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Como la carretera Panamericana estaba cerrada debido al paro indígena, el bus tomó la ruta alterna que conecta a Mocoa, en el Putumayo, con Pasto, a pocas horas de la frontera con el vecino país.
Esta ruta colombiana es exuberante. Son varias horas de recorrido por una carretera de ripio, en la que una densa capa de árboles se extiende a cada lado del camino, y las llantas de los pequeños buses desafían al abismo. La temperatura cambia según el tramo que se recorra, a veces se siente el calor húmedo de la selva, y luego, al subir hacia lo más alto de las montañas, el clima se enfría y la neblina hace parte del panorama.
La frontera ecuatoriana es generalmente fácil de transitar, y no toma muchas horas hacer sellar el pasaporte en cada oficina. Sin embargo en aquellos días era una locura. A consecuencia de la inmigración masiva de venezolanos hacia el sur del continente, Rumichaca estaba desbordado de viajeros e inmigrantes, no había personal suficiente para atender a los cientos, incluso me atrevería a decir a los miles, que estábamos allí.
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Fueron ocho horas de espera en una fila que difícilmente se movía. La mayoría llevaba la casa consigo, cada uno con tres o hasta cinco maletas que llegaban más arriba de la altura de sus piernas. Con el objetivo de que los nuevos llegados respetaran la fila, nos marcaron en el brazo con números para atendernos. Tras cuatro horas de espera, me escribieron con un marcador el número 254, luego, tuve que esperar cuatro horas más para que el agente migratorio sellara la entrada. Una vez terminada la locura fronteriza, se presentó Ecuador entre las sombras de la media noche.
Este es un país pequeño pero diverso geográficamente, en el que se puede recorrer, en cuestión de horas, la selva, la costa y la sierra. Otavalo hace parte de esta última zona, y es conocido por tener la feria artesanal más grande del país. Todos los sábados se reúnen en la Plaza de Ponchos, uno de tantos parques de Otavalo, decenas de artesanos ecuatorianos que viajan exclusivamente allí a exponer su trabajo manual.
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Telas, ropa y bisutería cuelgan en pasillos al aire libre. Callejones de colores, texturas y olor a humitas y tamales, son característicos de un sábado en Otavalo. Cada prenda colgada tiene un significado, búhos, serpientes y otros diseños zoomorfos son el alma viva de los indígenas que habitan en la zona, y defienden con garras y dientes su identidad. En Otavalo, la mayoría de habitantes visten con los trajes típicos de las comunidades indígenas, los jóvenes se trenzan su larga cabellera y hablan entre ellos quichua. Es uno de los lugares en Ecuador donde más se preocupan por mantener la identidad cultural, algunas de las costumbres, y las creencias prehispánicas.
Además del estallido de color y texturas del mercado artesanal, los alrededores de Otavalo son fascinantes. A 40 minutos caminando desde el pueblo, se pueden conocer las cascadas de Peguche, tres caídas de agua, la más alta de 18 metros, ocultas en la montaña abundante en pinos y otras especies de árboles. Senderos de piedra, puentes de madera y grandes rocas, también le proveen un atractivo a las cascadas. Cerca de la más alta, se impone una piedra enorme en la que es posible pararse y sentir el agua chispeante sobre el cuerpo, así como escuchar el sonido estruendoso del agua cayendo. Es un instante ideal para renovar la energía y conectarse con la naturaleza.
Por el mismo sendero se encuentra un pozo de agua cristalino, casi turquesa, que sale del fondo de la tierra. Este es un centro ceremonial para hacer los rituales del Inti Raymi en el solsticio de invierno, una fiesta celebrada por los incas para agradecer el fin de la cosecha y honrar a Inti, el sol, por haber permitido un buen año agrícola.
Más allá de esa pequeña colina, se encuentra el imponente Imbabura, un volcán más de tantos, que se levantan a lo largo de la sierra ecuatoriana. Al esconderse el sol al atardecer, la luz se refleja en su pico, y entonces ya no solo es imponente sino sublime. En medio de este, un corazón de arena negra sobresale. Según la leyenda, es la muestra de amor a su mujer, el volcán justo enfrente al otro costado de Otavalo, llamado Cotacachi. Para las almas aventureras es posible hacer la caminata hacia el pico del Imbabura, guiados siempre por un local, y con la certeza de un ascenso largo y arduo.
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Otavalo, es el punto de partida hacia la Suramérica ancestral, que habitaba la Cordillera de los Andes. El siguiente destino de este viaje, Misahuallí, es un desvío de camino de la sierra a la selva ecuatoriana, donde las comunidades indígenas viven alrededor de los afluentes del río Amazonas, y los monos capuchinos se roban las cámaras y la comida de los visitantes.