Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El ascenso económico y geoestratégico de China, uno de los fenómenos más extraordinarios del siglo XXI, exhibe múltiples contradicciones que retan algunos de los estereotipos más comunes (totalitaria, comunista, atrasada, cínica, salvaje) que existen sobre ese país.
Desde su apertura al mundo —iniciada por Deng Xiapong en los años ochenta— ha experimentado un complejo proceso de transformación, en el cual tradiciones culturales milenarias se han mezclado con el marxismo-leninismo y el maoísmo, así como con tendencias propias de la globalización. El resultado es un capitalismo “tardío” con caracteres chinos que difícilmente puede entenderse con ojos de Occidente.
Es bien sabido que la implementación del modelo capitalista ha generado muchos costos, entre ellos las pésimas condiciones laborales y salariales que enfrentan los trabajadores chinos, extremos crecientes de riqueza y pobreza, la contaminación de los centros urbanos y un materialismo exacerbado entre las nuevas generaciones. La desigualdad es palpable dentro de las ciudades, en donde en una misma cuadra es común ver tres o cuatro centros comerciales que exhiben las mejores marcas internacionales al lado de barrios empobrecidos con edificaciones decrépitas. La polución lo es por el ardor en los ojos y la dificultad para respirar. El gobierno chino no refuta el estimativo del Banco Mundial de que 750.000 personas mueren al año sólo por la contaminación del aire, ni el crecimiento en los casos de defectos congénitos y cáncer. Empero, en su mayoría la población china ha experimentado una mejoría considerable en su nivel de vida en comparación con décadas anteriores, la cual se manifiesta en una actitud positiva sobre el presente y optimismo respecto al futuro, percepciones que se observan con relativa facilidad entre la gente.
Por otra parte, la pretensión de preservar un sistema político “diferente” y simultáneamente ser miembro de la comunidad internacional ha significado mantener distintas prácticas represivas, tales como la detención arbitraria de quienes violan las reglas de juego del régimen, la censura y la violación de los Derechos Humanos. Sin embargo, en este punto también es difícil generalizar. Lentamente el gobierno ha expandido los espacios permitidos de debate público, tal y como sugiere la decisión de renovar la licencia de Google para operar en China. Si bien ésta altera poco las sofisticadas prácticas de censura empleadas para bloquear o filtrar cierta información, en general la internet parece relativamente abierta.
El accountability del Estado chino, sobre todo en el ámbito local, también parece aumentar ante las demandas de la población en problemas como salud, educación y vivienda. A pesar de ello, en aquellos temas que son percibidos como “sensibles”, como ocurre con el caso de Tíbet, el veto es brutal y absoluto, tal y como se evidencia en la represión política y religiosa, la fuerte presencia militar del Estado y la prohibición de que los extranjeros viajen autónomamente a la región.
La China globalizada de hoy plantea interrogantes cuyo análisis es fundamental para quienes aspiran a relacionarse exitosamente con la potencia ascendente. Dejar de verla en clave occidental e intentar comprenderla en sus propios términos —la visión que tiene el Estado y la sociedad chinos sobre sí mismo es muy distinta a la que tiene el resto del mundo— puede ser una estrategia útil.