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Desde siempre la música ha acompañado al hombre, ya sea en ceremonias religiosas, momentos históricos, fiestas populares y guerras, así como al inicio y al final de la vida, en ritos de iniciación, en la cotidianidad de la vida y el trabajo; es decir, siempre ha sido parte tanto de lo colectivo como de lo individual. Y esto se debe a que la materia de la cual está hecha la música, el sonido, nos toca directamente de forma física. Las vibraciones que produce un cuerpo al ser golpeado o rozado se propagan en forma de ondas a través del aire y, por medio del oído, llegan al cerebro. Podemos diferenciar los sonidos por su intensidad, tono y timbre. Pero lo maravilloso de ese material es que la disposición ordenada de esos sonidos despierta emociones, sentimientos y también instintos, como en la danza. Ya bien lo decía Shakespeare, aludiendo a las cuerdas de los instrumentos hechas de tripa: “¡Ahora aire divino! ¡Ahora su alma está cautivada! ¿No es extraño que tripas de carnero puedan extraer las almas de los cuerpos de los hombres?”.
Por otro lado, desde Pitágoras sabemos que los sonidos que conforman una escala se forman a partir de medidas y proporciones al tañer una cuerda. La quinta, la octava, etc, son los nombres de los intervalos y son, evidentemente, números. Y el número está presente en toda la naturaleza y, por supuesto, en nosotros mismos. De ahí que las proporciones hagan consonancia con nosotros. El estudio de la música abarca, por un lado, el número, la medida, la armonía y la acústica, y por otro el efecto emocional que tiene en el oyente. El tema ha apasionado a músicos, filósofos y científicos a lo largo de los siglos. Platón, seguidor en muchos aspectos de Pitágoras, considera la música como la base del acuerdo entre las cosas de la naturaleza, como la armonía en el universo, en el Estado y en el cuerpo humano. Es decir, en el macrocosmos y el microcosmos.
Entre los muchos teóricos de la antigüedad que se dedicaron al fenómeno musical, quiero citar a Boecio, filósofo, poeta y estadista romano nacido en el siglo V, quien fue una de las figuras más influyentes de su tiempo. A él se debe uno de los tratados teóricos sobre música más importantes de la historia: De institutione musica, en el que recoge el pensamiento musical anterior a él y propone una nueva manera de estudiarlo. En su época la educación contemplaba lo que se conoció como el Quadrivium, que abarcaba las cuatro disciplinas matemáticas de la antigüedad: aritmética, música, geometría y astronomía. Para Boecio la música tiene varias formas. La música mundana es una fuerza omnipresente en el universo, que determina el curso de las estrellas y los planetas, de las estaciones del año y de las combinaciones de los elementos. Por otro lado, la música humana es el principio que unifica al ser humano, armoniza el cuerpo y el alma, integra lo racional con lo irracional y equilibra las sustancias del cuerpo. Finalmente está la música instrumental, que surge de los instrumentos que pueden ser de cuerda, viento o percusión. En ese orden de ideas, el trabajo del compositor era el de reflejar el orden perfecto del universo en las estructuras musicales, de acuerdo a los principios numéricos.
Aunque Boecio está muy lejos de nuestro tiempo, su influencia ha llegado hasta hoy. Si bien las ideas de la antigüedad se han revaluado, aceptado, rechazado o redescubierto, lo cierto es que las obras que escucharemos en la siguiente edición del Cartagena Festival Internacional de Música han sido creadas también desde estas reflexiones. Los compositores escogidos, a pesar de sus diferencias estéticas, temporales o filosóficas, tienen en común el conocimiento científico de la música y del efecto en los oyentes más allá de cualquier tipo de fronteras. Bach dominaba las proporciones y los significados simbólicos de los números. Cada obra suya es una construcción perfecta donde el número de las melodías se corresponde con el de las armonías, las voces y los timbres. En el universo sonoro de Beethoven es fácil apreciar la repetición de fórmulas rítmicas fijas que van paseando por diferentes alturas. Mozart y Haydn son compositores del clasicismo, momento en que se consolidan formas como el cuarteto o la sinfonía, que suponen fórmulas fijas.
Por supuesto, cuando escuchamos música, la disfrutamos sin necesidad de conocer toda la historia o la filosofía que hay tras ella, pero ese conocimiento hace posible disfrutarla desde otra perspectiva y nos permite hacer una reflexión más profunda sobre nosotros mismos. Es esa la posibilidad que nos abre “Armonía celeste: el número, el sonido, la música”.