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Vives y Jacanamijoy hablan sobre el Putumayo

Por una tarde, Carlos Vives se bajó del escenario y solo usó el micrófono para preguntar. En el acogedor taller de Carlos Jacanamijoy en La Macarena, se reunieron para conversar sobre la vida del artista en el Putumayo antes de que CROMOS emprendiera un viaje a sus recuerdos más íntimos en el Valle de Sibundoy. Prólogo de una aventura.

Por Redacción Cromos
17 de septiembre de 2014
Vives y Jacanamijoy hablan sobre el Putumayo

Fotos: Gustavo Martínez

Carlos, me interesa el niño. Me interesa Santiago, tu pueblo natal y me interesa Putumayo, ¿nos regalas algo de esa vida?

A veces se cree que Putumayo es solo violencia, petróleo, FARC, bombardeos, ejército… pero también es otra cosa. El Putumayo tiene montaña, en los Andes. Tiene Piedemonte, que es toda esta parte de cascadas, ríos, lluvia y neblina. Y tiene selva. De la mano de mi papá, quien murió hace ocho años y era chamán, conocimos ese Putumayo. De los recuerdos de ese niño me quedan muchas percepciones físicas: la de meterse al río, de andar con los pies descalzos y sumergirlos en el agua. Y cada vez que regreso vuelvo a sentir. Es mi tierra del olvido.

¿De qué manera influyó ese lugar en el arte?

Después de graduarme como artista, metí los pies en ese río y supe todo. Mucha información me subió al corazón y al cerebro. En ese momento nació mi pintura. Como latinoamericano uno siempre ve para afuera. Cuando yo viajé a Europa fui buscando museos, la historia de arte de Occidente, todo eso. Pero cuando uno vuelve se da cuenta de cómo ama lo suyo.

¿Cómo es eso de que supiste todo cuando metiste los pies en el río?

Yo me gané una beca para irme a estudiar a Europa y, al mismo tiempo, me ofrecieron una del Ministerio de Cultura que me proponía ir hacia dentro, hacia las raíces. Yo escogí esa. Renuncié a la beca para Europa y decidí irme al Putumayo. Me fui a la casa de unos chamanes con mi papá y con la abuela. Recorrí todos esos espacios de la imaginación, las leyendas… Me saqué los zapatos, metí los pies en el agua y sentí ese fresco en el que nacen todas las cosas. Fue como una revelación. Una epifanía. En ese momento dije: me voy para Bogotá, voy a dejar esa pretensión de ver esto como si no fuera un paisaje mío, voy a llevarme todo esto. Cogí unas telas grandes y empecé a pintar. Arranqué a pintar como un niño las memorias, los recuerdos…

¿Cómo era la relación entre los indios y los colonos en Santiago?

Un pueblito de cinco mil habitantes, entre colonos e indios, puede ser una especie de Macondo en sus comienzos. La relación era cordial pero había, y aún hay, discriminación. Convivíamos juntos, pero en la escuela había un primero A para blancos y un primero B para indígenas. Los indígenas de la Sierra Nevada sacaron a los capuchinos en los años ochenta, pero eso aquí no pasó. Nunca los sacaron. Convivimos los misioneros, los colonos y los indígenas. Ahora estoy explorando eso en mi obra, lo bueno, lo malo y lo feo de la cultura.

Creciste en una intersección, ¿pero tu infancia fue más indígena?

Claro. Con mi mamá y mi abuela. Crecí mucho con mi abuela hablando inga. Yo hablo inga. Jacanamijoy, por ejemplo, quiere decir «comedor de curíes» en castellano. Mi papá, por su parte, era un chamán duro, fuerte y bravo que nos crio con rejo. Me llevaba con sus amigos chamanes al bajo Putumayo. También íbamos al pozo del Indio, en Villa Garzón. En inga le decíamos «curiyaco», que quiere decir agua de oro, y creo que ahí hay oro. Estoy confirmándolo, pero parece que ahí van a explotar oro. Es una cascada bellísima, de agua fresca. Cuando arranqué a pintar empecé con esas memorias, con la imagen de esa cascada, de lo que hacíamos de niños. Todo era muy natural, muy vegetal. Teníamos que inventar los juguetes, no había de fábrica.

¿Jugaban fútbol?

Sí, ¡claro! Muchísimo.

¿Qué más jugaban?

Cuando yo viví en ese pueblo, no había televisión, no había radio, no había prensa, no había juguetes… Así que jugábamos a que nos convertíamos en lagartijas, nos metíamos en los árboles, comíamos frutas directo de las ramas…

¿Qué recuerdas de la comida?

