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Recuerdo despertar a los 11 años con los ojos adoloridos, inflamados y ardiendo a tal punto que no podía abrirlos bien, mis papás como buenos médicos sin título, diagnosticaron algún virus que estaba de moda por esos días, falté al colegio y pasé el día jugando a tapar mis ojos y caminar a ciegas por la casa, pues la crema escasamente permitía ver algo.
Sin querer, ese día mi casa como la conocía cambió para mi. Pise con cuidado cada esquina, el piso frío se extendía debajo de mi y me seguía a la cocina, donde pude oler y hasta casi saborear cada ingrediente que Cecilia la empleada, agregaba en la olla para el almuerzo, salí al jardín y pude escuchar como el viento sacudía las hojas de los árboles, como las hojas caídas se hacían pedazos cuando Kalton, el perro del vecino corría hacia mí. Pude oler la humedad de la tierra bajo mis pies, y sentí con mis dedos su temperatura fría al primer contacto, era toda una experiencia nueva, era extraño pensar que estaba en el mismo jardín que pise durante años y que ahora me parecía tan nuevo y fascinante.
Cuando pude ver, olvide de inmediato las otras sensaciones que revelaron cosas que antes fueron invisible a mis ojos. Hasta hace poco, cuando puse a trabajar de manera exigente a mis otros sentidos, esta vez de forma voluntaria, en una cata a ciegas, tuve que olvidarme de ver y enfocarme en escuchar, palpar y oler a oscuras.
En el norte de Bogotá me encontré con Café Usaquén, el vino y yo.(Cl. 118 #5-09), como yo otras 10 personas nos dimos cita para una cata con maridaje totalmente a ciegas.
Después de sentarnos seguimos instrucciones de Tatiana salcedo, coach empresarial que junto nuestra somelier Adriana Cano y una de las dueñas del lugar, todas las semanas hacen eventos relacionados con el vino y otros licores siempre buscando innovar en sus propuestas lo que las ha convertido en un referente a la hora de buscar planes diferentes en Bogotá.
Al comenzar la cata, se nos pidió cubrirnos la vista con un antifaz con la finalidad de sensibilizar el cuerpo. Varios ingredientes fueron asignados a cada uno, entre los que se encontraban arroz, y granos de café para oler y palpar. Enseguida mi sentidos se agudizaron y empezaron a trabajar para descubrir lo que contiene cada envase. Después de lograrlo, nos fuimos directo al primer maridaje.
Este comenzó con una brocheta caprese con vino blanco sauvignon blanc chileno «Cuna del Sol», se nos pidió que tocaramos la copa sutilmente, y así sentir su cuerpo, su tallo y su temperatura, con la comida fue lo mismo; la tocamos y olimos para tratar de saber que era, hasta que pudimos probar y pasar con el vino. De inmediato todos empezamos a describir lo que se sentía en la boca, pude sentir cada sabor por separado y sentir mis papilas gritar de dicha cuando el vino entró en mi boca rumbo a mi estómago.
Escuchar la reacción de las otras personas ante la misma situación, no solo hace que te cuestiones si sintieron cosas diferentes a ti, sino gozar de ese descubrimiento en sus palabras y de acuerdo a su idiosincrasia, te hace pensar como lo mismo puede ser tan diferente para todos.
Al continuar con el tercer plato, me sorprendí gratamente al sentir el cuerpo de la sensual empanada de carne que tenía frente a mí, pues jamás se me hubiera ocurrido invitarla a tomar vino conmigo. Me lleve una grata sorpresa al ver el matrimonio casi perfecto, de esos que ya no se ven hoy en día, pues encajaba perfecto con el vino blend de uvas malbec, cabernet sauvignon y merlot de Mendoza, de Don Manuel Villafañe Estate, les auguro una vida larga y placentera juntos.
Mi emoción por el descubrimiento anterior no había terminado, cuando el plato fuerte llegó a mi mesa y se dejó manosear, oler y por supuesto probar sin reparo alguno. Era un lomito de res en salsa de vino y polenta con vino tinto Malbec Don Manuel Villafañe Reserva. Parecía la primera vez que comía lomito, este se deshizo suavemente en mi boca y me dejo analizarlo sin afán, las especies hacían presencia, mientras la suavidad de la carne permitía que saboreara cada bocado. La polenta, nueva en mi paladar acompañaba perfecto con su simpleza al lomito dejando que este se luciera al juntarse con el vino.
Para terminar después de una explosión de sabores que se hacían más fuertes con cada sorbo del vino, todo nos daba risa, pues no solo era culpa del alcohol, pues los comentarios en voz alta y las sensaciones tan diversas que todos decían sentir, hacían de la experiencia aún más placentera.
Para cerrar la noche, apareció como postre una tarta de manzana con espumante rosado francés Guy Saget, hicieron que pareciera fiesta de fin de año, no solo por el sonido típico que hace el corcho al destapar la botella, sino por el ambiente de festejo del cual nos contagiamos todos.
Por 95 mil pesos y aun con los ojos cubiertos, fue interesante evocar a través de la experiencia y los recuerdos cada sutil nota de sabor, al mismo tiempo en que era relacionada con lugares, situaciones y personas, y no solo con las características de los vinos, como habitualmente se realiza en estas catas. Los sabores de cada plato parecían nuevos y se sentían nuevos en el paladar, compartir la experiencia con gente desconocida, nutre el encuentro y nos termina haciendo los extraños más divertidos al no vernos a los ojos, pues como el vino, al taparnos los ojos se deshiniben otras aspectos de nosotros que se esconden a simple vista.