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Con el chaleco antibalas bien ajustado, apretando el fusil con pulso firme y nunca apartando la vista de la mira en el cañón, avanzaban el domingo los integrantes del Batallón de Operaciones Especiales (Bope), de la Policía brasileña, por los andenes de la favela de Jacarezinho, en Río de Janeiro.
Los traficantes que dominan la barriada los habían recibido a tiros desde muy temprano. En el fuego cruzado cayeron dos de los atacantes, y el factor sorpresa les había permitido detener a cuatro sospechosos, incautar dos pistolas y decomisar 250 kilos de marihuana.
Pero era muy temprano para cantar victoria. Sobre todo después de los disturbios del sábado pasado, que estallaron en la favela de Morro dos Macacos, cuando un grupo de narcotraficantes, que domina la barriada vecina de Morro do São Joao, entró armado para tomar el control del negocio.
El enfrentamiento entre los capos, y luego entre la Policía, dejó 12 personas muertas, varios buses de servicio público quemados y un helicóptero derribado que estalló cuando intentaba un aterrizaje forzoso en una cancha de fútbol. Dos de sus tripulantes, todos agentes de Policía, murieron calcinados.
En rueda de prensa, José Mariano Beltrame, secretario de Seguridad Pública de Río de Janeiro, prometió que 4.500 hombres impondrían de nuevo el orden en las favelas. En el operativo de retoma, la Policía Militar hizo varias redadas en São Joao que le permitieron decomisar 24 cargadores de fusil, nueve proveedores de policía y una granada, así como arrestar a cuatro personas.
“Este es un problema de una región en una zona específica de la ciudad. Eso no es en Río de Janeiro”, dijo Beltrame a la prensa cuando se le preguntó si la violencia afectaría la imagen de la ciudad a dos semanas de ser designada sede de las Olimpiadas de 2016.