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AHORA HAY MATRIMONIOS DE PArejas del mismo sexo en Argentina.
Desde mi orilla heterosexual, sostengo que el matrimonio gay constituye un paso adelante en la consolidación del derecho constitucional a la no discriminación. Eso no es original. Pero agrego: es una medida que promueve los valores tradicionales.
No hay ironía en mis palabras.
Los defensores del orden y las buenas costumbres, conservadores en un sentido no partidista, han apreciado la familia como el núcleo básico de la sociedad y la célula central del edificio comunitario. Es allí donde se implantan los valores que perpetúan la tradición. El matrimonio, por otro lado, ha sido consuetudinariamente el vehículo promovido por los conservadores como el más apropiado para la construcción de una familia. De modo que el matrimonio gay es una expansión de las fronteras del matrimonio y la familia, y es una decisión de convivencia conjunta que contribuye a enraizar aún más una institución claramente afincada en la tradición. Es un contrasentido que los mayores propulsores del matrimonio se opongan a un paso que tiende a extender esta situación a homosexuales y lesbianas tradicionalmente marginados y sin acceso a él. Si alientan a las parejas a casarse, no deberían impedir que nuevos sectores de la población puedan hacerlo.
Naturalmente, y quizás ahí está el punto de quiebre, un pensamiento como el que he descrito se basa en la idea de que la homosexualidad no es producto de una aberración ni una muestra de depravación. Tampoco un hábito que se inculca de manera perversa y que impide la vida en sociedad. Es simplemente un fenómeno no suficientemente explicado, que implica una determinada orientación sexual diferente a la de la mayoría. Queda pendiente el problema de la procreación. Pero desde la píldora, más allá de la teología, pareja y procreación han sido definitivamente separadas. Y puede ser reemplazada por la adopción, aunque el efecto psicológico sobre hijos con padres del mismo sexo no ha sido valorado suficientemente.
Agruéguese que la tendencia reciente es al aumento de las uniones libres. De modo que, pese a la seriedad del tema, un conservador debería decir: con tal que se casen, aunque sean homosexuales.
No menos importante es el otro ángulo: la igualdad es el sueño del Estado de Derecho. En todo el orbe que vive bajo este ideal, la formulación ritual incluye la prohibición de discriminar por razones relacionadas con el sexo. De modo que la minusvalía que implica para las parejas homosexuales la privación a que se ven sometidos para formar una pareja regular a la luz de la organización estatal, es una clara violación del derecho a la igualdad, la cual no se ve subsanada por ciertas medidas sucedáneas, como las que se han tomado en Colombia, mediante la cual se reconocen derechos limitados a las parejas homosexuales.
Y, por fin, en cuanto a la cuestión religiosa, razón tiene la autora de la ley argentina. En una sociedad aconfesional, es el Estado el que regula el matrimonio civil sin perjuicio de las creencias religiosas de cada quien.