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Por Claudia Valbuena
No existe un mecanismo legal dentro de un sistema judicial considerado inútil, la controversia quizá puede estar enfocada en que no se debe utilizar con fines políticos para ganar…
O imaginar que es la respuesta a un clamor nacional, cuando no se debe perder de vista que las penas impuestas en nuestro país son “extensas”, mas no suficientes para intentar acabar con estos comportamientos considerados actos atroces y aberrantes en contra de los más indefensos.
Las severidades de las penas pierden su efecto para el victimario cuando es consciente de que el principio de oportunidad lo favorece al colaborar con la justicia o, por el contrario, cuando intenta declararse inimputable por razones de “locura”, si a esto le sumamos el hacinamiento carcelario y la falta de protección al prisionero, que se encuentra en condiciones infrahumanas donde sus derechos son violados.
La pregunta sería qué tan útil es nuestro sistema judicial cuando los estudios en política criminal no han dado los resultados esperados y están simplemente enfocados en atrapar a los criminales y encerrarlos sin un proceso de rehabilitación.
Ahora bien, ¿científicamente está comprobado que un abusador de menores o mujeres puede conseguir rehabilitarse? ¿Es la castración química la verdadera salida?
Este tema genera tantas inquietudes, como temores y aún hay un camino largo… Hay tanta tela de dónde cortar.
Tomar estas banderas exige valentía y no un simple discurso al viento, que no proponga soluciones reales y de fondo.
¿Por qué somos violentos? ¿Es una condición natural o impuesta por las circunstancias en las que crecemos o nos desarrollamos?
Cualquiera que sea la determinación del Gobierno al respecto, lo importante será dar una respuesta no enfocada en un deseo de venganza o de soluciones inútiles que, en últimas, dejan desprotegidas a las víctimas y permiten al victimario burlarse del sistema judicial, que como se diría en el lenguaje popular “se lo pasa por la galleta”.
Al final todos debemos contar con la protección y las garantías que brinda el Estado, de un lado y del otro (víctimas y victimarios). ¿Qué hacer? Quizás educar de una mejor manera, donde se haga entender que independientemente del género todos merecemos respeto. No podemos utilizar nuestra condición femenina, por ejemplo, para abanderar un “no más” cuando también con ciertas acciones se busca acabar con el buen nombre o la reputación del género masculino, o por el contrario sostener que los menores son inimputables por el hecho de su edad y tienen “la libertad” de cometer un sinnúmero de delitos.
Comprender que toda conducta delictiva genera consecuencias y que el escarmiento no es solo social, sino que a su vez debe ser manejado dentro de los parámetros de ley, imponiendo más que medidas justas y eficaces que le regresen a la sociedad la credibilidad en el sistema, porque como vamos es difícil pensar que la cadena perpetua será la respuesta a semejantes crímenes tan aberrantes.