Adjudicación de TransMilenio: Lo bueno, lo malo y lo feo de los resultados del proceso

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Juan Pablo Orjuela*

El pasado 2 de noviembre se realizó la adjudicación de los nuevos contratos de TransMilenio Fase I, un proceso que estaba en mora desde hace años y que deja un sabor agridulce en la ciudadanía. Por un lado, está el alivio que trae la renovación de los buses que ya no aguantan un kilómetro más, y la mejora indiscutible que traerán las nuevas tecnologías de gas natural y buses diésel con sistemas de control de emisiones muy superiores a los actuales; por el otro, el resultado del proceso dejó la sensación de que se perdió una oportunidad para que Bogotá se ponga al día en materia tecnológica con su sistema de transporte y puso en evidencia el poco interés que existe en la administración distrital por tomar acciones significativas para mejorar la calidad del aire.

Casualmente, esa misma semana, en Ginebra (Suiza) se realizó la primera conferencia global de contaminación del aire y salud de la Organización Mundial de la Salud (OMS) donde representantes de gobiernos, ciudades y la sociedad civil se trazaron la meta de reducir en dos tercios las muertes prematuras en el mundo causadas por una mala calidad del aire para el año 2030. Mientras la calidad del aire gana tracción en el mundo entero como uno de los problemas de salud pública más importantes de este momento, con más de 7 millones de personas al año muriendo prematuramente por causas asociadas a la mala calidad del aire, y con el 90% de la población mundial viviendo en zonas donde se exceden los límites máximos recomendados por la OMS, la Secretaría Distrital de Ambiente de Bogotá sigue perdida en algún lugar entre los cerros orientales y la Reserva van der Hammen. ¿Qué nos deja entonces el proceso de adjudicación de los nuevos operadores de TransMilenio?

Lo bueno: El proceso de renovación de los buses de la Fase I de TransMilenio no daba espera. La vida útil de los buses se había ya sobrepasado incluso desde la administración anterior que debió ser la que adelantaba este proceso y no lo hizo. Bogotá estaba andado literalmente “en los rines” y es un alivio saber que estos buses viejos, con tecnologías obsoletas e inseguros dejarán de rodar en los próximos meses. Defensores de la administración distrital han argumentado con mucha razón que los factores de emisión de los nuevos buses representan una mejora sustancial al estado actual, y esto es innegable. Incluso los buses diésel que operarán tendrán sistemas de control de emisiones que garantizan una reducción del 75% en las emisiones de material particulado, el contaminante más relevante en las condiciones bogotanas. Adicionalmente, el 40% de la flota adjudicada es de gas natural, combustible que por fin se convierte en un jugador importante en el transporte de la ciudad. Hace más de un año, en las discusiones de la Mesa Ciudadana por la Calidad del Aire de Bogotá incluso la idea de filtros de partículas y buses de gas natural parecía ilusa y es digno de celebración ver que la presión de la ciudadanía desde distintos sectores logró que se avanzara en esta dirección.

Lo malo: Se quedaron por fuera los proponentes de buses eléctricos. Mientras las ciudades del mundo se comprometen a eliminar el diésel de su matriz energética para el transporte y avanzan en tecnologías eléctricas, Bogotá se quedó por ahora amarrada a los combustibles fósiles. Claro que el gas natural es mucho más limpio que el diésel pero que no se nos olvide que ciudades como Lima y Medellín tienen gas natural en su flota de BRT desde hace años, y que el diésel con filtro que se usará en Bogotá es una tecnología que lleva décadas en los mercados europeos. Es decir, claro que es un paso en la dirección correcta pero que no alcanza a pagar la deuda que tiene la ciudad con sus ciudadanos que necesitan políticas serias para mejorar la calidad del aire que excede con creces las recomendaciones de la OMS. Más aún en un sistema de transporte que no solo es insignia de la ciudad y del actual alcalde, sino en el que se han documentado rigurosamente niveles escandalosos de exposición a contaminantes del aire.

Lo feo: La falta de iniciativa de la administración distrital para tomar acciones claras para mejorar la calidad del aire es ofensiva. Esta administración decidió desaparecer el Plan Decenal de Descontaminación del Aire de Bogotá en un abrir y cerrar de ojos y lo reemplazó con una política improvisada acompañada de verdades a medias y argumentos amañados. Por otra parte, los pliegos originales tenían unos incentivos irrisorios para las nuevas tecnologías y parecían un contentillo para los ambientalistas más que el resultado de una planeación responsable de lo que se podía hacer. Un claro ejemplo de esta falta de planeación se encuentra en los patios de TransMilenio a los que se les adjudicó una flota diésel (Tunal y Usme) y a los que se les adjudicó gas natural (Norte, Suba y Calle 80). Es verdad que los buses de distintos operadores comparten corredores, pero al mismo tiempo el hecho de que las zonas más contaminadas del país (más que cualquier zona en Medellín, por ejemplo) hayan quedado con los patios de operadores diésel, refleja esa falta de articulación entre los intereses de la secretaría de movilidad, y los que debería defender una secretaría de ambiente que en todo este proceso ha brillado por su ausencia. Con esta decisión seguimos enfatizando las profundas diferencias sociales e injusticias ambientales que hemos construido durante años en Bogotá. Todo esto por no mencionar las implicaciones que puede tener que el portal de Américas se haya declarado desierto.

Las ciudades exitosas del presente y futuro son las que han tomado acciones valerosas por ofrecer un ambiente saludable a sus ciudadanos. Con la adjudicación de los nuevos contratos de TransMilenio, Bogotá da un paso adelante, sí, pero sin darse cuenta de que en el tiempo que le tomó darlo, el mundo entero dio tres. Esperemos que en la siguiente administración los temas ambientales jueguen un papel importante en la planeación y en la visión de la ciudad y no estén relegados al papel policivo que le ha asignado la actual.

*Candidato a PhD del Imperial College de Londres y miembro de la mesa ciudadana por la calidad del aire de Bogotá

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