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Putumayo, el lugar donde la magia es cotidiana

En busca de los secretos detrás de las explosiones de color del artista Carlos Jacanamijoy, nos devolvimos a su infancia y perseguimos sus huellas. Encontramos un lugar donde los seres sobrenaturales se pasean por las calles y donde la vida transcurre «pensando bonito». Viaje en el tiempo con tres paradas.

Por Redacción Cromos
17 de septiembre de 2014
Putumayo, el lugar donde la magia es cotidiana

Por: Natalia Roldán
Periodista de CROMOS

Fotos: Gustavo Martínez

El paraíso queda al otro lado del trampolín de la muerte: una carretera improvisada, angostísima y mal pavimentada que bordea abismos y atraviesa ríos cuyo caudal puede crecer y llevarse a su paso carros, camionetas y buses que intentan, temerosos, llegar del Valle de Sibundoy a Mocoa, en el alto Putumayo. Ese era el camino que recorría Carlos Jacanamijoy hace cuarenta años para visitar la finca que tenía su padre en medio de las montañas de Villa Garzón, un pueblo ubicado media hora más adelante de la capital de esta región de Colombia. Intentar alcanzar ese rincón inhóspito era y sigue siendo osado, pero tener la posibilidad de tocar el cielo con las manos, allá en ese monte sagrado, lo valía todo. Cada encuentro frente a frente con la muerte era justificado, necesario y satisfactorio. Cada paso de equilibrista era uno más para rozar el edén.

Después de cuatro horas en carro o bus hasta Villa Garzón y otra más a pie por la montaña, la familia Jacanamijoy llegaba a su casa, donde el salto del Indio, una relajante cascada de agua cristalina, le daba la bienvenida. Acto seguido, lo once niños debían pasar por un sahumerio con el que su padre, el taita Antonio, se encargaba de ponerles una barrera de protección que los defendería de los espíritus del monte. «Era territorio sagrado y los mayores nos decían que ahí podíamos morir», asegura el taita Florentino, hermano del artista. Había duendes que escondían a los más pequeños, voces de hombres que gritaban en las noches de luna menguante y tigres que aparecían y desaparecían como presencias fantasmales. «Ese lugar tenía una energía especial –agrega Florentino–. Era algo que se nos quedaba en el cuerpo y todavía hoy yo lo siento. Nos marcó para toda la vida».

Muchos años después, cuando Carlos Jacanamijoy regresó a meter los pies en esa quebrada y vio cómo el agua de la cascada parecía convertirse en humo al caer de la montaña, supo que ahí estaba lo que había estado buscando. Lo sintió. Luego de aproximarse al arte desde la academia, de aspirar con insistencia y obstinación a imitar lo que provenía de Europa, entendió que su obra tendría sentido si nacía de allí. Su trabajo debía ser una interpretación de la magia del místico Putumayo que lo vio crecer, y así creó, pieza por pieza, un homenaje a la memoria, a la cultura inga, a la infancia y a su tierra.

Cuando Carlos Jacanamijoy regresó a meter los pies en esa quebrada y vio cómo el agua de la cascada se convertía en humo al caer de la montaña, tuvo una epifanía. Supo que ahí estaba su arte.

