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¿El poder para qué?

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LOS ASTROS DEL PRESIDENTE SANtos parecen alineados.

Cuenta con amplias mayorías en el Congreso; la opinión pública lo respalda; algunos sectores tradicionalmente críticos le han dado un compás de espera y, a diferencia de sus antecesores, no comienza su administración en medio de una crisis que le impida desarrollar sus tareas (como el espectro del Proceso 8.000 en el gobierno de Samper; la recesión económica en el de Pastrana; el caos de seguridad que recibió Uribe). El nuevo presidente puede pensar en atacar los temas como la impunidad, la pobreza, el desempleo, el crecimiento económico.

Hay mucho por hacer. Hay situaciones críticas en materia fiscal, de salud, empleo, pobreza, equidad, pensiones, industria, agricultura, justicia, para citar sólo algunas. Al lado de los avances de Uribe en materia de seguridad, por su exclusivo interés en la reelección, dejó de impulsar reformas cruciales después de su primer año de gobierno. Así se acumularon peligrosas tensiones en muchas áreas de la vida colombiana.

Las preguntas son entonces: ¿el presidente Santos está decidido a utilizar sus  mayorías en el Congreso para hacer una transformación de fondo de la economía y la sociedad? ¿Será un reformador, un presidente que está decidido a dejar una marca perdurable en la vida colombiana? ¿Qué va a hacer con el poder?

Ya hay indicios de que la ambición de la administración entrante es grande. Ellos no se encuentran en la retórica de la campaña electoral, donde, a veces, por razones de estrategia, no se anuncian con claridad cambios que puedan afectar las posibilidades electorales de los candidatos. Aparecen en las declaraciones que vienen haciendo el presidente electo y los nuevos ministros. Juan Camilo Restrepo habla de una reforma agraria; Juan Carlos Echeverry anuncia una reforma constitucional a las regalías y apoya la regla fiscal que ponga en cintura los gastos del gobierno; Mauricio Santamaría promete un revolcón al sistema de salud; algunos miembros del equipo presidencial aseguran que los primeros cien días de Santos serán históricos.

Existe, sin embargo, un área en la que no se hallan motivos de optimismo. Se trata de la laboral. Hay señales de que las iniciativas en esta materia pasarán por la revisión de Angelino Garzón, un personaje que no favorece las reformas que necesitan los desempleados e informales, grupos que no están entre los preferidos del sindicalismo tradicional, preocupado sólo por mejorar las condiciones de los pocos que ya tienen empleos formales, sobre todo los que trabajan para el Estado. En esta área, infortunadamente, por ahora sólo se pueden esperar cambios marginales, que no tendrán todo el impacto que pudiera producir una amplia reforma de las regulaciones, impuestos y normas que han deformado el mercado laboral colombiano. Es posible que haya que esperar al segundo gobierno de Santos, con otro vicepresidente, para que haya avances sustanciales en estas materias.

Será en su discurso de posesión donde el presidente Santos resolverá muchos de los interrogantes que se han venido planteando sobre lo que, en realidad, quiere hacer con el poder. El nombramiento de ministros con personalidad y recorrido, sus anuncios y su distanciamiento de algunas de las políticas de Uribe pueden ser un anticipo de sus verdaderas ambiciones en materia de transformaciones económicas y sociales.

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