
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El monzón aullaba en los resquicios y azotaba las ventanas temblorosas como si olfateara a un cobarde. Estaba en el sofá tratando de leer, pretendiendo que leía, y miraba la hendidura baja de la puerta y el cristal ahumado superior persiguiendo la aparición fugitiva (¡ya viéndola!) de las sombras que me llevarían a mi cautiverio sin fin.
Una historia así no es digna de aparecer en las crónicas. Tenía miedo, y ese miedo ocupaba tanto espacio en mi pensamiento como la crisis ambiental, el alma de los animales y el éxodo. Nada lo justificaba. Se me ocurrían consideraciones morales amontonadas, a las que no saca-ba ningún partido, fantasiosamente elaboradas, cada una más morbosa que la anterior. Y en el fondo la verdadera cuestión era íntima y sutil y estaba en otra parte: en el resultado de una lucha no decidida entre el país que me habían contado y el que estaba por descubrir, dividién-dome en dos mitades que colisionaban en mi punto de vista. Contaminado casi toda la vida por los prejuicios crueles que los estadounidenses y los europeos susurran en sus revistas, en sus películas a blanco y negro, los ojos me decían otra cosa cada día. Por lo que, al cabo, con esta lógica de las cosas se podría pensar que todo iría mejor, que había dado el primer paso en la dirección correcta, hacia un horizonte mejor adornado.
Pero no podía quedarme paralizado de miedo como un huevón. Si había dos versiones de mundo en conflicto también era habitual, allí donde vivía, que el agua escaseara. Por ser un piso elevado de la zona el suministro era insuficiente, y cuando por fin caía un chorrito inci-piente no podía abrir una llave sin que se cerrara otra. Un balde en la cocina y un barril en la ducha militaban de reserva permanente. Tenía que bajar cada dos o tres días con la primera línea de sol que brillaba en el horizonte al parqueadero del edificio a esperar turno entre las mujeres, antes de usar la llave comunitaria. Cuando volvía con el agua, como si la casa estu-viera llena de espíritus festivos, me llegaba un rumor de voces del interior de las tuberías, usadas por las mujeres para comunicarse a gritos a través de la oscura red que las conectaba dentro de las paredes, y que yo escuchaba entre pensativo y guasón. Sus voces eran otra agua que fluía, una enigmática telefonía en la que, coqueto de repente, imaginaba que hablaban de mí, del faranchi, que mi nombre iba de un piso a otro como una pelotita. Hasta ese momento iba y volvía de la casa a la universidad con la visión de dos mundos en la mente que coexistían y que trataba de precisar en una sola imagen definitiva, o al menos aproximativa, de lo que veía en verdad. Y escuchar a las mujeres me daba cierta alegría pensativa que preparaba al sugestionado profesor de literatura contra las amenazas hipotéticas del exterior, contra las inoculaciones del imperio. Los árboles estaban florecidos, los frutos caían a la calle abiertos por el golpe y se ofrecían, con una carnosidad animal. Alfombras cubiertas de vegetales a la venta, pimientos que se secaban al sol. La luz explicaba en transparencias lo esencial, dotaba de una dimensión de color y peso, de características precisas que no asustaban, que llenaban de vida.
Así fue como, caminando por los comercios, entre la vistosa actividad de las mercancías y las cabras marcadas para el sacrificio, me sentí de pronto menos nervioso y protegido, casi beatífico y, en estado de tranquilidad, no podía dejar de ver sabiduría en una sonrisa de perro, en el cacareo de gallinas asustadas. Del miedo podía pasar a una alegría estúpida que de todas maneras no contribuía a que apagara de noche las luces de mi casa. Todavía dormitaba con ellas encendidas, despertándome a ratos. Entonces se me ocurrió, ya que estaría allí por lo menos un año, que entre la exasperante monotonía de la paranoia nocturna podía idear un rito que me sacara del atolladero. Una práctica solemne, de atenuados brillos, e insuflarle el fuego que purificaría la mirada. Mi razón supercivilizada es, incluso en sus momentos más saludables, una institución rudimentaria. Aprendería a hablar, pues, como hablaban ellos en su lengua nativa y, de paso, me haría con un poder.
Primero aprendí a saludar, a decir buenos días, buenas noches, a pedir la cuenta en los restau-rantes. A despedirme y a llegar, a decir Injera, Pastel de carne. Practicaba frente al espejo las consonantes explosivas aplaudiendo, las más difíciles, como si sólo accediendo a sus modos de pensar ‒y de sentir‒ pudiera anular el miedo, revivir a los muertos, levantar edificios arrasados. Aquel ejercicio era deslumbrante y me mantenía despierto. Pero eso no era todo. Tenía la mente envenenada, y para librarme no bastaba con aprender el significado de las palabras y ver el aspecto verdadero de los nombres que iluminarían la oscuridad, sino que los hechos del lenguaje debían conectar entre sí, pasar a convertirse en mis pensamientos, dejarme soñar en su lengua ‒¿por qué no?‒ una visión antigua engendrada en su raíz, y así el mundo que me rodeaba se volvería poco a poco real, más mío.