El poder de la montaña

El Trampolín de la muerte era solo el comienzo. Una vez llegaban a Villa Garzón, el taita Antonio Jacanamijoy y su esposa Mercedes Tisoy –los padres del artista– debían atravesar el río Mocoa junto con los once niños que tenían en ese entonces. Los primeros años –en la década del setenta– lo hacían en balsa, impulsándose con una palanca de palo. Tenían que ir muy, muy quietos. La corriente, arisca, los trasladaba de un lado para otro. En cierta ocasión, un reclamo violento del río hizo que unos de los chiquitos se le resbalara de las manos a Mercedes y el balsero tuvo que botarse al agua para rescatarlo. Se salvó por suerte. O magia.    Luego construyeron un puente colgante que aún hoy vive solitario, huérfano de tablas seguras para cruzarlo. Quienes deben atravesarlo arman senderos delgados con retazos de llantas y maderos, ideales para aterrorizar a todo aquel que sufre de vértigo –e incluso al que no–. Cuando se llega al centro, los tubos de hierro que acompañan y sostienen a los caminantes desaparecen, entonces toca llenarse de valor, respirar profundo, ignorar la errada sensación que dice que faltan kilómetros para llegar a la orilla y andar a tientas con la esperanza de que el viento no mueva esa frágil obra de ingeniería construida a la colombiana. Los niños Jacanamijoy –de cinco y seis años–, al llegar a la mitad del camino lloraban desconsolados. Pero el padre, un duro chamán inga –responsable de moldear su carácter– los obligaba a seguir adelante, a pelear contra la inseguridad, a hacer a un lado el miedo. Peores cosas vendrían en la vida.    Al otro lado les esperaba entre treinta minutos y una hora de caminata, pasando por playas de roca, árboles con ramas como escudos y riachuelos. En ese camino, los sentidos empezaban a despertar. Las chicharras cantaban, por montones, reunidas en fiesta. Pajarracos ocultos entre los árboles hacían sonidos curiosos y desconocidos. El sol exhibía piedras rojas, moradas, aguamarina y escarlata que se refundían entre mares de piedras grises y blancas. Flores rojas colgaban de los árboles… Los colores del paisaje eran los mismos que resplandecen en las obras de Jacanamijoy, y aunque las heliconias se marchitan al pasar unas horas lejos de la tierra, y las piedras de diferentes tonos se ven opacas y tristes al moverlas de su lugar, el artista supo mantener vivos y brillantes los objetos y los seres que fuera de esa montaña palidecen.    Al llegar al Curiyaco –palabra inga con la que nombraban al río y que quiere decir «agua de oro»–, las mariposas trabajaban de guardianas del lugar. Una enorme, azul, solía flotar y planear –serena y esquiva– frente a la cascada. Resaltaba en medio del verde espeso que rodeaba la quebrada. «Había pececitos de todos los colores, loros, pajaritos, ranas y culebras que algunos valientes mataban para la cena», rememora Mercedes. Se veían hasta insectos que los picaban y dejaban sembradas larvas bajo su piel. Los niños, luego, observaban espantados cómo de sus piernas nacían gusanos. Allá, en el paraíso, lo monstruoso también era posible.    La casa donde dormían estaba ubicada a dos o tres metros del suelo para escapar de las ranas y las serpientes. Al caer la tarde, en compañía de un radio de pilas, que con frecuencia se quedaba sin pilas, se iban a descansar. Despertaban al día siguiente por el sonido de las mujeres en la cocina. Luego de desayunar llegaba la hora de la minga, palabra que en castellano quiere decir «entre todos». Entre todos reunían leños. Entre todos los ubicaban en el río para bloquear su paso. Entre todos guiaban la corriente por un nuevo camino. Entre todos acorralaban bancos de peces que comerían para el almuerzo. «Cuando se desviaba la corriente, los peces se emborrachaban por la falta de agua y empezaban a brincar y a brincar, y así era más fácil cogerlos», cuenta Mercedes.   Peces borrachos de todos los colores. Mariposas como escuderas. Tigres que amenazaban con aparecer en el camino. Duendes que nadie veía pero que hacían de las suyas en el monte y en el río. Seres fantásticos, reales e imaginados, y fuerzas sobrenaturales, sobrecogedoras y poderosas, forjaron la infancia de Carlos Jacanamijoy y nutrieron de magia su mirada. «¿Cómo imaginaba un niño perteneciente a la comunidad indígena inga a los seres que en sus andanzas, fuera de día o de noche, él creía poder encontrar en cada recodo de camino?», se pregunta el crítico de arte Álvaro Medina en el libro Jacanamijoy, publicado en 2012 por Seguros Bolívar. Y frente a esa duda opone esta certeza: «El rasgo principal de su obra pictórica es que está basada en la memoria y no en la documentación material, en lo inasible y no en lo asible, en lo invisible y no en lo visible, en lo que pasa por su mente y no en lo que está ocurriendo frente a él».    Nada es evidente en el trabajo del artista. Ni literal, ni realista. Sus pinturas son apariciones, recuerdos guardados en forma de colores, imágenes borrosas de lo que fue junto con lo que pudo haber sido.   

