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Lamentablemente el sinónimo de cáncer siempre es igual a muerte. La noción que lleva la palabra “cáncer” es tan fuerte, diría yo, que el término difícilmente no te hace pensar en tu propia desaparición. Y esa siempre fue la referencia que yo tuve de esa enfermedad, una que afectó a gran parte de mi linaje familiar. Tengo algunos casos muy patentes en mi memoria. A mi abuela Celia le faltaba un seno, por ejemplo. De hecho, la recuerdo con un tajo en el pecho; había tenido cáncer de mama cuando era joven.
Ella fue fundamental para mí: vivimos en su casa desde que yo tenía 6 años; era la mamá de mi mamá y era la única de mis abuelas a la que me parezco mucho físicamente… Todo el tiempo que pasaba con ella no se comparaba al que pasaba con mis otros abuelos. Mi abuelo Aaron padeció cáncer de huesos y lo trataron con radioterapia en la ciudad de Paraná, en la provincia de Entre Ríos (la misma provincia en la que queda Concordia). Lamentablemente terminó falleciendo en el año 1989 de un cáncer de estómago. (Le puede interesar: Entrevista de Lorena Meritano para la revista Cromos).
Mi otra abuela, Mary, la mamá de mi papá, era fumadora; falleció de cáncer de faringe. La abuela Celia no murió de cáncer. Y, bueno, como ya conté, mi mamá tuvo cáncer de ovarios siendo aún muy joven. Mamá es una sobreviviente. La “vaciaron”, por decirlo de alguna manera, porque le hicieron una histerectomía total: sus ovarios, sus trompas, su útero, todo su sistema reproductivo interno había sido tomado por el cáncer, y, aun así, logró salir adelante.
Por eso, la referencia más inmediata, taladrante y fatal que siempre tuve del cáncer fue la que vivió mi papá. Además, ese cáncer lo viví muy de cerca, a diferencia del de mamá, y este tipo de patologías se interpretan y se viven de forma muy diferente desde lejos que pegados a él, así como también se vive muy diferente en cuerpo ajeno que en cuerpo propio.
El impacto de la muerte de mi papá hizo que en aquel 2008 yo estableciera esa relación fuertístima con el cáncer, porque también fue el año en el que en una mamografía me detectaron un nódulo y me practicaron una biopsia para revisar si era maligno o no. Recuerdo patentemente que mi hermano Javier, en Argentina, fue el que me acompañó a buscar el resultado de la biopsia; él, que sabía lo que hacía en ese momento, abrió el sobre mientras me hablaba de otro tema hasta que, en un momento, paró de hablar y me abrazó… Nos brillaron a ambos un poquito los ojos, de la emoción y el alivio: la biopsia de ese tumor decía que era benigno. (Recomendamos: Consciencia, prevención y consejos frente al cáncer).
Esa detección del nódulo me la hicieron durante un chequeo rutinario al que había ido sin señales ni preocupaciones previas porque, desde los 15 años, más o menos, siempre fui bastante responsable con mis chequeos de salud. En algún momento de mi vida decidí vivir desde la salud y pensarme como una persona sana: dejé el cigarrillo, no tomo alcohol (a excepción de una copa de vino en las comidas), no voy a fiestas porque siento que los excesos no me hacen bien y, honestamente, no me divierten, me la paso fatal. En fin, en general tengo una vida bastante sana aunque me falta adquirir el hábito del deporte que, de adulta, no lo seguí integrando a mi rutina con mucha rigurosidad (no soy muy amante de los deportes más allá de mirarlos por televisión o ir a la cancha a ver fútbol, que ¡me encanta!).
Así pues, todos los años me hago chequeos médicos y es fundamental ser riguroso con estas revisiones. El nódulo que me identificaron en el 2008 no era perceptible con tan solo palparse la piel. ¡No era perceptible! Por eso es tan importante tanto conocer cómo se hacen los autoexámenes para identificar posibles nódulos, como asistir con regularidad a los chequeos médicos. Hoy soy de las que va al odontólogo no cuando me duele la muela sino cuando sé que es hora de hacerme una limpieza y una revisión a ver cómo está todo; lo mismo me pasa con la ginecóloga, a la que mi mamá me empezó a llevar hacia los 15 años.
