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Mientras se celebra el bicentenario

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AÚN RETUMBA EN LOS OÍDOS EL eco de los juegos pirotécnicos que clausuraron la pomposa celebración del bicentenario de la Independencia.

La belleza y el esplendor de la fiesta, el empeño y la buena voluntad de quienes la hicieron posible deben destacarse y aplaudirse. No obstante, no debe olvidarse el significado de lo que se celebra. Y creo que en ello no hay claridad o, por lo menos, no hay consenso. Tampoco existe una sola interpretación con respecto a lo que supuso para América en general y para Colombia en particular el arribo a estas tierras de ambiciosos e intrépidos navegantes y exploradores.

Suelen escucharse con cierta frecuencia lamentos que se profieren con un dejo de desesperanza. Bailan sobre una bisagra incierta e imaginaria que pretende cambiar el pasado. Se les oye decir: “si no hubieran sido los españoles…”, y aventuran hipótesis sin número que las más de las veces no tienen sustento histórico y que sólo se sostienen por la fecunda imaginación —en no pocas ocasiones poblada de ramplones lugares comunes— de quien así procede.

Quizá el error más típico que en esta esfera se comete es el de una falta contundente de perspectiva histórica, pues se suele juzgar la empresa española en América con el rasero de hogaño, sin comprender que era tal la dinámica histórica de los tiempos y tal la lógica de dominio militar y política que ha imperado desde los más remotos albores de la humanidad. Pero ocurre que se juzga con los ojos de hoy, esterilizados por conquistas jurídicas que imponen (o por lo menos suponen) unas maneras más políticas que militares. Batallas jurídicas que también son resultado de la conquista; piénsese, verbigracia, en el debate en torno a los indígenas que libró fray Bartolomé de las Casas; piénsese también en el derecho de gentes de Francisco de Vitoria.

Ocurre, sin embargo, que cierta crítica férrea y fanática quiere desconocer lo que históricamente supuso la empresa española en tierras americanas, vinculándonos a Occidente, legándonos la tradición del derecho romano, la filosofía griega, una lengua culta y hermosa que hablamos más de cuatrocientos millones de personas en el mundo y que nuestros prosistas, nuestros filólogos y nuestros poetas también han ayudado a fijar, a difundir y a embellecer. Nada de esto parece tener en cuenta la crítica sorda. Ello, quizá, por cierta obcecación que de alguna manera ha impedido que desde hace doscientos años haya tenido la élite política un proyecto claro de Nación que se fuera forjando con el transcurrir del tiempo. Más bien vamos dando tumbos por la historia y de esa manera azarosa y errática se ha ido conformando nuestra idiosincrasia sin habernos planteado cómo podemos aprovechar el bicentenario para hacernos una Nación más fuerte; cómo podemos jugar un papel más central en la región; cómo podemos estrechar más los vínculos con la madre patria; cómo, por fin, podemos hacer de esta una Nación que nos permita mirar con dignidad y con ambición hacia el futuro y que nos permita enfrentar los tiempos difíciles (y todos lo han sido para nosotros, por lo menos desde hace doscientos años). Preguntas cruciales que debieran intentar responderse para poder celebrar o al menos que debieran intentar responderse mientras celebramos.

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