El puente que comunica a Villa Garzón con la montaña donde se encuentra el salto del Indio siempre ha estado en mal estado. Tal vez por esta razón el paraíso en el que creció Jacanamijoy aún no ha sido perturbado ni contaminado por manos humanas.

El taita Florentino es hermano de Carlos y fue su compañero de juegos. Se convirtió en chamán después de muchos años de duda y escepticismo en los que osó decir que Dios no existía. Ahora, como herencia de su padre, cura a las personas con yagé y plantas medicinales.

El poder del yagé

Ya han apagado las luces. Solo una vela ilumina el lugar. El taita Florentino Jacanamijoy canta en inga y lo acompañan su armónica y un manojo de semillas que al golpearse las unas con las otras reproducen el sonido de un río en movimiento. También tiene un abanico de hojas que al ser agitado imita el ruido del aleteo de los pájaros o del viento cuando se cuela entre las copas de los árboles. Lleva puesta su armadura: corona de plumas amarillas, verdes, azules y rojas; collares de shakiras y de colmillos de tigre heredados de su padre, y manillas tejidas con símbolos ancestrales que representan la vida. El cuarto huele a incienso, a hierbas. Se alcanza a sentir la amargura del yagé.

Hace unos minutos el taita hizo sus rezos a esa planta sagrada que limpia el cuerpo y cura el alma, y la liberó de malas energías. Le cantó, la consintió con amorosas palabras en inga y la sirvió en una pequeña taza que llenó una y otra vez para convidar a sus invitados. Ahora ellos sienten cómo el yagé pasa por su cuerpo y oyen cómo Florentino los acompaña y los guía. Todos han cerrado los ojos. Unos se ven serenos. Otros fruncen el ceño y retuercen el cuerpo. Han pasado un par de horas pero el taita sigue ahí. Nunca deja de tararear, de susurrar, de silbar, de tranquilizar a aquellos que se han topado con sus propios demonios. En algún momento, con su ayuda, retoman el camino correcto y encuentran paz. «Yo he estado ahí y es muy duro, así que mi trabajo es acompañarlos para que puedan vivir la experiencia de la mejor forma posible, para que puedan pensar bonito», explica el chamán.

Desde los nueve años, aproximadamente, los hijos de la familia Jacanamijoy probaban el yagé en Santiago, su tierra natal en el Valle de Sibundoy. A veces no querían, pero no tenían la posibilidad de escoger. El taita Antonio era un hombre curioso y ávido de conocimiento que había encontrado en esa planta sagrada sabiduría, fortaleza y lucidez. Recorrió el país a pie, probó diferentes versiones de la hierba amarga, conoció chamanes con el aura tan negra como el carbón y experimentó en carne propia lo mejor y lo peor del género humano. Por eso para él era indispensable que sus seis niñas y sus seis niños conocieran esa hierba que puede ser tanto arma como escudo. «En el bajo Putumayo hay taitas malos, muy malos –cuenta Mercedes–. Había uno que después de tomar yagé se desvestía, se convertía en tigre e iba a matar terneros. Los demás chamanes le tenían tanto miedo que le mandaron una visión que hizo que se matara a sí mismo sin quererlo».

El yagé es una planta que es necesario respetar, pero que tiene efectos poderosos y liberadores. Si se piensa bonito es posible alejarse de lo malo. Y entonces uno oye el sonido de las chicharras –porque el bejuco del yagé surge de la selva– y esos sonidos se convierten en colores.

El yagé puede ser oxígeno o veneno, luz u oscuridad, inspiración o perdición. Carlos vive esa experiencia en toda su complejidad y luego la presenta, filtrada por su mirada.

