El presente de la memoria

Javier Ortiz Cassiani
13 de diciembre de 2018 – 02:30 a. m.

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El pasado mes de octubre, para el aniversario número 50 de la masacre de Tlatelolco, México asumió la conmemoración como un asunto de Estado. En el mismo sitio donde ocurrió la masacre, Andrés Manuel López Obrador, en medio de arreglos florales, juró no utilizar las Fuerzas Armadas para resolver conflictos, diferencias y protestas sociales. El día anterior el gobierno de Ciudad de México, en una decisión que no estuvo exenta de controversia, decidió retirar las placas de la inauguración en 1970 de la línea 3 del metro que llevaban el nombre del entonces presidente, Gustavo Díaz Ordaz. “No quisiéramos vernos en el caso de tomar medidas que no deseamos, pero que tomaremos si es necesario”, dijo Díaz Ordaz en su informe de gobierno en la víspera de la masacre.

El pasado 6 de diciembre se cumplió el aniversario número 90 de la masacre de las bananeras y sabemos que tanto allá como acá la polémica sobre las cifras es un lugar común. En lo que sí hay diferencias sustanciales es la forma en que desde la oficialidad se asumieron las cosas. Aquí no hubo arreglos florales a los pies del imponente y olvidado Prometeo de la libertad que donó Arenas Betancourt en 1978 como homenaje a los muertos en el sitio de la masacre, ni discursos oficiales, ni promesas de ninguna clase.

En nuestro caso, al debate inicial que generó la masacre de las bananeras sobrevino un largo silencio en los medios nacionales, en los discursos estatales y en las investigaciones de especialistas hasta que, a su manera, con todas las licencias que tiene la literatura, Gabriel García Márquez la incluyó como uno de los acontecimientos memorables de su novela más celebrada. Lo paradójico es que desde entonces se ha usado esa hipérbole literaria para cuestionar e incluso negar el hecho real.

En su momento el hecho histórico fue asumido de manera irresponsable por el Estado, que luego guardó silencio sobre el impacto en la construcción de la memoria nacional, pero cuando apareció la literatura —supliendo la función que ni ellos ni los investigadores profesionales habían asumido—, usaron los códigos de la racionalidad científica para cuestionar un relato literario. En realidad no era a la ciencia a lo que acudían, era a la política, a la ideología.

No creo que los actos de memoria sean para demoler estatuas de Cristóbal Colón ni para caerles a pica a las murallas de Cartagena de Indias como actos de reivindicación, pero mucho menos creo que sean para negar los desaciertos del Estado, y la masacre de las bananeras, con la cantidad de muertos que haya habido, lo fue. Fue un error del Estado colombiano que usó una de sus instituciones, la que debía velar por la integridad de la gente, para disparar en una madrugada de diciembre de 1928 sobre un grupo de ciudadanos desarmados concentrados en una plaza pública.

El pasado solo podrá ofrecernos lo que le pidamos desde el presente y lo que aspiremos a futuro. Han pasado 90 años, estamos a poco de cumplir un centenario del hecho y en vez de empezar a buscar una manera de incluir la masacre en la memoria oficial del país —quizá como una forma de reconciliación y de ponernos en paz con nuestro pasado para transformar el presente—, el Estado sigue en silencio. Más aún, algunos congresistas y miembros del partido en el Gobierno la niegan, como delirante herramienta política para defender su proyecto de nación.

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