica, realizó las cosas más inverosímiles para luego quebrar a Quitral con toda picardía”, escribió José Oneto en Clarín, después de que Corbatta hubiera eludido una y otra vez a defensores y al arquero chileno dentro área, hasta que se aburrió y la empujó a la red.
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La selección de Argentina fracasó en Suecia 1958, pero Corbatta fue de lo poco rescatable. Sin embargo, él siguió entregándose a la bebida y su nivel disminuía. No obstante, Alberto J. Armando, cuyo nombre lleva ahora el estadio de Boca Juniors, pagó una cifra récord de 12 millones de pesos de aquellos tiempos por Corbatta. Y aunque el “crack” nunca pudo estar a la altura de sus obras ya realizadas, contribuyó a los títulos xeneizes de 1964 y 1965.
Después vino a Colombia para jugar con Deportivo Independiente Medellín hasta 1969. Y pese a que ya se ubicaba más retrasado y su ejecutar no era el mismo, cada tanto se inventaba jugadas de una enorme calidad. De hecho, los hinchas del Poderoso lo recuerdan con cariño por el subtítulo de 1966, cuando fue campeón el Santa Fe de Gabriel Ochoa Uribe.
Corbatta terminó su carrera en Tiro Federal de General Roca, de Río Negro, tras haber pasado por los modestos San Telmo e Italia Unida. Debido a las condiciones humildes que albergan a la mayoría de las personas en Suramérica, solo cursó hasta segundo de primaria y nunca aprendió a leer. Paradójicamente siempre andaba con un periódico debajo del brazo, porque le daba pena su analfabetismo y le provocaba bronca cuando veía a los compañeros leyendo las notas de El Gráfico. Sin embargo, pocos leyeron el fútbol tan bien como él lo hizo.
Murió el 5 de diciembre de 1991 por un cáncer de laringe y después de haber pasado sus últimos días en un cuarto apartado de la cancha Racing. La pobreza la tuvo al comienzo y al principio de su vida. Fue una existencia colmada por el amor a la pelota, la genialidad para maniobrarla y la adicción al alcohol. En Argentina y en Colombia, Oreste Omar Corbatta Fernández dejó un legado eterno y su nombre será siempre legendario.