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“La memoria es fuego, el olvido es agua”, afirmaba en una entrevista un personaje cruelmente inolvidable, Augusto Pinochet, reafirmando: “¿Quiere que le diga cómo se alcanza la paz y la reconciliación? ¿Sabe usted cómo se apagan los incendios? Nunca se apagan parcialmente. Se agarra un balde de agua fría, se la arroja sobre el fuego y todo se acaba. Si usted deja algunas llamas, el fuego renace. Así es como se apaga el fuego”.
Al lado de las exigencias de la memoria histórica, en un país como Colombia también existen las políticas del olvido. La política del olvido, según Alfredo Gómez Muller, favorece los intereses particulares de los perpetradores, pues busca borrar no solo el pasado sino también el deber de reparar y la posibilidad de que aquellos sean juzgados y castigados. Abolir el pasado es para este autor abolir al mismo tiempo las exigencias normativas de las víctimas. Es este un conflicto político y al mismo tiempo simbólico, en el que un grupo particular que ocupa el Estado se atribuye el poder de decidir lo que la sociedad debe olvidar y recordar en el espacio público. En contraste, otros sectores de la sociedad pueden aspirar a la construcción colectiva y plural de la memoria histórica, entendida como “la articulación narrativa de la multiplicidad de hechos en la cual se inserta la verdad factual, y a través de la cual se construye una inteligibilidad de lo humano y lo inhumano”, según el mismo autor.
El olvido va de la mano del silencio, pues el lenguaje es poder. Poder de obligar al otro a callarse o a hablar, dice David Le Breton en su obra El silencio. Este poder, que implica que el otro se calle y se subordine a su palabra, tiene los medios necesarios para reducir a la oposición. Se trata de destruir, escribe Le Breton, toda palabra que pueda ponerle en tela de juicio, desvirtuando su valor y privándola de consistencia para impedir que haya alguien que pueda recogerla y transmitirla.
Esta recurrente tentativa de negar los secuestros masivos e individuales, las ejecuciones extrajudiciales, las desapariciones y los diversos abusos contra las víctimas y, por ende, contra la sociedad víctima de la que todos hacemos parte me hace evocar una iluminadora anécdota que le escuché, en Cali, al obispo y premio Nobel sudafricano Desmond Tutu. En esos días aciagos del “apartheid”, con toda su violencia y exclusión hacia la población negra, les visitó en Sudáfrica un ministro de Zambia, un país ubicado en el centro-sur del continente africano sin acceso al mar. El citado funcionario se presentó como el ministro de Asuntos Marinos de Zambia. Ante la hilaridad de los sudafricanos por esta incongruencia, le preguntaron al funcionario visitante cómo podía existir un Ministerio de Asuntos Marinos en un país que carecía de mar; este les respondió que aún más asombroso era el que en Sudáfrica existiese un Ministerio de Justicia, en un país que no tenía la menor idea de ella.
Por eso hoy me pregunto ¿quién le teme a la memoria?
wilderguerra@gmail.com