Casi se puede decir que de esta necesidad surgió la diplomacia y la simpatía entre los pueblos antiguos, y volví a sentir que podía reconquistar las Indias. Por eso también, mientras más aprendía y comprendía y profundizaba, en beneficio de la reconciliación universal, supe algo decepcionado que las mujeres de las tuberías no hablaban de mí. En lugar de representar para ellas el encanto y la sensualidad de un mundo desconocido, y ser el centro de su conversación, se pedían prestados los trastos de la cocina, se invitaban a la ceremonia del café, a la oración de la Virgen negra o a ver en la casa de la que tenía tevé, con palomitas, telenovelas turcas e hindúes de romances imposibles a la mexicana, con su bruja malvada y su pobre cenicienta redimida. Pero nunca de mí, que a veces incluso estudiaba con ellas el sentido de una frase: “Wazema, se me acabaron las zanahorias. ¿Menalbat zare añidi gebeya?
La idea presuntuosa sobre mi propia importancia quedó sepultada bajo esas arenas. Algunas cosas habían cambiado, y otras mantenían su estatus de amenaza: en realidad, por causas puramente biológicas, todo era una amenaza latente: el agua, el aire, la comida. A esas alturas de las circunstancias había padecido ya, y sobrevivido, bañado en escalofríos de muerte, dos diarreas y una gripa desconocida. Y si bien los temores en los que era atacado por enemigos que me esperaban a la vuelta de la esquina, casi inexistentes para entonces, fueron más o menos reemplazados por miedos reales a infectarme de formas inverosímiles el sida, o nuevas cepas de malaria inmune a las vacunas, que por lo demás no sabía si existían, y leía con obsesión reportes de oenegés sobre los modos de transmisión más comunes al tiempo que, sin formulármelo en palabras, imaginaba que de tanto mirar una deformación física, fasci-nado por su pinta monstruosa (orejas gigantes, dedos de más, asimetrías faciales, tumores que desbordaban el espacio de la cara) mi cuerpo la absorbería a través del aire, la repro-duciría por reflejo, por una especie de ósmosis ambigua, pero mucho más deforme, como si se pudiera decir una deformación deforme o imperfecta.
Así pues, dentro de este clima de arrebatadas conclusiones encontré a Pushkin. Lo había leído en mi adolescencia y ahora lo releía por instinto, sin saber muy bien para qué. En mi maleta, antes del viaje, metí un libro de Michel Leiris y los relatos completos de Pushkin. Viajaría como creía yo que lo hacían los escritores de antes, los poetas: para convertirme en pirata. África es el continente más viejo recién descubierto, la lámpara mágica que no se gasta, que puede seguir explotándose de maneras cada vez más distintas y complejas y pedírsele cual-quier deseo natural y de los otros, ser rey o hermoso, mantas y alfombras, escenarios na-turales típicos, así que tal vez tendría una oportunidad entre los despojos que abandonan los turistas o los diplomáticos de cuarta, para quienes la miseria es una atracción cultural de la que luego van a descansar chispeando de sol en la piscina del Hilton. Lo demás estaba en la computadora y en el iPad, y en caso de necesitar más libros, los descargaría en internet. Me sentía en la plenitud de mi acoplamiento social, sin la paranoia del hombre blanco (aunque fuera mulato, como yo, y viniera del sur paradójico sembrado de papayas) que se siente cazado por el hombre negro, no sé, ¿porque cargaba una piel ajena y culpable dentro de su propia piel?
Al fin y al cabo, el ruido de fondo del miedo se había vuelto soportable desde aquella primera noche del juicio final, y ya sin refunfuñar demasiado al respecto me causaba fascinación encontrarme con Pushkin mentado con indiferencia por estudiantes pretenciosos, por señoro-nas de enormes culos que cruzaban la calle, por un cura ortodoxo en medio de una congre-gación de lisiados como si hubiera hecho un disparo al aire, por prostitutas niñas que caminan de noche por los bulevares esperando clientes como seguro habrán visto caminar a las prostitutas decadentes de las películas americanas, con sus frases estereotipadas en inglés al advertir la presencia de un extranjero hambriento de negra, de esperma blanca sobre la piel de la noche que habitaba Pushkin de otras maneras, desde hace mucho tiempo. Al principio creí que se trataba de un reflejo inexacto del oído en el que confundía las letras de una pronunciación parecida, como si sólo yo pudiera saber quién era él y los otros estuvieran aludiendo a un Pushkin falso, a una copia verbal ajena a la mía.
