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En la casa de Marcela Moreno, a las afueras de Villa de Leyva, cada objeto tiene un orden predeterminado. Cada espacio ha sido estudiado de manera rigurosa, creó un hogar preparado para el recogimiento, acompañada de sus perras Flor, pastora australiana; Lucy, a la que salvó de ser ahogada, e India su gata. Son su familia, ese entorno sobre el cual gira su labor de alfarera.
En Villa de Leyva, en la Calle del Marqués, media cuadra arriba de la iglesia del Carmen se encuentra su lugar de trabajo compuesto por dos espacios: la trastienda es su taller, donde trabaja más de diez horas diarias en piezas artísticas y utilitarias. En el frente está la tienda donde disfruta ofreciendo al público su trabajo hecho a mano: vajillas, espejos, broches, pequeñas cucharas, pájaros milimétricos de colores que se posan en ramas que encuentra y recolecta en sus caminatas diarias. Algunas de sus piezas son hechas en porcelana que también es una arcilla.
Todo en ella es suave, poético, la gama de colores que utiliza incluye los tonos azules, verdes y el color hueso. Confirma la sentencia “menos es más”. Su voz tiene perfecta coherencia con lo que hace, jamás levanta el tono. Tiene una familia que la acompaña desde la distancia, pero ejerce la soledad del silencio para pensar y trabajar.
De empresaria de la cerámica a alfarera
Marcela Moreno inició psicología en la Universidad de los Andes, en Bogotá, desconociendo el llamado de la sensibilidad artística que rodeó sus primeros años de vida. Su padre el arquitecto Álvaro Moreno Dueñas, hombre afectuoso que le dio una educación con los sentidos, según sus palabras. Su mamá Nhora Restrepo, ama de casa a quien califica como “hacedora”. Coser, tejer, cocinar, trabajar con metales y con madera fueron labores constantes en ella.
Como cualquier niña desde pequeña aprendió a moldear con plastilina, le encantaba. Se casó, a la mitad de la carrera nació su hijo Martín. Durante el embarazo tomó clases con su primera profesora de cerámica Ana María Nieto, quien le enseñó a moldear figuras muy pequeñas. Para ver crecer a su hijo logró complementar la labor de ceramista con la de madre. De allí nació una empresa de figuras de cerámica que llegó a tener quince empleadas. Dedicó varios años a sacar adelante esta quimera, participó en ferias internacionales con apoyo de Proexport, pero por cuenta de la apertura económica tuvo que clausurar, no sin antes dejar ubicadas a sus colaboradoras en otros trabajos.
Forzada por esta coyuntura quiso dar un paso adelante, mirar para adentro y encontrar su arte. Entonces viajó a Londres para estudiar cerámica artística en London Metropolitan University y luego en Westminster University. Para poder mantenerse alternó su trabajo universitario dando clases de español y planchando en la casa de la familia donde vivía.
El tiempo, la dedicación, los materiales con los que contó en la universidad, la investigación, el apoyo de sus maestros para dar rienda suelta a la creatividad, así como la experimentación con diferentes materiales, le permitieron tener libertad de creación y encontrarse como ceramista. Aprovechó al máximo los talleres de la universidad más allá de las horas de clase. Trabajo que le permitió destacarse.
El segundo año la escuela hizo énfasis en proyectos específicos: cerámica en la arquitectura, cerámica y dibujo, cerámica y antepasados. Tuvo grandes experiencias como la inmersión en el Museo Británico durante días para observar piezas de cerámica, buscar la conexión personal e identificarse con alguna pieza y a partir de eso desarrollar su proyecto.
En el último año, su trabajó final se denominó: “Atracción de opuestos”. Este proyecto fue conformado a partir de elementos donde reflexiona sobre su vida confortable en Colombia reflejada en piezas de porcelana y la vida de estudiante en Londres que plasmó en unas de arcilla negra.
Retorno a los orígenes
Después de siete años regresó a Colombia y realizó una exhibición individual en la Galería La Localidad con un resultado exitoso. Participó en subastas con piezas de cerámica y en algunas exhibiciones colectivas. Decidió trasladarse a Villa de Leyva y la distancia hace que sus proyectos en Bogotá sean menores. No fue fácil reinstalarse.
Fue invitada a formar parte del Salón de Arte Utilitario de cerámica, Arte&Barro, en el que 60 artistas desarrollaron piezas para la vida cotidiana. Tuvo muchas dudas, pensaba que volver a crear piezas utilitarias era retroceder, sin embargo visitó la fábrica donde se hizo el proyecto y quedó cautivada por lo que encontró en ese lugar, donde los artesanos fueron muy generosos con su tiempo y sus conocimientos.
Durante seis meses visitó la fábrica y encontró el momento para moldear las diversas experiencias artísticas y educativas. Se dedicó a explorar esmaltes con el fin de desarrollar una pieza de alto contenido estético soportada en la investigación. El resultado final fue una vajilla a la que denominó “Desayuno para un buen amante” y siente que esa iniciativa le cambió la vida: “aprendí el verdadero significado de la frase “deja la vida ser”, dejé la vida ser y me bajé de la presión que genera vivir en el mundo del artista, empecé a hacer piezas utilitarias, me pareció maravilloso, casi mágico poder tomar té en lo que yo hacía y entendí que hacer este tipo de piezas no iba en contra de lo que estudié y tampoco de lo que quería hacer.
Tuve una profunda lección de esta convocatoria, ya no me importa si eso es arte o no, eso se lo dejo a otros. Lo que sentí es que el nivel de mi trabajo no se afectó por hacer piezas de uso cotidiano. No me restringí porque fuera utilitario, igual detrás de este proyecto hubo mucha investigación. El trabajo se volvió más tranquilo. Ya no quería un taller con quince personas, podía trabajar sola y dedicarme al oficio”, cuenta la artista.
“Tomé la decisión de montar una tienda en Villa de Leyva, no tengo que hacer volúmenes, ejerzo la libertad y dedico muchas horas del día al oficio, hago lo que quiero y me siento autónoma. Dejo que las personas que entren se muevan a su ritmo. He empezado a entender que me encanta esa relación con el público”. Marcela puso fotografías con sus trabajos de la universidad en la pared de la tienda y quien tiene interés mira y pregunta. Descubrió que entre semana hay otro tipo de público, algunos extranjeros que tienen el tiempo y la sensibilidad para aprovechar, profundizar y preguntar. “Es el momento de mi vida en que me siento más feliz con mi trabajo, soy absolutamente consecuente”, concluye.
Su proyecto inmediato es tener el taller y la tienda en el mismo lugar y así poder crear y tener tiempo para sus visitantes que cada día aumentan, en la misma proporción que crece su pasión por crear en libertad y orden.