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Para buscar la felicidad, más vale tener un alcalde divertido. Pocas cosas hay peores que vivir gobernados, en el ámbito inmediato, por gente sin entusiasmo, que no alcanza a comprender que parte de su oficio es propiciar elementos de alegría que hagan de la vida cotidiana de los habitantes de cada ciudad una experiencia grata.
A la hora de escoger el sucesor de Hanna Birna Kristjánsdóttir en la alcaldía de Reykjavik, la capital de Islandia, los ciudadanos resolvieron cambiar de rumbo y elegir a un comediante de cuarenta y tres años, que hizo tres promesas principales, subrayadas por una cuarta, y más importante, que es la de hacer de la vida urbana una realidad divertida y edificante.
Besti Flokkurinn, que significaría en Castellano algo así como “mejor partido”, es la agrupación política que terminó por imponerse en las elecciones y llevar a la Alcaldía a un personaje conocido por sus dotes de actor y su vida artística, alejado originalmente de las luchas por el poder, que resolvió lanzarse al escenario de la competencia por la alcaldía para protestar por la esterilidad de los políticos tradicionales.
Jón Gnarr, nombre adoptado recientemente para acortar el original Jón Gunnar Kristinsson, el nuevo alcalde, comenzó su carrera en la radio y fue un conocido roquero punk que tocaba en una banda llamada Nefrennsli, que significa algo así como “nariz líquida”. Luego de trabajar con éxito y como estrella en varias series de un conocido show, hizo una película llamada “Sueño Islándico” y remató con su obra maestra denominada “Yo fui un nerdo”, que contiene el mensaje de su autobiografía y llegó al alma de sus conciudadanos.
Con el ánimo de hacer una sátira de las ridiculeces de la clase política, y de reclamar por la irresponsabilidad con la que los políticos tradicionales acostumbran a manejar las crisis económicas, que es más o menos la misma en todas partes, y que termina con que los pobres paguen por las extravagancias y desatinos de los ricos y de los malos representantes populares y funcionarios, Jón resolvió fundar un partido que se ocupara de proponer acciones orientadas al disfrute de la vida por parte de todos. Y eso fue lo que dio en llamar, justamente, Mejor Partido.
Para comenzar por la ciudad capital, con pragmatismo, originalidad y audacia, propuso medidas concretas de desahogo frente a las propuestas estereotipadas de sus oponentes. Por eso ofreció, por ejemplo, llevar un oso polar al zoológico municipal, ofrecer toallas gratuitas en las piscinas públicas, y montar un Disneylandia en el aeropuerto de la ciudad. Adicionalmente, como medida en extremo pragmática y abiertamente retadora para todo el país, sugirió conseguir un parlamento libre de drogas antes de que termine la próxima década.
Es muy posible que Jón Gnarr no sea el mejor alcalde de la Capital islandesa. Aunque también es factible que llegue a serlo. Después de todo nadie lo formó para eso, pero ya a lo largo de su carrera ha demostrado ser bueno para otras cosas. Y siempre ha demostrado tener buen criterio. Lo cierto es que los ciudadanos pueden estar seguros de que no conoce las manías de los caciques locales de siempre, que ya saben cómo es el juego de la vida política urbana y le sacan provecho de manera profesional sin que nada cambie, salvo su prosperidad personal, a cargo del erario público.
Sin perjuicio del resultado de su gestión, lo que hay que subrayar por ahora es el sentido político de los ciudadanos que lo eligieron. Que fueron capaces de ir más allá de las consideraciones tradicionales y le dieron, no sólo un voto de confianza, sino un mandato de luchar y liderar en busca de la felicidad a un comediante, que es más o menos lo mismo que un político, pero con la ventaja de que lo reconoce y seguramente estará dispuesto a rendir cuentas por lo que haga o deje de hacer. En lugar de andar jugando a complacer a la opinión de manera indirecta a través de la manipulación de los medios. Mientras la gente no tiene tantas opciones de divertirse, ni de saber la verdad sobre las características del alma de quien gobierna.