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Está circulando El país que me tocó de Enrique Santos Calderón, las memorias de un testigo privilegiado de los últimos 50 años de la historia del país. El libro está dedicado a la política, la prensa, la paz y su vida profesional.
De Vargas Lleras y Rodrigo Lara, dice que son sujetos sinuosos que pasaron de apoyar la paz a enredar los acuerdos, movidos solo por intereses politiqueros y clientelistas. De Ernesto Samper, que era un señor inteligente y dotado de sensibilidad social que terminó, por desgracia, chapaleando en la hojarasca de dólares del Proceso 8.000. Las 89 columnas que escribió contra Bojote le costaron a Enrique muchas fricciones con el director de El Tiempo, Hernando Santos, que lo dirimía todo con cálculos de tendero: “Es peligroso tumbar presidentes porque de pronto se nos caen encima”. Como tantos patriarcas colombianos, don Hernando vivía obsesionado por salvar la “institucionalidad” por encima de todo, incluida la moral. Y las instituciones.
A Andrés Pastrana le dedica línea y media. Demasiado. De López Michelsen, dice que era un gran analista y conocedor de los problemas del país, “pero se quedó corto en soluciones”. De Turbay, que “no era estadista ni intelectual, pero fue un político magistral” (¿qué entenderá Enrique por “magistral”?). Del 2017, subraya la paradoja del histórico bajón en homicidios y secuestros, y el aumento de homicidios de líderes sociales.
De Juan Manuel, su hermano menor, asegura que deja un país mucho mejor del que encontró, y lo define con una frase de doña Tutina: “No le corre sangre por las venas, sino agua aromática”. Sin embargo, revela que consideró su renuncia luego de la derrota del Sí en el plebiscito. Considera que Iván Duque “es un hombre inteligente y ecuánime que no les hará el juego a los nostálgicos de la guerra”.
Antonio Caballero reconoce que Enrique es “el periodista colombiano más importante de los últimos 50 años”, pero agrega que es frívolo y que el libro es insuficiente porque no explica su giro de la izquierda hacia el “extremo centro”. Yo creo que es una crítica insuficiente. El coraje y la sensibilidad de Enrique, el bajo perfil de sus roles en momentos críticos del país, su agudo sentido del ridículo, su oposición a la participación de los Santos en política para salvaguardar la independencia de El Tiempo y hasta gestos bellos y pequeños, como los tarros de tinta que el joven Enrique se robaba de los talleres de El Tiempo para que Voz Proletaria pudiera imprimir sus pasquines, no son actos frívolos ni insuficientes.
Recordemos también que su “Contraescape” y “Reloj” de Daniel Samper Pizano fueron las primeras columnas que marcharon en contravía de la línea editorial de un periódico colombiano, y que la revista Alternativa (1974-1980) fue una mezcla inédita en el periodismo latinoamericano: era subversiva, rigurosa, masiva (¡llegó a tirar 25.000 ejemplares!) y tenía humor y grandes firmas en su nómina.
Para encontrar un referente periodístico de su talla intelectual y moral, tendríamos que hablar de Albert Camus.
Nadie puede decir hoy que el país no tiene quién le escriba. El libro de Enrique Santos engrosa una biblioteca rica y reciente: Alguien tiene que llevar la contraria, de Alejandro Gaviria, que registra los avances sociales de las últimas décadas; Historia mínima de Colombia, de Jorge Orlando Melo, o las trágicas oscilaciones entre el autoritarismo y la democracia, e Historia de Colombia y sus oligarquías, de Antonio Caballero, que no esconde sus opiniones con ese lenguaje “neutro” que los historiadores estilan. Si sumamos al catálogo los libros periodísticos (más de 35 títulos por año), nadie puede quejarse de que falta “material”.