No sabía, pues, que nadie hablaba en realidad del Pushkin poeta, sino de la rotonda, donde se inauguraba su estatua el día que pasé. Fui al atardecer. El cielo todavía estaba azul pero la calle oscura. La gente pululaba por los alrededores, la celebración había terminado, algunos se detenían a contemplar la estatua y sonreían. Yo la veía negra y enorme contra el azul cada vez más desleído que barría la llegada de la noche. Las facciones de las caras se fueron apla-nando a mi alrededor a la escasa luz de esa penumbra, y todas parecían tener el mismo rostro de pómulos y frente brillante, como iluminado por dentro. Su piel no era negra sino transpa-rente y profunda e irradiaba una tibia luz de luciérnaga gigante. De repente me vi caminando entre una multitud silenciosa de cabezas encendidas sin facciones, una multitud hecha de resplandor, de calor y comunión con la estatua de Pushkin puesta allí como si hubiera surgido la Esfinge de la arena, “por la igualdad de todas las razas, por la superioridad de cada una de ellas con tal de que produjera un genio”. Pushkin era negro, y si aquella multitud lo descubrió esa tarde, o ya lo sabía, tanto da, para mí fue una revelación importante: verlo allí encajaba una ficha, la conciencia de que él representa todavía un correctivo del miedo que siente la sociedad esclavizadora por la mezcla de las sangres, “por la confluencia de las sangres, por la mezcla de las almas de los pueblos, de los más alejados y, aparentemente, de los menos aleables”, un impulso y motivo de su origen. Como no ha sido destruido, fue miedo en mí lo que encontré al llegar a Addis y, además, sentido con tanta vehemencia que, una vez pasado el estupor inicial, comencé a preguntarme si no habría sido arrastrado hasta allí por instancias misteriosas, sólo para tener ocasión de ver aparecer el miedo de forma insólita y anormal, monstruoso, un miedo que no debería existir, y contra el cual habría que erigir un magnífico funeral, y decretar leyes que lo prohíban, atacar su inmaterialidad no con una inane violencia sino con el deber y con la esperanza que no se realiza aun de incendiar sus castillos con el mero peso de una mirada atenta; mirar mejor, con mayor detalle. Sí, más aún, incluso más. Sí, se puede un poco más. Y más, sí.
A finales del 1600 nació el bisabuelo de Pushkin en alguna parte entre el África Central y el Cuerno, cuando la duración del día y de la noche fue la misma en toda la tierra. El cielo equi-noccial estaba en equilibrio. El astrónomo italiano Giovanni Cassini bizqueaba al ver a través de su telescopio el extraño comportamiento de las nebulosas en el hemisferio sur y consignó en su diario una observación replicada luego por Newton en su correspondencia: “Hay una estrella negra que contradice el orden parabólico de las trayectorias, una masa de fuerza contenida que parece irradiar su luz hacia dentro, no hacia afuera, pero que gira con la misma velocidad y apunta hacia las tierras abrazadas por el desierto”. Un fenómeno interesante, muy cerca en el tiempo ‒un poco antes‒ del astro con melena (el cometa de 1680) que se equi-paraba a las guerras floridas con que los turcos asolaban campamentos africanos en busca de negros que luego degollaban o vendían a la corte de las monarquías europeas, donde estos cargaban bandejas, hacían de bufón o de perro.
Ibrahim Tuccur, o Ibrahim Black, el abuelete de Pushkin, no. A diferencia de los otros negros la suerte (o el destino, los ciclos solares) fue extraordinariamente amable con él, si se quiere, extraordinaria y amable: era una alucinación ver a un negro educado como sólo se educaba a la aristocracia más rancia de los salones michelín en el siglo 18. De modo que para blanquear sus orígenes se han propuesto ‒y se repiten monótonas‒ teorías histéricas y extravagantes, con tal de sosegar la razón y darle equilibrio a la vida: que provenía de alguna de las diferentes familias de la antigua realeza africana, para así sentirnos interesados, despertar nuestra sim-patía, nuestra sensibilidad se carga de fantasía si descubrimos que era un negro mejor que los otros negros, no un negro cualquiera que venía de las montañas. Pero aunque hubiera sido un príncipe, en la monarquía zarista era un negro cualquiera, sin documentación, un niño, y no se sabe si fue un rasgo especial de su fisonomía, o una estética y profana belleza que sugería en él una poesía rara que despertó en el zar emociones nuevas, ganas de experimentar otra cosa que no fuera la sumisión y la violencia, y ser una parte viva en su desarrollo como hom-bre libre, apadrinarlo.
―No te reconocerías en el espejo de tu pasado si te miraras hoy mismo, ¿no es así, Ganni-bal? ―le preguntó Voltaire a Ibrahim, con una risita socarrona, mientras caminaban tomados del brazo por el jardín del Luxemburgo. ―Si a mí me adoptara un rey africano… hum… con esas muchachas tan bonitas ―suspiraba.
―Al menos sé que antes era humano y ahora soy un conejo salvaje ―le dijo Ibrahim, acomodándose la peluca, y se echaron a reír. Las damas les saludaban con una venia al pasar, los árboles ardían de hojas verdes, los frutos maduraban su sexo entre el follaje. ―Extraño los hipopótamos, dijo de repente, mirando las nubes verdes, lila, rosa.
Voltaire, pensativo, comentó:
―Las naranjas allí deben ser muy abundantes…