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Carlos Pérez entró a Techo, llegó demasiado temprano. Había decidido abonarse sin haber pisado nunca un estadio del fútbol colombiano. Pensó que se iba a encontrar con 200 personas, un partido discreto y poco más. Caminó por Occidental con curiosidad y los nervios de cualquier primera vez. Buscó sillas donde ubicarse. Al comienzo pensaba que todas estaban ocupadas, pero rápidamente notó que había banderas y una hoja para quienes decidieran ubicarse en dichos lugares. Al tomarlos, se dio cuenta de que eran tres canciones, sin insultos y fáciles de aprender.
Al principio, el estadio estaba medio vacío y esa imagen confirmó su sospecha: esto va a ser pequeño. Pero en cuestión de minutos empezó a entrar gente. Filas para reclamar camisetas. Abonados pidiendo su carné. La banda afinando. El ruido crecía hasta que ya no se distinguía bien la letra. Ese día Inter empezó perdiendo. Venía de un 3-0 en contra en la fecha anterior y de un semestre pasado en el que había terminado último. Lo lógico era el silencio. Lo normal en Techo durante años había sido el eco. Pero la tribuna cantó más fuerte y las alegrías llegaron. El nuevo equipo de Bogotá remontó y comenzó una senda que hoy, a la mitad del torneo, lo tiene en el primer puesto de la liga.
Siete años antes, en ese mismo estadio, Jorge Prieto también había empezado su propia historia en Techo con una derrota. Entró por casualidad, junto a su padre, a ver a La Equidad contra Envigado. Perdieron 1-0 en 2019. Sin embargo, encontró algo que simplemente no se explica en palabras y que lo llevó a la militancia segura. Se abonó, tocó el bombo, fue parte de la barra cuando no eran más de 15. “Si no iba el del repique, nos jodíamos”, dice entre risas.
Uno llegó cuando casi no había nadie. El otro llegó cuando comenzó la fiesta. Entre esas dos escenas se explica la revolución que sucede en las tribunas de Techo. Jorge todavía habla de La Equidad en presente. Dice que sigue siendo hincha, aunque ahora el escudo, los colores y el nombre sean otros. El último partido lo lloró. Sintió que le quitaban el equipo que lo enamoró del fútbol. Durante dos semanas pensó que se había quedado sin club.
Carlos nunca tuvo que atravesar ese duelo. Hijo de padres costeños, criado viendo al Junior por televisión, jamás se sintió parte. Le gusta el fútbol, pero no tenía dónde poner esa pasión. Es arquitecto y el trabajo lo estaba consumiendo. Buscaba algo para desconectarse. Escuchó una entrevista del presidente de Inter, Nicolás Maya, hablando de empezar de cero, de elegir en vez de heredar.
Abrió Instagram, siguió al equipo y se prometió abonarse el siguiente semestre, sin saber que ese equipo daría un giro de 180 grados. “El club que no heredas, lo eliges”. En Bogotá, donde muchos son hinchas de Santa Fe o Millonarios por tradición familiar, la frase encontró eco. Carlos lo resume fácil: “Con solo que tenga el Bogotá después del Inter, como rolo ya te sientes parte”.
Jorge lo vive desde otro ángulo. Para él, la transición fue dolorosa, pero entiende el punto. Durante años, La Equidad dependió del manejo de la aseguradora, que no siempre estaba enfocado en lo deportivo. El proyecto era austero, funcional, pensado para formar y vender jugadores. Las tres finales perdidas no cambiaron demasiado la lógica institucional. Con la llegada del nuevo grupo inversor y el cambio de identidad, el horizonte se amplió. La diferencia se siente, sobre todo en la tribuna.
Cuando Jorge tocaba el bombo, eran muy pocos. La primera barra se llamó “La Saludable”. Familiar, tranquila, sin violencia. Esa esencia se mantiene, pero el volumen cambió. Hoy Occidental Norte canta casi completa. Hay una murga más grande, con 1.600 abonados, cifra récord frente a los 500 o 600 de antes. Carlos llegó pensando que sería un grupo reducido y encontró filas para reclamar camisetas.
El club regaló banderas y hojas con cánticos en el primer partido. La barra preparó códigos QR para enseñar las canciones. Se armaron grupos de WhatsApp con 40-70 integrantes para comenzar a crear una comunidad alrededor del equipo. No es solo marketing. Es construcción de identidad en tiempo real.

Hay detalles que marcan. El aplauso final, ese ritual progresivo que empieza lento y termina acelerado frente a Occidental, nació tras la primera victoria. Desde entonces se repite en cada partido. Los jugadores se vuelven a la tribuna, se conectan con la afición y aplauden juntos. Carlos dice que ese momento es especial y Jorge reconoce que antes no existía algo así.
Techo, que durante años fue un estadio donde los visitantes con tradición alimentaban la taquilla mientras el local apenas ocupaba algunas sillas, ahora ofrece otra imagen. Contra Cali o Millonarios hubo presencia fuerte de visitantes, sí, pero del otro lado también hubo respuesta y el ambiente fue familiar, sin excesos.
En una ciudad históricamente dividida entre azul y rojo, Inter se está moviendo en un espacio distinto. Carlos tiene amigos de Santa Fe y Millonarios que le dicen que si su propio equipo no gana, apoyan a Inter. Lo ven como el hermano menor. Jorge, que vivió el estadio casi vacío, disfruta el cambio sin perder la memoria.
Extraña el verde. Extraña el nombre anterior. 17 puntos tiene Inter producto de cinco victorias, dos empates y una derrota. El nuevo equipo capitalino ha conseguido victorias importantes en la liga, como su triunfo reciente contra Millonarios. Pero no quiere perder ese recorrido que se está gestando en la localidad de Kennedy y que, sin lugar a dudas, es la sensación. Mientras la tribuna se arma, el equipo responde.
La planificación detrás del impulso. Puertas adentro, el discurso es más frío. Salvatore Simeone, director deportivo, repite que el objetivo es la permanencia. No es el liderato o el ruido mediático. La euforia de las primeras fechas la “surfean” con cautela. “Ir partido a partido, por muy cliché que suene”, explica. La intención no es cargar al jugador con una responsabilidad que lo puede paralizar. “Mirar de abajo hacia arriba y no de arriba hacia abajo”.
El semestre anterior fue, según su diagnóstico, malo respecto a las expectativas. Sirvió para entender dónde estaban parados. El cambio de identidad funcionó como un punto de quiebre. Lo describe como quitarse una piel vieja que traía peso y energía negativa. Empezar en blanco con una sólida planificación.
Simeone habla de una planeación agresiva y anticipada en el mercado. De darle al entrenador herramientas desde el primer día de pretemporada con la intención de combinar el análisis estadístico con el perfil humano, algo que él considera igual o más importante aún. “Más allá del aspecto estadístico, el elemento humano es clave”.
Por eso valora tanto la llegada de referentes como Larry Vásquez, Wuílker Fariñez o Facundo Boné. No solo por lo que atajan, corren o distribuyen. Sino por cómo lideran. Son, en sus palabras, capitanes que hablan más en la cancha que en el micrófono. Esa mentalidad, sostiene, explica la capacidad de reacción del equipo. No ha sido casualidad empezar en desventaja y remontar en los compromisos que van de la liga. Tampoco es casual que el grupo no se desordene con la presión del promedio respirando cerca.
En lo táctico, el cambio también es evidente. Se pasó de una estructura conservadora a un juego más ofensivo, con amplitud por bandas y extremos que atacan el espacio. El entrenador Ricardo Valiño fue elegido, según Simeone, porque pone al jugador como protagonista. “Nosotros debemos ser herramientas al servicio del jugador”.

El resultado es un equipo que no solo suma puntos, sino que propone. Y esa propuesta ha captado a desprevenidos que terminaron quedándose. “La gente fue por curiosidad y se quedó por la experiencia; la combinación de la apuesta mediática y los resultados nos han favorecido”, dice.
La palabra que utiliza para definir el momento es “expectativas”. Desde el año pasado se construyó una narrativa de renovación. El cambio de marca aceleró el proceso. Bogotá, con su tamaño y su diversidad, ofrecía una oportunidad clara. No obstante, insiste en que el proyecto no puede confundirse. El liderato puede ser circunstancial y la permanencia es estructural. Sin estabilidad en la primera división no hay historia que escribir, y justamente esa es la idea que más lo entusiasma. A diferencia de la mayoría de clubes con décadas de identidad consolidada, Inter siente que está en la punta del pincel, trazando las primeras líneas.
El reto será sostener la coherencia cuando lleguen los partidos definitorios, especialmente en los cuadrangulares de clasificación. Simeone anticipa enfrentamientos complejos y pide mesura. En la tribuna, sin embargo, la mesura no existe. Ahí hay ilusión. Jorge ya no toca el bombo solo. Carlos ya no mira el fútbol desde la sala de su casa. Techo ya no suena vacío. En una ciudad donde la mayoría hereda su equipo, hay un grupo creciente que decidió elegirlo. Y mientras el proyecto deportivo habla de planificación y permanencia, en el estadio de Kennedy se está gestando algo menos medible, pero igual de decisivo: sentido de pertenencia.

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