Carlos y sus hermanos entraron sigilosos en el peligroso mundo del yagé y entendieron que es una planta que es necesario respetar, pero que tiene efectos poderosos y liberadores. «Hay visiones difíciles que generan cuestionamientos y miedos –explica Florentino–, pero si se piensa bonito es posible alejarse de lo malo. Y entonces uno oye el sonido de las chicharras –porque el bejuco del yagé surge de la selva– y esos sonidos se convierten en colores, muchos colores. Se ven puntos y esos puntos se van volviendo grandes, grandes, grandes». 

Para nadie se repite la experiencia. Algunos se revuelcan entre remordimientos y temores. Otros encuentran paz. Ciertas personas no ven nada, pero purgan su cuerpo y sienten que purifican su alma. Sin embargo, la mayoría coincide en que oyen el cantar de las chicharras y ven explosiones de color. «Las obras de Carlos –cree Mercedes–, tan coloridas, surgen del fuego de la tulpa (el fogón en el que cocinan los ingas), de las fiestas de la comunidad, de los plumajes de los taitas, del arco iris, pero sobre todo del yagé». A lo que Florentino agrega: «A Carlos le da duro. Él siente muchas cosas, va al fondo de sí mismo». 

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El yagé puede ser oxígeno o veneno, luz u oscuridad, inspiración o perdición, y parece que el artista vive esa experiencia en toda su complejidad, la asimila y luego la presenta, filtrada por su mirada. La planta sagrada de las comunidades indígenas del Putumayo conecta lo espiritual con lo terrenal y entremezcla el mundo de los vivos con el de los muertos, por eso Álvaro Medina considera que las manchas del artista que sugieren flores, hojas, árboles, peces, ranas, lagartos o culebras, en realidad son los espíritus de esas plantas y esos animales que surgen en la toma de yagé. «Jaca considera en sus pinturas las potencias espirituales positivas y negativas de la tradición inga», agrega Medina, pero al ver la luminosidad de su obra queda la sensación de que lo positivo prima, de que para él es clave el «suma kawsai», ese pensamiento de la cosmogonía inga que invita a «pensar bonito».

El poder de la imaginación

Carlos estuvo a punto de morir antes de nacer. Su madre pasó tres días con dolores de parto tan intensos que sus padres, Isidoro y Conchita, llamaron a un cura para que la confesara y la mandara al cielo libre de pecado. Pero una enfermera apareció justo a tiempo. Le dijo que dejara de arrodillarse junto al fuego –como era la costumbre entre los ingas–, que se recostara, que aún no era hora de pujar. Estaba débil, frágil, muy cerca de exhalar su último suspiro, pero sobrevivió y con ella su hijo, un niño obediente, curioso y habilidoso con las manos.

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Con dos o tres años, Carlos cogía el carbón que dejaba la leña en la tulpa y dibujaba sobre pisos y paredes. Su héroe, en ese entonces, era Papá Noel, así que se convirtió en el personaje fetiche de sus pinturas. A pesar de ser un niño inga, criado entre vacas, caballos y cultivos de maíz, fue fanático de ese hombre de barba blanca, adoró a Kalimán y en sus juegos de vaqueros pedía, antes que el resto, ser John Wayne. No solo el catolicismo invadió la cultura de las comunidades indígenas del Putumayo, también lo hicieron el cine del viejo Oeste y las historietas del pato Donald y Tribilín. «Carlos me llamaba para que hiciéramos historietas con lo que ocurría aquí en Sibundoy, con la familia y en la escuela», asegura Florentino, como si desde ese entonces le interesara recuperar lo propio, exaltar sus raíces.

Mercedes Tisoy, la madre de Carlos, tiene 78 años. Dio a luz a 17 hijos pero cinco murieron. Era la más fuerte del hogar y quien defendía a los niños del recio carácter de su esposo. También les enseñaba a pensar bonito y les daba ánimos para que fueran todo lo que quisieran ser.  

