No a la reforma… por ahora

Luis Carlos Vélez
26 de noviembre de 2018 – 12:00 a. m.

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La ley de financiamiento o reforma tributaria debería archivarse hasta el próximo año. Es de humanos equivocarse, pero es de tercos intentar seguir adelante con un Frankenstein que es completamente diferente al proyecto inicial.

El Gobierno del presidente Duque haría muy bien si recogiera la ley y dedicara lo que queda del año para trabajar con ahínco en la elaboración de una nueva y, si así lo considera, incluya algo de lo que los honorables legisladores, algunos con exceso de creatividad, otros con superávit de ignorancia y otros de lagartería, le propusieron en términos tributarios, para presentar un nuevo texto que recupere el espíritu de lo que no pudo socializar ni explicar bien, a principios del próximo año.

Un error no debe engendrar otro más grande. Es por eso que si el mandatario hace punto aparte en esta etapa de una de las iniciativas más importantes de su administración, estaría dando indicios de que es capaz de timonear con inteligencia, delicadeza y contundencia. Algo que es muy diferente a recoger improvisadamente los consejos de los legisladores e implementarlos en el texto de una ley que inexorablemente terminará siendo una chapucera que deberá ser modificada en el corto plazo.

Los riesgos de continuar adelante con el engendro que se está fabricando incluyen, entre otros, uno que infortunadamente nos caracteriza a escala internacional y se trata de la falta de seguridad jurídica. Hace menos de dos años, en un ambiente similar, el entonces ministro Cárdenas parió una reforma tributaria coja, antipática e inútil que ahora no recauda lo que se necesita. Lo peor que se puede hacer ahora es cometer el mismo error y, por salir del paso, impulsar una colcha de retazos débil que deba ser modificada en pocos meses. Imagínese lo que significa para un emprendedor o inversionista internacional el no poder proyectar con certeza su negocio porque el componente tributario, uno de los más importantes en su evaluación de proyectos, un día trae una cosa y otro día otra.

El fracaso de esta ley debe dejar como lección también la importancia del orden de las cosas y la necesidad de llegar a consensos. Incluso las ideas perfectas necesitan ser socializadas y vendidas. Los que hemos asumido grandes retos muy jóvenes hemos aprendido a los totazos que la soberbia de la tecnocracia hunde proyectos valiosos.

Una nueva iniciativa, enfriada con las fiestas navideñas y la reflexión de diciembre, podría revivir temas como el IVA generalizado pero a menor tasa, ayudaría a explicar mejor los reembolsos a las familias más pobres, permitiría hacer nuevos cálculos sobre el verdadero hueco fiscal, facilitaría descubrir otras herramientas tecnológicas de la DIAN que golpeen con efectividad a los evasores y quién quita que tal vez abra la puerta a develar otras fuentes intactas de financiamiento, como la liquidación de todos los bienes en manos de la Sociedad de Activos Especiales, que incluyen inmuebles, acciones y empresas y el cobro de impuestos a ONG e iglesias.

Pero en definitiva lo que no puede faltar en una eventual nueva reforma es la conversación activa con los legisladores, la comunicación agresiva con los gremios y el público en general y la muñeca política propia de la situación. Y si para esto último hay que hacer cambios en el gabinete, pues vénganos en tu reino, porque eso de estar cambiando los impuestos cada dos años es propio de repúblicas bananeras y muy poco de economías naranjas que buscan empujar el emprendimiento.

Posdata. ¿En qué momento la palabra “empresario” se volvió un insulto? Empresarios son todos lo que crean emprendimientos y eso incluye desde la peluquería de la esquina hasta el responsable de una gran compañía, pasando por la panadería de al lado. Es mejor ser una sociedad que impulsa las ideas y los emprendimientos a una que nos quiera igualar en la pobreza, la miseria y el sometimiento del empleado y peor si el mayor empleador es el Estado. Ahí está mucho del meollo del asunto.

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