Eso, lo de llevarme a la ginecóloga a esa edad, fue un gran gesto de parte de mi vieja porque es la edad en la que uno se empieza a desarrollar sexualmente y es pertinente tener una explicación médica, real, sobre lo que empieza a pasar en tu cuerpo, en vez de todas esas teorías medio fantásticas que te dan tus amigas o que te dicen en el colegio y que nunca están muy apegadas a la realidad. Y, aunque hoy en día hay mucha más información que en aquellos años gracias las redes sociales, a internet y a la promoción por parte de campañas innumerables, igualmente sigue faltando mucha educación sexual y mucha educación médica en frentes tan importantes como el del cáncer.
Lo que quiero decir con todo esto es que la llegada del cáncer a mi cuerpo no hizo que variara mi concepción de la prevención. Lo que varió fue, claro, todo lo demás: vivir con otro tipo de temores, con otro tipo de dolencias y, bueno, aumentar las frecuencias de las visitas a los médicos, lamentablemente, ya por encontrarme enferma, por tener que hacer un tratamiento, por estar en controles cada tres meses, cada seis meses… Varió, también, lo que significa para mí hoy seguir teniendo el cáncer en mi recuerdo y en sus posibles manifestaciones en mi presente y en mi futuro. Vivirlo en carne propia, como dije, no es lo mismo que ser testigo de él en cuerpo ajeno.
Por ejemplo, en el momento en que escribo estas palabras, tengo un problema de tumoración en el brazo. Es benigno y, aun así, debe ser extirpado pronto. Pero quiero volver a los meses antes de que me detectaran cáncer, a los meses en los que vivía un momento vital muy lindo de ese 2014: estaba enamorada, tenía proyectos muy importantes como el de construir una familia con mi pareja de ese momento. Habíamos decidido comprar una obra de teatro y yo tenía mucha ilusión de trabajar en las tablas porque la dinámica de ser actriz en la televisión en el extranjero no me había permitido ni trabajar en mi país, ni estar cerca de mi familia, ni ver crecer a mis hermanos, ni estar cerca del cáncer de mi mamá… Por haber construido mi carrera en el exterior no podía darme el lujo de muchas cosas, especialmente porque yo trabajaba para mantenerme en el día a día y nunca tenía ahorros suficientes para invertirlos en esas otras partes de mi felicidad, dentro de las cuales siempre estuvieron pasar tiempo con mi familia y hacer cine y teatro con más frecuencia.
Solo había hecho teatro en México, en los inicios de mi carrera, y empecé a gestar un sueño estando en Argentina, mientras filmaba la primera y segunda temporadas de la serie Amas de casas desesperadas (entre el 2008 y el 2009), cuando fuimos a ver una obra con una actriz colombiana y compañera mía, Ana María Orozco, que me llamó la atención de inmediato: la obra era dirigida por Javier Daulte, guionista y dramaturgo argentino, y se llamaba ¿Estás ahí?. Desde el momento en que la vi tuve ganas de llevar esa obra a las tablas por mi cuenta y, cuando lo hablé con mi pareja de ese momento, muchos años después, acordamos que una vez empezáramos ese proyecto él actuaría en televisión mientras que yo me encargaría de actuar en teatro.
Ese año, luego de haber tomado esa decisión de emprender un nuevo proyecto artístico, visitamos la Argentina y también decidimos, desde el amor y la convicción, tener un bebé. Con esa ilusión en nuestros cuerpos nos reunimos con Pedro Martínez, un gran médico venezolano que tiene una clínica de fertilidad maravillosa en Colombia y que era amigo de mi pareja de ese momento. En aquella conversación, por circunstancias de la privacidad de mi pareja de ese momento (circunstancias que no pienso exponer) y, teniendo en cuenta que yo ya tenía un poco más de 40 años, decidimos que teníamos que pasar por un embarazo in vitro. Como corresponde, el doctor Pedro nos hizo a ambos unos estudios de sangre y con dos enfermeras y otro médico, me sedaron para entrar con una camarita y observar todo mi aparato reproductivo.
Programó el procedimiento para que se hiciera un domingo en su clínica, con el fin de que no hubiera mucha gente en el edificio y fuera un asunto de suma privacidad. Luego le pregunté a mi pareja qué le había dicho el médico sobre mi útero, mis ovarios, sobre lo que vio dentro de mí, y él me dijo que Pedro le había comentado, en un acento venezolano divino: “Eso está hermoso”. Ese es el tipo de recuerdos que hoy, a pesar de todo lo que sucedió después, me siguen sacando una sonrisa.
