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En respuesta al editorial del 3 de febrero de 2023, titulado “Una vez más, Bogotá paralizada y sin metro”.
Optar por una primera línea de metro subterránea con capacidad de movilizar la demanda proyectada de transporte para las próximas décadas no es un capricho, es una apuesta de ciudad.
Nos han metido en un falso dilema: si realizar la primera línea de metro elevada o subterránea. Cuando, en realidad, lo que está en juego es si construimos un alimentador elevado de Transmilenio, que perpetúa este perjudicial modelo de transporte, o si transitamos definitivamente a un modelo multimodal, basado en una red de metros subterráneos que articulen toda la ciudad de forma eficiente y sostenible.
Construir el metro elevado es intensificar el modelo de Transmilenio, sencillamente porque este metro se proyecta como un transporte auxiliar, con una bajísima capacidad para transportar pasajeros y sobre una red de troncales de Transmilenio que concentra la capacidad de movilización de pasajeros de la ciudad.
Seguiríamos con un modelo que ha llegado a su límite, un servicio fallido: las tarifas crecen de forma desbordada, es un sistema cada vez más peligroso e inseguro para sus usuarios y, lo más inaudito, durante los próximos 10 años la ciudad tendría que entregar casi $48 billones para cubrir el déficit financiero de Transmilenio, mientras se alimentan las enormes ganancias de unas pocas familias dueñas de la operación.
Probablemente estamos ante la última oportunidad de realizar el metro que merece Bogotá. Las decisiones que tomemos serán irreversibles para mal —perpetuar Transmilenio— o para bien —construir un sistema multimodal robusto e inspirador—.
No es cierto que el metro elevado esté andando. El consorcio chino aún no entrega estudios de ingeniería de detalle y, por tanto, no ha comenzado su construcción. Seguramente el patio taller que ya está en obra se puede adecuar con la propuesta de subterranización que ha realizado el presidente Gustavo Petro.
Difícilmente alguien puede negar con objetividad que una red de metros subterráneos es mejor que una red de Transmilenio. El presidente Petro lo entiende y le ha apostado a ello. Existe, además, viabilidad jurídica para hacerlo. Tanto el contrato de concesión como el Estatuto General de Contratación de la Administración Pública (artículo 16) prevén esa posibilidad. Esto es, modificar uno de los elementos no esenciales del contrato, en este caso, la modalidad de estructuración del metro subterráneo.
Estamos ante un escenario lleno de posibilidades: esta modificación se debe intentar de mutuo acuerdo. Si no se logra, la administración tiene la facultad jurídica de modificarlo unilateralmente para evitar la paralización o la afectación grave del servicio público. Esta modificación unilateral no debe ser arbitraria, sino que debe responder a los fines estatales que sirven a la contratación estatal, que en este caso sería asegurar la prestación eficiente del servicio público de transporte a través de un metro subterráneo.
Defendamos el metro subterráneo como la mejor alternativa para Bogotá. Es el momento de cambiar el paradigma del transporte en la ciudad. Estamos a tiempo de parar el exabrupto de metro elevado y apostarle a un sistema realmente digno.
* Concejal de Bogotá.