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ESCRIBO ESTO EN LA MAÑANA DEL miércoles, sin saber todavía el resultado del España-Alemania.
Esa ignorancia es deliberada: lo que quiero decir no depende de quiénes jueguen la final de este torneo que ha levantado el vuelo en las últimas rondas, que ya no se parece en nada, por fortuna, a la competencia encharcada y sosa del mes de junio.
Todos sabemos que en los mundiales no se puede confiar. Los mundiales son distintos: las reglas que gobiernan el fútbol de todos los días se suspenden misteriosamente cada cuatro años, y así el equipo perfecto de las eliminatorias puede empacar las maletas al terminar la primera ronda (Colombia en el 94), o un grupo de tercas mediocridades, cuyo interés no es ganar sino que los otros pierdan, puede alzarse con la copa (Italia en 2006). A los mundiales no les importa lo que pase en las ligas domésticas: Inglaterra e Italia están muy convencidas de tener las mejores del mundo, y ya ven ustedes de qué les sirvió eso en Sudáfrica. A los mundiales no los impresionan las reputaciones individuales, mucho menos los salarios o las apariciones mediáticas: si Cristiano Ronaldo, Kaká y Messi reunieran sus ingresos del año pasado, igual podían pagar la deuda externa de algún pequeño país tercermundista; pero eso no les ayudó a sus equipos ante España, Holanda y Alemania.
Aun así, nunca me esperé que Sudáfrica fuera a resultar tan hostil al genio individual. Pero no me molesta, la verdad. En Sudáfrica hemos recordado algo que nunca habríamos debido olvidar: este deporte se juega en equipo. Lo olvidó Dunga, a la cabeza del Brasil menos brasileño de la historia reciente. Lo olvidó Capello y lo olvidaron sus jugadores que, metidos en rivalidades internas e inseguros de su fuerza como grupo, se dejaron convencer de un burócrata del fútbol. Lo olvidó Domenech, que tal vez nunca lo supo: no recuerdo un equipo menos solidario, menos unido, menos equipo, que esta triste Francia que nos tocó ver. Lo olvidó Maradona, que jugó sus partidos convencido de que bastaba tener a un genio y ponerle al lado a diez tipos voluntariosos y sacrificados, diez tipos que “sienten la camiseta”. (Pero ya dijo Valdano en 1998 que Maradona no podía ser buen técnico, porque su magia no puede transmitirse: los buenos técnicos fueron jugadores imperfectos).
Del otro lado, las semifinales quedaron en manos de cuatro países sin genios, pero con equipo. Ninguno de estos cuatro tiene uno de esos jugadores que resumen un Mundial, como Pelé en el 70 o Beckenbauer en el 74 o Maradona en el 86. Ni Forlán ni Robben son (tan) buenos si no están bien rodeados. Löw, el técnico alemán, ha confesado que copió buena parte de su estrategia de España, y eso no es sorprendente: su Alemania es un equipo que, en ausencia del crack Ballack, ha ganado solidaridad y por lo tanto cohesión. Löw dijo que España tenía a más de un Messi. No es cierto: no hay en España un jugador capaz de esas magias solitarias, pero hay, a cambio, varios que son magos colectivos. Xavi es un genio, sí, pero lo es gracias a los balones que recibe y a tener a quién dárselos. Y sabemos que Casillas tapó aquel penalti decisivo porque Reina, el segundo arquero, le dijo adónde lo patearía Cardozo.
No sé quién será campeón el domingo, pero será un equipo. Y eso es reconfortante.