El testimonio del zancudo

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El periódico Publimetro tituló hace unos meses: “Colombia en riesgo de epidemia por enfermedades traídas por venezolanos”. “Gracias a las precarias condiciones de salubridad que se tienen en el país vecino, el brote de enfermedades transmitidas por zancudos se ha disparado en Barranquilla”, anunció RCN Radio. Se dijo también que enfermedades como el dengue y la chikungunya “tienen sus brotes en las zonas que tienen frontera con el país vecino”. Fuentes de la Alcaldía alertaron sobre la “chikungunya importada”. Pero fue mucho más precisa la Emisora Atlántico, que invitó a las autoridades de salud del departamento a mantener su preocupación, debido a que estos virus, endémicos en la región, “son de fácil propagación, y con el gran número de venezolanos entrando a la ciudad, se puede salir el tema de control”.

Durante el último año, la Secretaría de Salud incrementó las acciones contra el dengue en Barranquilla. Alma Solano, quien dirige la entidad, reveló que se han registrado 1.051 casos de dengue en la ciudad y que las instituciones de salud han tratado de atenderlos a tiempo. Como es costumbre desde casi siempre, la Secretaría recomendó eliminar “inservibles y cualquier estanque de agua que sirva como criadero del mosquito transmisor de la enfermedad”.

Lo cierto es que estas enfermedades no “llegan”, sino que reaparecen en Barranquilla después de un corto período en el que el número de casos fue menor. El Aedes aegypti (zancudo que transmite dengue, chikungunya y zika) necesita que coincida una serie de condiciones no solo naturales o físicas, sino además sociales, culturales y políticas. Cristalizan estas epidemias en condiciones de urbanización rápida, desigual, en que algunos habitan un día a día sin servicios dignos de vivienda. Es decir, sin acceso regular a agua, saneamiento o recolección de basuras.

En el departamento del Atlántico han sido censadas 42.771 personas provenientes de Venezuela durante los últimos años. Muchos no se encuentran en el registro, pues, pese a que el trámite es gratuito, hay avispados que lo están cobrando para sacar provecho. “Nos quedamos aquí hasta que mejore la situación en Venezuela. Al menos en este sector los vecinos nos han colaborado, nos regalan víveres, estos muebles y cambuches que tenemos nos los trajeron algunos ciudadanos, las ollas también y unos colchones”, contó un hombre joven, recién llegado del estado de Zulia, que paga $5.000 para pasar la noche en una pieza del límite sur de la ciudad. Una de las mujeres, estudiante universitaria que llegó de la misma región, habló sobre el rebusque: “Estamos vendiendo tinto para poder tener dinero para nuestros gastos acá en Colombia y poder mandar un poquito a nuestras casas, para que solucionen un almuerzo o una cena”.

Así, al mirar de cerca, el zancudo lleva más de dos décadas merodeando por los mismos barrios de Barranquilla; no necesita ser importado. Brotes de las mismas circunstancias se vivieron a lo largo de la década del 2000, bajo las presidencias de Pastrana y Uribe, cuando miles de desplazados internos, forzados a dejar sus casas entre tomas guerrilleras y masacres paramilitares, poblaron el sur de Barranquilla, así como su área metropolitana (y muchos partieron hacia Venezuela). Entonces, como hoy, hubo reticencias para recibirlos. En 1997, el gobernador del Atlántico, Rodolfo Espinosa, y el alcalde de Barranquilla, Édgar George González, propusieron la construcción de un “municipio aparte”. En lugar de acogerlos en la ciudad, ambos mandatarios soñaron con conformar una suerte de campo de refugiados para “desplazados del Caribe” en algunos baldíos del sur del Atlántico. Esto, afirmaron, con el fin de que no se “deteriorara” la Barranquilla en que bullían los negocios de bienes raíces (en barrios del norte). El plan nunca se llevó a cabo, pero sí fueron mucho menores las inversiones en infraestructura hechas en los barrios nuevos del suroccidente y en aquellos de la zona metropolitana que recibieron gente. Hoy como ayer el zancudo es testimonio de este sueño.

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