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El Larousse define la palabra polo como “los dos extremos del eje de la Tierra”. El vocablo viene del verbo griego polein que significa girar. El planeta gira en torno de una aguja imaginaria que pasara por su centro. En sentido figurado, polo es un “término opuesto absolutamente a otro”.
De ahí viene la polarización: un mundo y un país encarnizados. Seres que piensan y sienten no en gris sino en blanco o negro. Adversarios, más bien enemigos, que no admiten entre sí más que una oposición absoluta, sin medias tintas. Las cosas vistas sin matices, sin la suavidad que suelen imprimirles la reflexión y el tiempo.
Igual que la Tierra, los dos polos obstinados terminan girando infinitamente. Se copian uno a otro, no pueden vivir separados, mueren si uno de ellos desaparece. Esta es la tragedia de la polarización, que convierte la variedad de la vida en monopolio de extremos.
La polarización no sería mala si significara la diferencia irrebatible entre las personas y los grupos. Su problema está en que se refiere a una oposición entre extremos. Extremos sin reconciliación. Entonces, más que a la polarización hay que temerle al extremismo.
El mundo actual está copado por los extremismos. Últimamente se habla del péndulo en política, como imagen de la oscilación observada entre estos extremos. De Castro, Chávez y Lula, América pasó a Trump, Uribe III y Bolsonaro.
Unos necesitaron de otros, unos dieron paso a otros. En períodos aproximados a veinte años, un ciclo sin freno abrió la puerta para el advenimiento de su contrario. El colapso económico, el autoritarismo, el irrespeto de las balanzas democráticas, el robo del erario, la violencia callejera, la repauperización de los más pobres, fueron lacra compartida eso sí democráticamente entre los dos extremos.
Cada polo ganó elecciones gracias al miedo frente al otro. La gente tiene memoria de no haber votado a favor de alguien sino en contra de alguien. Solo para seguir votando en contra de otro alguien en las siguientes elecciones. Así gira monótonamente la esfera pública.
¿Cómo salir del extremismo? Aboliendo el adverbio ´absolutamente´ cuando se habla de oponerse al otro. Ejerciendo la oposición y no la obstrucción. Asumiendo que al enemigo se le extermina, mientras que del adversario es posible aprender algo. Haciendo de la diferencia un enriquecimiento y no un aniquilamiento.
Mientras la polarización sea entre extremos sin arrimo, los países se condenan a equilibrar sus cargas ideológicas y políticas cada veinte años y luego de varias guerras. Además, a heredar a hijos y nietos rencores con que los muertos y los exprimidos siguen pinchándose en esta y en la otra vida.
En cambio, sería notable conversar hoy sobre las profundas diferencias, para salvar de la hecatombe rotatoria los ríos y las tierras comunes. Paso a paso desanudar la trabazón que viene desde la Conquista. Y transformar la política en la pasión cotidiana de ciudadanos que se tratan como responsables de empujar colectivamente la marcha de la Tierra.