En los últimos cuadros he vuelto a la comida. Nosotros no comíamos arroz. En la dieta de los indígenas no está el arroz. Mi abuela murió a los 96 años y nunca nos hizo comida de Occidente. Ella siempre fue muy sopera y yo soy muy sopero. Nosotros tenemos algo que se llama la chagra, que es como el solar. Ahí los abuelos sembraban y todo se comía muy fresco. Ya quisiera yo tener aquí una huerta así en Bogotá. Cuando voy al Putumayo, dos o tres veces al año, casi no salgo, me la paso en pijama y le digo a mi mamá que me cocine. Me encanta la cocina, los colores, los sabores… Ella me habla en inga y recordamos todo lo que comíamos en mi infancia. Siempre hay mucho maíz; muchas variedades, tierno, duro, molido… En Colombia no queremos nuestro pasado, no apreciamos lo que nos dejaron los antepasados indios, negros, campesinos, como la comida. Si amáramos eso, no estaríamos en guerra, no habría tanta violencia.

¿Cómo combatir nuestra mala educación? ¿Nuestra costumbre a excluir?

Te puedo hablar desde mi pintura. Yo empecé con todo lo bello. Con la admiración por lo indígena, esa admiración que se queda en los museos, en la Constitución, en las leyes, en la teoría, que no pasa a la práctica. Todavía se usa la expresión «no sea tan indio». Así que deberíamos empezar por ahí, en la cotidianidad. Es aportar un granito de arena. A mí no me gusta cuando dicen Chibchombia, por ejemplo. Caricaturizarnos es no aceptar lo que somos.

Dicen que los indios son sucios, pero lo que empuerca el planeta es occidente. Los indios solo tienen tierra en las uñas.

Es no querernos.

Claro. Naturalizamos la discriminación. Negamos lo nuestro. Y la culpa la tiene un proceso largo histórico. A uno le hacían sentir vergüenza de ser indígena. Se reproducía la idea de que éramos subdesarrollados. Discursos creados, como cuando dicen que la música clásica es la música culta, como si lo demás no fuera cultura. Cultura es saber hacer una sopa de maíz. El problema es que hemos crecido en medio de una visión eurocentrada de la vida, incluso los indígenas.

Nuestros patrones educativos nos han limitado.

Claro. Por eso uno se sentía avergonzado de hablar la lengua inga. Afortunadamente yo hablé mi lengua, pero ya los más pequeños no la hablan.

Hablemos de esa idea, que puede ser dolorosa, de que las culturas ancestrales están desapareciendo. A mí me parece aterradora.

Sí, es aterrador. Por eso tenemos que dejar de hablar de ellos para empezar a hablar de nosotros. Somos hermanos, tú del Norte, yo del Sur. Yo me identifico con todos. Tenemos que ponernos en los zapatos de los otros. Porque la discriminación está naturalizada. Incluso los indígenas creímos toda la vida que éramos inferiores, y eso le han hecho creer al mundo entero, cuando la raza no existe, cuando somos todos hermanitos. Por eso pinté dos calaveras en uno de mis cuadros: están de frente mirándose y no saben de razas, ni de apellidos. Pero también he tomado estas cosas con humor. A veces soy yo el que dice «no sea tan indio», entonces la gente se ríe, cae en la cuenta y dice: «Qué vergüenza, qué pena contigo». Yo, con mi obra, le doy voz a los silenciados. De ese silencio es que empiezo a sacar esos colores que son voz también, para que el mundo conozca que hay otras maneras de ver el mundo, de pensarlo y de vivirlo.

Me pones a pensar en que hay una deuda que no hemos enfrentado.

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Se han hecho ciertas cosas, chiquitas, pero simbólicas. La idea es que no se queden en la teoría, sino cambiarlas en la cotidianidad.  

Tú, que te criaste dentro de la cultura inga, ¿cómo vives el éxito? ¿Cómo se vive Nueva York? ¿Cómo se vive Bogotá?

Siempre he estado en una intersección. Todo ese mundo del éxito es maravilloso. Y es maravilloso, en parte, porque precisamente así puedo aportar a que cada vez busquemos más nuestras raíces y nos sintamos orgullosos de ellas. Porque además ese éxito lo he tenido justamente en el mundo de Occidente, en el de la globalización, en el del capital, en el que busca homogeneizar todo: la música, la comida, la ropa. Eso es bonito, mostrar parte de mi corazoncito, volver a la infancia, escarbar en la memoria y lograr que esos ojos miren los nuestro. Ya miran los tambores, la quinua, el maíz. Nosotros le estamos inyectando cosas maravillosas al mundo.

¿Crees que la pérdida de valores en Occidente influye en esa búsqueda desesperada de la gente hoy?

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Sí, Occidente se ha dado cuenta de cosas. A veces dicen que los indios son sucios, pero es Occidente el que está ensuciando el mundo. Esa es la paradoja: la industrialización, la ciencia y la tecnología nos están llevando a todos a empuercar el planeta. Los indios solo tienen sucias las uñas. Como en la India, donde las personas huelen a raíz.  Mi papá olía siempre a plantas, porque era chamán y cargaba una mochila con maticas que masticaba. La vida de Occidente no es tan romántica como el mundo cree que es. Es simplemente una opción de vida. Mi abuela no habló mucho español y no viajó, pero siempre la vi feliz, dichosa.

Redacción Cromos

Por Redacción Cromos

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