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El país estalla a sus pies con protestas, escándalos y muertos bajo el ruido de los nuevos escándalos, y el presidente canta en el salón de social de su palacio. En sus 100 días de gobierno no hay una alocución a la altura de la gravedad de las tormentas que truenan en las ventanas de su casa presidencial. Su negativa rotunda a dialogar con estudiantes, sindicatos y centrales obreras que le exigen una respuesta a los ultrajes de su ministro de Hacienda y de su presidente inmortal son una muestra progresiva de su aturdimiento. En Paris, después de llegar a la sala central de la Unesco que había sido previamente desalojada de asistentes sospechosos según la intuición del cuerpo de seguridad, no pudo convencer ante los pocos cuestionamientos que lograron pasar invictos a la redada. Su retórica es neblinosa y circular, sus gestos tienen las muecas del miedo, y su lenguaje acude siempre a la estrategia de una comunicación jovial y carismática que no ha podido dominar con la confianza profesional de presidentes que domaron grandes cataclismos con el cinismo aprendido entre las huestes de la impunidad. No tuvo más recurso que levantarse y salir por la puerta de atrás como un hombre doblegado por la inexperiencia y el poder. Sus intermediarios siguen siendo los mismos que lo ubicaron en el trono con instrucciones inviolables, y los problemas serios siguen siendo atendidos por funcionarios que conocen bien cómo se elude un escándalo con las palabras precisas, con las cifras maquilladas y los tecnicismos abstrusos que no puede entender ni refutar un país sin educación. Aparecen siempre sus custodios para dirigir el poder que el presidente oficial no tiene, y mientras tanto sonríe y sigue cantando en los eventos sociales acordes a esa imagen construida para matizar la oscuridad de su partido; la última carta publicitaria que les quedaba al final de una vieja historia sustentada en el odio y la sangre.
Ahora que la historia es otra y llegaron tarde al poder para devolverla a sus principios, saben que no tienen opciones más allá de responder a su naturaleza: trabajar exclusivamente para los bancos, para los círculos centrales de la derecha tradicional que debe conservar siempre el statu quo que los ampara y los protege. Y para que tenga un aire fresco y una cotidianidad dramática ese viejo trabajo aburrido de tecnócratas, el presidente eterno funge como un líder de oposición a las prácticas impopulares de su propio gobierno. Levanta de nuevo su voz solemne y varonil, y le sugiere revisar los postulados por el futuro y la salvación de la patria. Ese sainete surreal continuará junto a los pactos de un Congreso que hundirá insistentemente las reformas que lo juzguen, la Comisión de absoluciones seguirá haciendo su trabajo leal, y el Fiscal General de la Nación seguirá investigando los procesos que guardan pruebas reinas con su propia voz en los escándalos del siglo.
Iván Duque entra al palacio de Nariño bajo el incendio y los truenos y sigue cantando. Camina y suspira en el pasillo donde cuelgan los cuadros de su estirpe presidencial. Sabe que su rostro quedará allí para la historia y el futuro.