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Por: Cielo E. Rusinque
“Vaciada de una doctorante al presidente Duque en París”. Este seguramente fue el titular que mejor supo recoger la emoción de muchos colombianos que, indignados por los desplantes del gobierno a los estudiantes, la inmoralidad de la “ley de financiamiento”, el conejo a la consulta anticorrupción, los intentos por burlar los acuerdos de paz y la superficialidad que refleja la economía naranja, aplaudieron las palabras improvisadas que en dos minutos y en medio de un ambiente lleno de hostilidad pude transmitir al señor presidente Iván Duque.
Un gesto para muchos lleno de valentía y para otros de grosería e impostura. La valentía atribuida la consideré relativa; cualquiera en las mismas condiciones con algo de conciencia y decencia –pensaba yo– habría hecho lo mismo. Me negaron la entrada a la UNESCO, como a todos los que con inscripción confirmada habíamos acudido. Logré ingresar después de miles de esfuerzos “argumentativos”; y, con gran sentimiento de impotencia, presencié cómo habían sacado compatriotas de ese recinto de manera violenta e injustificada.
Un accidente que quiso el destino, ya que no me encontraba escuchando en primera fila al señor presidente en tanto que doctorante, ni como parte de su comitiva. Tenía claro que era una colada de último minuto; pero también que no podía asistir a esa pantomima sin intentar darle una voz a “los nadie” que se quedaron afuera, y de quienes yo hago parte. Esos que para muchos no somos quién, ni somos alguien, ni por diplomas obtenidos con esfuerzo, ni por años de trabajo y/o estudio.
La alegría de ver tantos mensajes de apoyo y regocijo en las redes por la simbología que para miles de colombianos representó mi gesto, rápidamente se vio empañada por la simultánea lluvia de amenazas, burlas y ataques que por la misma vía comenzaron a llegarme. Las burlas y suspicacias eran de esperarse, y las amenazas virtuales no es que en principio produzcan miedo. Un día después, el anuncio de la muerte de uno de los principales testigos del caso de Odebrecht, las denuncias contra el fiscal general y la campaña de solidaridad que surgió para defender de matoneo a Darcy Queen –mientras yo recibía callada amenazas y calumnias a los ojos y bajo el silencio de muchos–, me hizo de repente comprender por qué algunos me habían llamado “heroína”.
Es que tiene que ser uno muy osado para intentar tomar la voz de los nadie, de los X, de los que se les puede tirar la puerta en la cara sin explicación alguna y sin posibilidad de ser escuchados. O hay que ser “alguien poderoso” –cosa que no soy– para obrar con tan irreverente sentido. Ahora entiendo que no se toman riesgos hablando de derecho constitucional ante alumnos que han pagado millones para aprender las bondades de la democracia y el constitucionalismo. Ni escribiendo una tesis de doctorado que será leída por una comunidad de académicos con ideales más o menos compartidos. Lo difícil ha sido y seguirá siendo salir a la calle y hacer caso omiso de la realidad que está ahí afuera, esa que en el siglo XXI nos demuestra que el mundo es de unos pocos y que al parecer esos pocos siguen siendo los mismos. Difícil, porque para hacer carrera, lo mejor es sacar los diplomas rapidito, comer calladito, criticar pasito, no hablar de política, o hacerlo en tono bajito. No vaya y sea que por críticos nos declaren comunistas, anarquistas, terroristas, etc. Mejor callar ante la muerte de líderes sociales, encerrarnos en el mundo estático de los libros y esperar que nos llegue una palomita de quien sea, con tal de asegurar nuestra pequeña plaza en “el paraíso”.
¿De qué democracia podemos hablar si para expresarnos tenemos que exhibir pergaminos? ¿No será por eso que abundan los impostores, a los que no les tiembla la mano para inventar doctorados y legitimar a través de supuestos diplomas su experticia? No se trata de coleccionar papeles o inventar diplomas, lo importante no es el estuche sino el contenido: un doctorado, por ejemplo, es ante todo un riesgo de sacrificar muchos años sabiendo que “sin tesis no hay paraíso”. No se trata de garantizar acceso a los “diplomas”, esos hay quienes los sacan en pocos días, o en pocos meses, o que del estudio solo sacan eso: diplomas. En esos casos para qué estudiar si hoy todo se encuentra en Google.
