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No legislen tanto

Lorenzo Madrigal
25 de julio de 2021 – 10:00 p. m.

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Legislar, hacer las leyes, es importante, claro que sí, sobre todo, es fundacional. Cuando el hombre se organiza en sociedad requiere normas claras para actuar, moverse y relacionarse con sus semejantes. Y ojalá pudieran hacerse por una sola vez, pero las circunstancias cambian, los tiempos mutan, las condiciones se alteran.

Hacer leyes por el prurito de hacerlas, como labor continua, equivale a escribir y empastar códigos de muy escasa vigencia o necesitados de permanentes adiciones. Y a ello se presta todo un órgano del Estado, el legislativo, producto del resultado electoral entre las distintas maneras de pensar de los asociados. Una nación se estará haciendo siempre y los Congresos son a cada paso fundadores y refundadores de los países. Y, claro, se está lejos de quienes quisieran una Arcadia quieta, rutinaria y feliz.

Los hipogrifos
Foto: Osuna

Hay Estados que funcionan basados en leyes generales, fundamentales, a las cuales ejecutores inteligentes adecúan el diario vivir en armonía con jueces, de igual estirpe intelectual y moral, que estiman la proporción de las cosas y miden los hechos para juzgarlos de acuerdo con aquellos principios. O acaso con posteriores enmiendas de mucho respeto y tradición. Existen ejemplos que no hay para qué mencionar, como también países menos serios que hacen y rehacen Constituciones mediante revueltas frecuentes, que son proyecciones en colectivo de insolencias infantiles.

Multitudes desafiantes y vandálicas que más parecen niños altaneros, de aquellos que amenazan con destruir lo más preciado de la casa si no se atienden sus exigencias. Enfurecidas, sacian sus ímpetus contra el propio país en que se asientan, amenazantes de incendios y de toda clase de perturbaciones estridentes, con propósitos contradictorios o con ninguno. Pero es la voz del pueblo, en lengua sacramental: la vox populi, la inapelable o la misma voz de dios, del teocratismo más remoto.

Se tiene por costumbre llamar a casi toda legislatura que termina Congreso admirable. Vaya. Admirable, por cuenta del número de leyes que se expiden. Es trabajo de parlamentarios hacerlas y mientras más de ellas fabriquen, más habrán laborado. Pienso que debería ser lo contrario, mientras más leyes deroguen mejor será su desempeño, en orden a simplificar y hacer cumplir la ley.

La saturación de normas es el origen de las demoras judiciales, de la tramitología, de la mala fe de los corruptos de la letra menuda. Borrar, borrar, destinar el Congreso al control político de los gobiernos, al parlamentarismo, que viene de parlar, lo que de algo sirve como escenario del debate público. No más articulados, incisos inútiles y leyes duplicadas. Tampoco es propio desvirtuar códigos enjundiosos, definidos por conocedores de la ciencia jurídica, los que llegan a ser reformados por congresistas novatos en trance de figuración.

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