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No sé si lo notaron, pero en todo el debate al fiscal Néstor Humberto Martínez, el martes pasado, lo que quedó demostrado de principio a fin fue que el país de nuestros poderosos, el de nuestra dirigencia, nuestras élites, se agota en el barrio Rosales, de Bogotá, y que definitivamente todo está repartido desde siempre entre familiares (entre primos); entre ellos y unos pocos emergentes, como el Fiscal, que logran trepar hasta esas cumbres.
Martínez habló dos horas, según él no como fiscal sino como ciudadano; un ciudadano muy bien informado que a veces dijo cosas en tono de matoncito de barrio, a veces de víctima, a veces con vibrato temperado, a veces con silencios breves como para que no se le quebrara la voz. Toda una puesta en escena; un pequeño sainete; un stand up comedy, pero no para que nos riéramos de él sino para reírse de nosotros.
Así reveló que “varios vecinos de Rosales le contaron” que Gustavo Petro se reunió con Luis Fernando Andrade, expresidente de la Agencia Nacional de Infraestructura (preso por el caso Odebrecht), dizque para armar todo un complot en contra del Fiscal. Ahí supimos que Andrade es primo de Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo. El ciudadano Martínez terminó metiendo hasta al BID en la conspiración, porque Moreno le recomendó a su primo buscar a algunos periodistas clave y contarles cosas.
En la siniestra conspiración para perjudicar a Martínez terminaron enredados hasta los gringos, cuyo embajador, entre otras, también vive en el barrio Rosales. “Varios amigos abogados” de Estados Unidos le contaron a él que algo se estaba fraguando en su contra y que se habían contratado fiscales y agentes del FBI en Nueva York para “iniciar este proceso de depredación de la justicia colombiana”.
Martínez recordó emocionado a su amigo Jorge Pizano, primo del ex presidente Samper, para ponerlo como víctima de los periodistas. Pizano murió hace dos semanas, y días antes había manifestado su miedo de que le pasara lo mismo que a Andrade, por lo de Odebrecht. Por eso buscó a María Jimena Duzán y a Noticias Uno para revelarles unas conversaciones que le grabó a su amigo, el futuro fiscal, en las que se evidenciaba que este sí sabía lo de las corruptelas de Odebrecht. Martínez, además de talentoso en las artes escénicas y en las de saber muchas cosas, no tiene rencores ni siquiera porque su amigo Pizano lo grabó subrepticiamente.
El ciudadano Martínez terminó incluyendo entre sus fuentes hasta a Dios. “Dios existe, porque yo no soy ateo, y anoche me hizo llegar unos audios, no del 2015, no del 2016, sino de este año, en donde el señor Jorge Pizano me dice que él no sabía de delitos (de Odebrecht) y que yo no puedo saber de delitos”. Y en ese mismo pensamiento místico, en esa providencialidad con la que le llega tanta información, de los vecinos de Rosales, de los amigos gringos, de Dios, se enteró de asuntos internos de Noticias Uno (el noticiero que destapó todo este escándalo) porque Alejandro Pizano, hijo de Jorge, y muerto tres días después que su papá y en circunstancias rarísimas, fue compañero de colegio del hijo de Martínez Neira. Alejandro (QEPD), que ya no se puede defender, le contó al hijo del fiscal esos asuntos internos del noticiero. ¿Cómo sabría él (arquitecto, residente en España) todas esas cosas?
En fin, todo esto es un asunto entre primos, amigos de colegio, y vecinos del barrio Rosales, o sea nuestra oligarquía, nuestros dueños desde el siglo XIX, y unos pocos emergentes como Martínez que logran ascender a esas cumbres vendiéndole el alma al diablo; feriándose. Y en últimas, feriando el país.
Teníamos sospechas de lo mañoso que podía ser el ciudadano Martínez (o lo berraco y pantalonudo, dirían los chicos del Centro Democrático), pero no sospechábamos que también actuaba y dirigía teatro. Y del experimental. Por eso, avanzada la noche, en un recurso que envidiarían grandes dramaturgos, se paró la senadora Paloma Valencia y mostró un video de 2004 que no tenía nada que ver con el debate, en el cual Gustavo Petro salía contando billetes, entregados de manos de un hombre que años después sería contratista en su Alcaldía.
Desde entonces llevamos cinco días hablando ya no de si el ciudadano Martínez sabía o no de la podredumbre de Odebrecht, si calló para proteger a su patrón, Luis Carlos Sarmiento (socio de Odebrecht); menos del porqué está tan bien informado sobre cada movimiento de un carro en Rosales, en el Congreso gringo o en los consejos de redacción de Noticias Uno. Ya solo hablamos de si Petro es otro emergente mañoso que puede ser capaz de venderle el alma al diablo, también para ascender a esas cumbres de los superpoderosos a las que sí logró llegar Martínez (no el ciudadano, sino el abogadazo, el fiscal, el actor, el productor de teatro) a pesar de su origen popular.
Él ya es uno de nuestros patricios; un hombre que se la ganó a la vida, al destino; uno que cree en Dios y que está dando una “denodada lucha contra la corrupción desde la Fiscalía”.