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Pero fue, ante todo, un niño del campo. El taita Antonio se dedicaba a hacer curaciones con plantas medicinales y sagradas donde se lo pidieran –un trabajo que disfrutaba, que era más rentable que vivir de la tierra y que le permitió comprar terrenos en Santiago, Sibundoy y Villa Garzón–. Por esta razón, los padres del artista viajaban con mucha frecuencia y él debía quedarse al cuidado de sus abuelos. «Me da gusto ir a la escuela a recibir las notas de Carlos –solía decir la abuela Conchita–. Siempre me cuentan cosas buenas». Su profesor de Matemáticas, Alfonso Ruiz, quien elogiaba su agilidad con los números, decía que le ponía arte hasta a las sumas y a las restas, que siempre se veían bonitas y ordenadas.

Por inquieto quiso entrar a la Escuela urbana de varones San José antes que la mayoría. Tenía siete años y los primeros estudiantes llegaban de diez o doce. Era juicioso en el estudio, pero tenía que sacar tiempo para trabajar. Él y sus hermanos debían arrear ganado, ordeñar las vacas y labrar la tierra. El trabajo fortalece, dignifica, salva, decían sus mayores. «En el gobierno de Pastrana, durante los diálogos de paz, la guerrilla nos encerró –recuerda Mercedes–. No podíamos salir del Valle de Sibundoy, así que después de unos meses no había alimentos en los supermercados. El pueblo, entonces, empezó a acercarse a los indígenas para ofrecerles dinero por los alimentos que tenían en las cosechas».

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Pero eran niños y cualquier excusa era buena para distraerse. Por eso, cuando trabajaban en la chagra de los abuelos –el lugar donde los ingas cultivan la tierra–, la recolección de frutas se convertía en la oportunidad ideal para construir muñecos. «Cogíamos el chilakuan (papayuela, en castellano), le poníamos cuatro patas de palo y armábamos puerquitos –recuerda Florentino–. Como veíamos que los adultos destripaban a los marranos para las fiestas, nosotros hacíamos lo mismo, primero les dábamos agua y luego los habríamos por la mitad y les quitábamos las vísceras». El maíz, el fríjol, el ñame, la naranja, la ciruela, el limón, la granadilla, la kuna y la wachimba eran regalos de la tierra siempre disponibles para convertirse en animales o en monstruos, que muchos años más tarde aparecerían en las obras de Carlos como cuadrúpedos provenientes de otro planeta.

La necesidad de crear era inevitable, y la imaginación, fiel compañera. También preparaban ponqués de estiércol, para que luego su hermana María los regañara por untar todo de mierda. Armaban espantapájaros para ahuyentar a los loros de la cosecha. Construían imitaciones del circo que llegaba a Sibundoy con acróbatas, domadores de leones y elefantes. Y se ingeniaban cucharas hechas con hojas de eucalipto para coger la espuma de la leche recién ordeñada. Carlos siempre propiciaba y motivaba los impulsos creativos de ese grupo de niños que evadía el aburrimiento inventando juegos o emprendiendo largas expediciones al cerro ubicado cerca a su casa, de donde llegaban con la boca dulce y morada después de horas de pasear por el monte chupando caña y comiendo motilón. Allá arriba improvisaban columpios que ponían a colgar de los árboles y que se convertirían en apariciones recurrentes en las obras del artista.

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Carlos Jacanamijoy recuerda. Recuerda el frío Santiago en el Valle del Sibundoy y las cálidas selvas del bajo Putumayo. Recuerda los duendes y los tigres y los gusanos que salían de su piel. Recuerda a los oscuros taitas que se alimentaban del mal y de los buenos que le presentaron nuevas formas de ver el mundo. Recuerda los tubérculos que daba su tierra y que no encuentra en la ciudad. Recuerda los frutos de los árboles que servían de juguetes. Recuerda la vida, allá donde creció y donde nació la luz que iluminaría sus pinturas. De ahí, de la memoria de un niño curioso con ojos dados a la sorpresa, surgió una obra poderosa, colorida y simbólicamente rica, que se contaminó de manera inevitable de la magia de esa región de Colombia en la que se vive pensando bonito.
 

«Las obras de Carlos, tan coloridas, surgen del fuego de la tulpa (el fogón en el que cocinan los ingas), de las fiestas de la comunidad, de los plumajes de los taitas, del arco iris, pero sobre todo del yagé, dice su madre», Mercedes Tisoy.

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