No se trata de volver la educación una palabra vacía, o un jingle de campaña política. Se trata de reconocer que una democracia no es posible sin una educación pública y accesible de calidad, que permita a los jóvenes desarrollar pensamiento crítico. Ese que lo llena a uno de dudas, mínimas certitudes y poca aptitud para seguir líderes con fanatismo.
¡Gracias a todos los que, sin conocerme, en estos días me rodearon con sus mensajes de apoyo, empatía y cariño! Pero… ¡ustedes no saben quién soy yo! Permítanme entonces presentarme: soy Cielo, para mis amigos “Cielito”, una persona con dignidad, como cada uno de ustedes, que ejerce y seguirá ejerciendo las libertades y derechos que como ser humano tiene, y que los invita a hacer lo mismo.
Los ataques que hasta ayer recibí, los múltiples mensajes pretendiendo intimidarme, las tentativas de acabar con mi casi inexistente nombre, no me dejaban sino dos caminos: 1) abandonar mi doctorado, obligaciones laborales y compromisos de familia para defenderme del odio y la ignorancia de unos pocos (que parecen ser siempre los mismos); o, 2) dejar a esos pocos descargar su furia construyéndome una identidad alternativa: “alias la doctora”, narcoterrorista, vaga, revoltosa, perra hp, p..ta, malnacida, financiada por las Farc, escoria de la Colombia Humana, comunista adoctrinadora, fracasada, grosera, manteca, igualada y en el mejor de los casos fea y muy bruta.
Siguiendo el consejo de la gente que me conoce y rodea opté por hacer caso omiso. El que calla no siempre otorga y el silencio también tiene sabiduría. Para quienes me conocen seguiré siendo la misma de hace ocho días, ni más, ni menos. Para quienes no (y no lean esta columna) seré dos cosas: “la doctorante que vació a Duque” o la comunista que en Francia “no debe estar recogiendo café”.
En todo caso, ni arrepentida, ni asustada. Si el momento se volviera a repetir, no dudaría en hacer lo mismo. De algo tal vez me arrepiento, de haber dicho que “no soy política”. Olvidé que fui elegida como personera en el colegio, que he participado desde que tengo cédula con gran pasión en cada contienda política, que he votado por diferentes partidos con ideales liberales y adherido a diferentes causas a lo largo de mi vida. Ahora solo espero que los “nadie” como yo, comprometidos con su país y la democracia, asumamos nuestro ser político. Nacemos políticos y la corrupción democrática nos despolitiza.
Los mensajes de odio que me han enviado me ratifican que el camino es la educación y que es un embuste hablar de la economía creativa, naranja y sus siete enanitos, cuando se recortan a la mayoría de los ciudadanos las garantías mínimas de subsistencia. Creatividad la que tendremos que tener los colombianos, los estudiantes, la academia y las personas con conciencia. Creatividad para no dejarnos amilanar ante los estragos que promete causar un gobierno en sus primeros 100 días. Creatividad para unirnos más allá de las diferencias, en un solo movimiento de resistencia. Los decepcionados de Duque, los que votaron en blanco, los de la Colombia Humana y todos los que consideramos que Duque no nos representa.
No se trata de hacer fracasar el gobierno, pues fracasaríamos todos. Se trata de “tomarle el brazo” al señor presidente, darle una palmadita amistosa en la mano, y decirle: presidente, le tocó comenzar a gobernar para nosotros y olvidar sus compromisos con el senador y expresidente Uribe. Los colombianos al son que nos toque bailamos y usted todavía puede escoger pareja. Sigue bailando con él y para él, o se une al baile “de los que sobran”; su caída de popularidad en tan poco tiempo es histórica y le demuestra que nosotros “los nadie”, con y sin diplomas, hoy tenemos conciencia y somos mayoría. Únanse al hashtag de #losquesobran.