El IVA a la pobreza

Lorenzo Madrigal
04 de noviembre de 2018 – 02:17 p. m.

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No han corrido los primeros 100 días de este gobierno cuando lo vemos venirse lanza en ristre contra la clase media y en general contra la población menos favorecida, que es toda. Somos un país pobre y si Venezuela, que era rico, se vino al piso, qué nos puede pasar a nosotros si dejamos que se desboque un populismo de revancha, ante la evidente injusticia social, en lugar de hacer un gran intento por corregirla.

Si esta administración se desacredita, la falacia comunista tendrá el mejor punto de apoyo. Estos cuatro años de Duque dan una pausa antes de caer en la venezolanización, que es la alternativa amenazante. A mí me preguntaron cómo veía al nuevo gobierno y dije, sin pensarlo mucho, que me parecía flojo, pero que estaba contento; me insistieron: ¿qué le ve de bueno? y dije: que el presidente no es Petro.

Nadie, ni el mismo excandidato y exguerrillero, pudo negar su proximidad con Chávez, el acercamiento de sus amigos a la guerrilla actuante. Y representaba, cómo no, la aventura socialista y decirlo no fue sólo un recurso electoral de sus adversarios. Toda una corriente agrupaba fuerzas en esa dirección y sentido, desde la paz de Santos, obsecuente con la extrema izquierda y el cuerpo extraño de una justicia que construyó —o le construyeron— con asesoría muy ilustre de la siniestra internacional. Algunos populistas políticos adhirieron a esa alternativa, así como intelectuales a quienes no les luce ni un instante parecer de derecha (lo que es un reto heroico que asumen escasos personajes como Vargas Llosa o Jaime Bayly); se añadían al barullo los tratadistas de la nueva historia, de la verdad negociada y hasta un sector de la iglesia, aguijoneada por el aggiornamento (puesta al día). Existe otro sector eclesiástico más tradicional, pero vergonzante, y ello sin hablar del que ha colocado en ludibrio la caída en pecado de algunos clérigos, que sus enemigos celebran.

En el país puede estallar la revuelta social que se está incubando con distintos argumentos. Y la hoy llamada ley de financiamiento —reforma tributaria, por su verdadero nombre— es un gran desafío popular. Con la comida no se juega y las alzas de la canasta básica no son de ella sola; como bola de nieve se disparan alzas generalizadas, que parten del precio de la papa y del huevo; la vida se encarece toda por el efecto de demostración y resarcir con un billete compensatorio a los más pobres no es práctico ni suficiente y no faltará la tramitología para recibirlo.

Me atengo al Duque senador y soñador, que le han sacado en doble columna las redes sociales. Entonces se pronunciaba contra la reforma tributaria de Santos, la que éste firmó en mármol que no la haría, por su efecto nefasto sobre la clase media. “Cómo nos cambia la vida”, cantaba el soldado Domínguez, secuestrado por las Farc.

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