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Como a los cantantes a los que siempre se reclama la vieja canción de éxito, cada acto de masas en el que participa Barack Obama acaba con el célebre “!Yes, we can!”. De hecho, durante los últimos días se ha escuchado mucho. Obama participó en varios mítines de apoyo a los candidatos demócratas que competían en las elecciones parciales de ayer, la primera prueba de fuego para su presidencia.
Pero, un año después de su victoria electoral, el “¡Yes, we can!” suena hoy más artificial, ha perdido brío, lo mismo que el movimiento que simboliza. La revolución que nació el 4 de noviembre de 2008 conserva todo su potencial de transformación, pero ya no tiene la energía juvenil de esa noche electoral en la que cientos de miles de personas se echaron espontáneamente a la calle para celebrar el acontecimiento más trascendente de lo que va de siglo.
Pocos momentos en la memoria reciente despertaron tantas esperanzas como aquella noche. Una conjunción de hastío por el período de George Bush y de ansiedad universal por el nacimiento de líderes referenciales, elevaron a Obama a una categoría casi sobrehumana. El color de su piel, su mensaje de progreso y su voluntad de construir puentes de entendimiento en el mundo contribuyeron a crear ese clima.
El mundo, en su mayoría, mantiene altas las expectativas, como prueba la reciente concesión del Premio Nobel de la Paz. Pero aquí, en Estados Unidos, han surgido en este tiempo dudas, inquietudes, tanto en la derecha como en la izquierda, y la fe en Obama está ahora condicionada a la consumación de su obra.
Nada grave ha ocurrido en este período que permita todavía cuestionar la capacidad de Obama para hacer historia. Preside un gobierno brillante que no ha cometido errores relevantes. Se ha salido de la crisis económica, se han borrado las huellas más sangrantes de la administración anterior y se han puesto en marcha ambiciosas iniciativas, tanto en el ámbito doméstico como internacional.
El enigma presidencial
Obama ha cumplido hasta ahora con éxito la labor de eliminar el pesado lastre heredado de George Bush. En lo que no ha tenido éxito hasta ahora es en la definición precisa de su propia presidencia. Superada la etapa del contrapunto de Bush, falta saber qué aportará Obama a la historia de esta nación.
Las encuestas reflejan insatisfacción. Obama ha perdido algo más de diez puntos desde que asumió el cargo, el 20 de enero, y su respaldo oscila hoy entre el 50 y el 55%, positivo pero no grandioso. Los votantes quieren resultados.
Ése es, por supuesto, el talón de Aquiles de Obama hoy por hoy: la falta de resultados tangibles para los ciudadanos norteamericanos. Un problema que se hace más ostensible al contraponerlo con la hermosa oratoria que el presidente ha exhibido desde el primer día. Los cambios se demoran (sanidad, energía), las promesas se matizan (inmigración, derechos homosexuales) y los plazos se extienden (Irán, Afganistán). Incluso en aquel terreno en el que el progreso es evidente, como el de la economía, éste se ve opacado por la lentitud en la creación de puestos de trabajo.
Se dice con frecuencia que Obama está descubriendo la dureza de gobernar, de hacer realidad los programas electorales. Es cierto. Las dificultades para el cierre de Guantánamo son la mejor prueba. Pero, más que eso, lo que ocurre es que Obama es un hombre templado de carácter y complejo intelectualmente, a quien le gusta escuchar muchas opiniones diferentes antes de hacer una apuesta. Sus rivales interpretan eso como vacilación y lo acusan, como en el caso de la guerra de Afganistán, de falta de decisión.
Sin embargo, hay en el horizonte la esperanza de consumación de algunas de las iniciativas por las que está batallando, especialmente la reforma sanitaria. Aún no se sabe con certeza si Obama podrá cumplir su promesa de firmar una ley para la creación de un nuevo sistema de salud antes de final de año, pero es indudable que se está más cerca de ese objetivo de lo que jamás se ha estado y parece muy probable que el presidente pueda pronto celebrar su primera gran victoria.
Se están produciendo cambios más silenciosos, pero muy bien valorados por los expertos, en el área de la educación, en el que la Casa Blanca puede también pronto apuntarse algún éxito relevante. Ha empezado ya en el Congreso el estudio de la reforma energética, que promete ser otra brutal batalla, pero podría generar un nuevo modelo de progreso para décadas futuras.
Varios asuntos de las relaciones internacionales están también en proceso de maduración: la crisis nuclear con Irán, la firma de un acuerdo de desarme con Rusia y la creación de un marco de cooperación con China. Pero, sobre todo, está por decidir el destino de la guerra de Afganistán, una decisión que, como ninguna otra, ayudará a catalogar esta administración.
Estamos, pues, apenas en los albores de lo que puede ser una revolución. Nadie es capaz de decir todavía si Obama será Roosevelt, el forjador de un nuevo país, o Carter, el honesto intelectual fracasado. Si será Johnson, con toda una obra malograda por el fiasco de Vietnam, o Reagan, el motor de una nueva era conservadora. Es aún pronto para emitir sentencia. La de Obama es aún una revolución pendiente.
Las elecciones, una prueba de fuego
Toda la atención de Estados Unidos está puesta en los resultados de las elecciones de ayer. Y aunque muchos analistas calificaron la jornada como una referendo respecto a la gestión de Barack Obama, en realidad es una prueba de fuego más para el Partido Republicano.
La oposición tiene una prueba mucho más directa para su futuro en un distrito de Nueva York en el que se eligió ayer a un miembro de la Cámara de Representantes. Descontentos con la candidata republicana oficial, Dede Scozzafava, una moderada que acepta el aborto y el matrimonio homosexual, los conservadores decidieron presentar un candidato alternativo, Doug Hoffman, que se opone a ambas cosas y representa mejor la pureza ideológica que las bases del partido exigen.
El presidente se jugó algo también, no hay duda. Pese a que los portavoces de la Casa Blanca insistan en lo contrario, las elecciones para gobernador en Virginia y Nueva Jersey fueron una primera medida de esta presidencia.