En fin… Tras haber prendido los motores de ese proyecto, decidimos pasar por Argentina para reunirnos con la familia, sellar nuestro pacto y proyecto de amor frente a ellos y conocer a Javier Daulte, el dramaturgo a quien le compramos la obra de teatro ¿Estás ahí?, y acordamos que mi pareja la iba a producir, que yo iba a actuar en ella y que íbamos a buscar un actor y un director. En ese mismo viaje me hice mis chequeos con mi medicina prepagada, como suelo hacer siempre, aunque viviera en el extranjero. Fue una jornada de chequeos sin ningún contratiempo: fuimos a mi médica clínica en Buenos Aires y todo dio perfecto; fuimos al ginecólogo y todo dio perfecto…
Así, con esos proyectazos bajo el brazo y con todo bien a nivel médico, volvimos a Bogotá. Allá, Pedro, el médico experto en fertilidad, me dijo que me tenían que empezar a estimular hormonalmente para eventualmente extraer mis óvulos y prepararme para la fertilización in vitro. Con ese proceso teníamos varias opciones: que la fecundación fuera con la unión de un espermatozoide de mi pareja de ese momento y con mi óvulo, teníamos un plan B, un plan C, incluso estábamos evaluando también hasta la opción de buscar en un banco de óvulos si los míos no llegaban a fecundarse de forma efectiva. Era un mundo científico y emocional totalmente nuevo para mí, la verdad: nunca antes había tenido el real deseo de ser mamá desde el amor, desde el cuerpo, desde la planeación del proyecto mismo, aunque ya había pasado por un embarazo del cual ya hablé y que, lamentablemente, fue ectópico.
La cuestión es que le respondí a Pedro que esperáramos a que terminara de montar y presentar la obra para hacerlo, ya que las temporadas teatrales en Bogotá no son tan largas y por fin no iba a estar esclavizada por tantos meses a un trabajo como el de la televisión (porque en ese medio suelen ser mucho más largas y extenuantes las grabaciones y, siendo así, me impedirían concentrarme realmente en el proyecto de ser mamá). Era finales de marzo cuando tuve esa conversación con Pedro. La idea era empezar a estimularme hormonalmente en septiembre u octubre de ese año pero, bueno, los planes de uno son una cosa y los de Dios, o los planes de la vida, lo que sea, a veces “te pegan un volantazo”, como decimos en Argentina: vas por una ruta pensando que llegarás a un lugar y te estrellás contra una montaña de piedra.
Hoy agradezco haber tomado la decisión de posponer el embarazo in vitro; al mes y medio me palpé una bolita en mi seno derecho. Pasó a fines de abril del 2014. Estaba en Bogotá, realmente enamorada de mi pareja, y teníamos pocos amigos cercanos en Colombia; estaba construyendo un proyecto de familia; mi pareja trabajaba en la televisión y mientras él estaba al aire, yo, como solía hacer a diario, grababa el programa, lo veía e iba reportándole por mensajes lo que iba viendo en la tele; hacía historias por Instagram de ese “seguimiento” mío, lo apoyaba con mensajes por Twitter, le preparaba la cena porque siempre quería esperarlo con una sorpresa diferente… y, entonces, un día en el que estaba haciendo todas esas cosas de siempre, empecé a sentirme rara.
No sabría cómo describirlo en principio pero, ahora que lo pienso, sentí como cuando a las mujeres nos está por llegar el periodo y, de inmediato, me llevé a una mano a los senos para palparlos. Fue enseguida: me palpé en el¿ seno derecho una bolita. Me alarmé profundamente porque, en el 2008, acabado de fallecer mi papá, la masa a la cual le habían hecho una biopsia y había resultado ser benigna, yo no la había palpado a simple vista en un autoexamen, sino que había aparecido en una mamografía, en un control de rutina… Esa segunda bolita era la primera que me tocaba en mi vida, en mi cuerpo, con mis manos. Esa bolita que descubrí en aquel momento, mientras grababa el programa de mi pareja y vivía toda aquella película hollywoodense de estar enamorada, era otra cosa.
Algo pasó en mí emocional y psicológicamente en ese momento. Tal vez en otra ocasión de mi vida hubiese dicho: “Esto no es nada, me acabo de hacer los chequeos y todo está bien”, pero mi primera reacción ante el descubrimiento de la bolita fue actuar lo más rápido que pude; algo me había alarmado para que me tocara el seno, porque ni siquiera me estaba haciendo el autoexamen propiamente dicho (en realidad, descubriría la rigurosidad de ese proceso de cuidado propio una vez hubiera empezado todo el proceso médico al que me llevó tener cáncer. Antes de eso no sabía cómo se hacía exactamente).
