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La reconquista del fútbol
Justo cuando se iba a acabar la Libertadores con la que crecimos los fanáticos del fútbol, los dioses del deporte nos brindaron una final de aquellas que se les cuentan a las generaciones futuras. Este partido iba ser equiparado con la final de Estambul, y en la ida ya nos habían dado una pequeña muestra. Lo típico de las finales es que se juegue sin arriesgar, donde cada pase está pensado y cada avance, medido; porque el error se castiga con perder un título. Pero este partido no fue así: nos dieron cuatro goles.
Sin embargo, la vuelta no pudo ser. Y entonces mataron el fútbol. Lo acabaron, se lo llevaron a ese país donde solo juegan los galácticos, los míticos, los elegidos. Se lo llevaron como los conquistadores se llevaron el oro. Porque pudo más el negocio que el fútbol.
¿Ustedes se imaginan el Super Bowl jugándose en Londres? ¡Nunca en la vida! La final de la Copa Libertadores debería jugarse en Sudamérica, y no en el país que nos colonizó. Esto debido a que en Sudamérica se juega distinto, se juega con el corazón y no tanto con el talento. Se juega en un continente monumental, donde un día estás sin aire en La Paz y luego deshidratado en Río. No se juega en estadios de primera categoría, se juega en un estadio como la Bombonera, en el que sientes a los fanáticos encima. Más aún, se juega sin tanta elegancia, con otra mística, con otra magia.
Pero por el rating nos mataron el fútbol. Es más, ni siquiera nos dejaron despedirnos de la Libertadores como la conocíamos, porque ahora la final del torneo sudamericano se jugará en una plaza neutral, con un único y aséptico partido. Como consecuencia, nos tocó ver el partido en Madrid, donde no van a dejar al sudamericano ser sudamericano, donde los hinchas que ganen celebrarán en Cibeles o Neptuno y no en el Obelisco.
Alejandro Escallón Alviar, Bogotá.
Truenan los retardatarios
Movimientos populistas de todo el mundo ven con alegría el surgimiento de las protestas violentas y rimbombantes en Francia. Craso error cometen.
Aunque la agenda macroniana no sea más que reencauche tibio del neoliberalismo, tiene una bondad clara: su progresismo ambiental. No es casualidad, entonces, que estas protestas que han dado la vuelta al mundo se deban al impuesto a la gasolina que pretende forzar, acertadamente, el tráfico a energías renovables. ¿Vamos a aplaudir esa posición retardataria?
David Correa
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