Francia, con Fiebre amarilla

Luis Carvajal Basto
10 de diciembre de 2018 – 12:00 a. m.

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El movimiento de protesta que sacude Francia va más allá de la crítica el gobierno Macron. Al igual que los sectores que respaldaron  y respaldan a Trump, y los que promovieron el Brexit, expresan  daños colaterales  de la globalización.

Puede ser que para muchos franceses Macron resulte un presidente antipático, pero lo que estamos observando, ahora allí, es un capítulo más de una oleada que trasciende su persona y sus fronteras: la incapacidad del sistema político y las instituciones  para solucionar problemas  emergentes.

El detonante ha sido el alza  de la gasolina que incluye, como impuestos, un 60% de su precio final, una cifra parecida a la que pagamos en Colombia. Escaló, hasta convocar diferentes demandas y sectores, urbanos y rurales, que pueden considerarse como clase media, independientemente de su filiación partidista, hasta conseguir un 70% de simpatías en la opinión.

Más en el fondo, es la expresión de inconformidad de ciudadanos históricamente beneficiados por  el Estado de bienestar que se resisten a retroceder en los logros conseguidos en el país que ha liderado en la Unión Europea el gasto social. El gobierno Macron, caracterizado por su pragmatismo, y con Alemania, la defensa de las instituciones europeas y el libre comercio ante la oleada populista, es, apenas, el responsable de turno en un Estado democrático que vio  reducidos  sus ingresos ante los cambios ocurridos en la estructura productiva y de comercio mundial.

Dicho de otra forma, es una muestra de la manera en que ese Estado, que la humanidad comenzó a construir con las revoluciones francesa y norteamericana y que por dos siglos propició la era de mayor crecimiento y bienestar en la historia, se enfrenta a un reto que excede su capacidad de gobernar; sus fronteras; el alcance de sus decisiones, como pudimos observar en las primeras reacciones ante la crisis de 2008:mientras gobiernos como el norteamericano pudieron salir incrementando inversión y gasto público, del otro lado del atlántico se tomaron su tiempo en sincronizar las políticas, ante un problema claramente global.

El asunto tiene otros ángulos, como la reacción ciudadana ante el gravamen a los combustibles contaminantes, una política pública deliberada para desestimular su uso. Desde ese punto de vista a Macron le asiste la razón de Estado y sus decisiones son consistentes con el acuerdo de París, pero son, también, impopulares, pudiendo desencadenar cambios que acabarían de alterar la compleja coyuntura europea: Como es natural en política y en democracia, sectores de la oposición, no tan espontáneos como los primeros portadores de chalecos, aprovechan la oportunidad y ya solicitan anticipar elecciones. Sus vecinos italianos, a la derecha, también le pasan factura.

El fin de semana, luego de la reducción en la oferta de petróleo decidida por la OPEP, la situación tiende a complicarse por el inminente aumento de precios. Macron, quien debió dar un paso atrás ante el impulso que tomó la protesta, parece dispuesto a conciliar entre la firmeza que le ha caracterizado  y la realidad de un movimiento que puede desencadenar su salida del gobierno. ¿Son los chalecos amarillos  anti verdes por convicción o se trata de una expresión espontanea? Su reacción coincide con las consignas de los revitalizados partidos y movimientos de derecha ultra.

Una de las paradojas de esta disruptiva situación política, consiste en que ahora que el presidente está dispuesto a negociar, literalmente, no tiene con quien hacerlo. El “Movimiento” es disperso y vaporoso. No aparecen instituciones o líderes que le representen, lo que hace presumir que, por ahora, se trata de manejo y de tiempo antes de que la llama se apague, temporalmente.

El mensaje, sin embargo, es que partidos y sindicatos, como canales de expresión y relación de la ciudadanía con el Estado, ya no funcionan como antes; no canalizan las peticiones ciudadanas y este no es un problema de Macron, ni de Francia , si no de la salud del régimen político en la era digital.

@herejesyluis

Esta columna reaparecerá el próximo enero. Felices fiestas.

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