Esa misma noche le escribí al doctor con el que mi pareja y yo nos estábamos inyectando sueros de vitamina C para subirnos las defensas y prepararnos para la estimulación hormonal del embarazo in vitro. Era un miércoles. Le dije lo que me había encontrado y él, que había pasado por un procedimiento de embarazo con su pareja, me respondió que estuviera tranquila, que seguramente no era nada. Añadió una cosa, eso sí: “Te voy a poner en contacto con el ginecólogo de mi esposa”. De inmediato, mientras transcurría el programa en el que trabajaba mi pareja, le mandé un mensaje a aquel ginecólogo. No me contestó. Lo volví a contactar al otro día, le reiteré la ansiedad y la angustia que sentía por aquella bolita, pero tampoco obtuve una respuesta.
Finalmente, unos días después, pude asistir con mi pareja a una cita a su consultorio. Le planteé al ginecólogo todo lo que estaba sucediendo: la inyección de vitamina C, el embarazo in vitro, el hecho de que acababa de hacerme los chequeos rutinarios en marzo, que todo estaba bien, que la mamografía había dado bien, que la citología también… Pero incluso después de que me tocara él mismo la bolita que yo sentía, trató de tranquilizarme como lo había hecho el médico anterior. Me decía que seguramente era una bolita de grasa, nada por lo que debiera preocuparme, pero no logró aliviar mi angustia. Insistí en que esto no era normal porque nunca había tocado algo así en mi cuerpo.
Ahora entiendo que los estudios recientes que me habían hecho quizás respaldaban la suposición de que estaba en perfectas condiciones y el intento del ginecólogo por tratar de tranquilizarme pero, incluso con todo ese reciente respaldo médico, le pedí por favor que me mandara a hacer un estudio. Así lo hizo. Nunca había tenido esa ansiedad y angustia frente a mi salud. Me mandaron a hacerme esos estudios en el Centro de la Mujer de Bogotá. Allá me atendió la doctora Margarita.
Nunca me voy a olvidar de ella… Aquel ir y venir entre los médicos y las salas de chequeo empezaron a hacerme sentir de una manera que no había experimentado recientemente. Cuando entraba, sola, en una de esas salas, cuando tenía que dejar mi ropa en un locker, recibir una bata y sentirme ahí, en mi propio cuerpo, con mi propia respiración y una expectativa fatal, empezaba a verme muy vulnerable. La alarma no se apagaba en mí. Sabía que algo no estaba bien; interiormente, psicológicamente, intuitivamente, lo sabía. Era una sensación que llegó a dominarme tanto en aquellos controles que incluso esa vez en que estaba en el Centro de la Mujer y una enfermera se me acercó a hacerme solo una pregunta, mi reacción me tomó algo desprevenida. “¿Vino sola, señora?”, me preguntó. Me descompensé un poco por lo que me dijo. Tardé en hablar pero, al final, pude contestar: “No, mi pareja está afuera”.
Ese día me practicaron una ecografía mamaria y, ya para ese momento, estaba profunda, profundamente asustada. Apenas me terminaron de practicar los estudios, la doctora me dijo que llamara a mi pareja. Él entró. De inmediato, se me bajó la presión del susto y, ahí sí, tuvieron que acostarme y levantarme las piernas para subírmela de nuevo. La doctora fue muy sincera: me dijo que, debido a lo que acababa de ver en la ecografía, debía llevarle al ginecólogo los resultados, pero que creía que, independientemente de lo que dijera el ginecólogo tras revisar mi ecografía, yo debía practicarme una biopsia.
Así salimos. Tuvimos que esperar un par de días para recibir estos resultados. Con eso regresamos al ginecólogo, me derivaron a una mastóloga y ella me dijo que tenía que hacerme la famosa biopsia. Fueron dos biopsias: la primera fue una trucut en el Centro de la Mujer (de hecho, me la practicó la doctora Margarita). Es un procedimiento doloroso, no puedo engañar al respecto. Es sin anestesia. Se hace con un aparatito parecido a una pistola que, con cada disparo, ingresa dentro del seno y extrae un pedacito. Después, llegaron todas las ansias de esperar el resultado… Hasta que el día llegó. Fuimos caminando y, recuerdo que cuando abrí el sobre, no lloré ni grité. Nos volvimos caminando a la casa. Acababan de diagnosticarme cáncer.
* Actriz, presentadora y modelo argentina, reconocida en Colombia por series como Pasión de Gavilanes (donde interpretó a Dinora Rosales), Chepe fortuna, Amas de casa desesperadas, entre otras. * Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial.