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¿QUÉ LE PASÓ A ÍNGRID BETANcourt, que enamoró al mundo con su brillantez y su coraje reflejados en ese bello texto que desde el cautiverio le escribió a su madre; que concedió inteligentes entrevistas; que emuló con el presidente Uribe en el primer puesto de las encuestas; que se convirtió por unos días en una posible opción presidencial como representante de los sectores independientes y que hasta figuró como candidata al Premio Nobel de Paz? Sí, ¿qué le pasó a esta heroína a quien ahora desprecian miles de personas?
Sólo se me ocurren dos respuestas: una, que las secuelas de su largo cautiverio la estén perturbando de tal modo que comenzó a perder el sentido de la realidad; o dos, que esté empezándole una rara enfermedad que la esté embruteciendo.
No de otra manera puede entenderse su decisión de pedirle al Estado que le pague una indemnización de 15.000 millones de pesos a raíz de su secuestro. Y menos aún se entiende su desempeño durante la entrevista que le concedió a Darío Arizmendi, llena de respuestas torpes y contradictorias: por un lado les prodigó elogios y agradecimientos al presidente Uribe y al Ejército por haberla liberado y, por otro, se refirió a su millonaria solicitud de conciliación sustentada, entre otras razones, en que el Estado se demoró en liberarla; por un lado justificó su acción contra el gobierno en que permitió su secuestro al no haberla cuidado suficientemente, y por otra aceptó que fue a San Vicente del Caguán a pesar de que se le advirtió el peligro que corría. Por un lado argumentó que interpuso su multimillonaria reclamación en solidaridad con sus compañeros de secuestro, y por otro dijo que se trataba de una suma simbólica.
En fin, son contradicciones que denotan una infinita torpeza, muy alejada de la brillantez a la que Íngrid nos había acostumbrado: hubiera podido demandar por mil pesos, por ejemplo, si lo que perseguía era solidarizarse con sus compañeros de secuestro, quienes sí tienen razones para pedir conciliaciones, pues es muy distinto que la vigilancia oficial falle tanto como para que la guerrilla penetre de noche en el apartamento de un parlamentario y cometa un secuestro contra su mujer y sus hijos, como le pasó a Gloria Polanco; o que haga aterrizar un avión de línea en una carretera y baje a un senador para secuestrarlo, como le sucedió a Jorge Géchem, a que se lleve de rehén a una candidata presidencial, quien a pesar de las advertencias gubernamentales, se empeñó en meterse entre la boca del lobo. O podría haber demandado por una suma millonaria pero con el compromiso previo de repartir el total de la posible indemnización entre los familiares de los soldados y policías que aún siguen secuestrados. O podría haber hecho cualquier cosa distinta a exhibirse como una mujer extremadamente ambiciosa quien, por ello, enterró su carrera política para siempre.
Porque, yo que sufrí con su secuestro y la apoyé con mis escritos, digo, con pesar, que ni más ni menos, fue eso lo que hizo Íngrid…
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Felicitaciones al escritor Paco Ignacio Taibo II por la organización de la XXIII Semana de Novela Negra de Gijón, una especie de feria que mezcla literatura y alegría, que este año reunió a 40 escritores y que debe estar revelando ahora el nombre del ganador del Premio Hammet a la mejor novela policíaca de 2009, el cual espero sea mi colega Mario Mendoza quien, con su novela Buda Blues, quedó de finalista. ¡Bien merecido lo tendría!