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En cuestión de siete días, la imagen de Barack Obama se ha puesto en juego entre dos países escandinavos. Mientras que en Noruega le han dado el Nobel, en Dinamarca, la semana pasada, el Comité Olímpico Internacional echó por la borda su esfuerzo para que Chicago fuese la sede de los Olímpicos en 2016.
El desplante al presidente en Copenhague enardeció a sus críticos en casa, provenientes de distintos sectores, quienes durante los últimos meses han fustigado y entorpecido la aprobación de su reforma a la salud; también han criticado su incapacidad para establecer un plan de salida efectivo de Iraq y su ambivalencia frente al tema de juzgar a quienes infringieron la ley internacional durante la lucha contra el terror de la administración Bush.
La gestión económica de la Casa Blanca también está a medio camino. Y así lo evidenció la semana pasada la última cifra de desempleo en el país, que siguió subiendo y llegó al 9,8%.
Son retos titánicos los que tiene Obama por delante, frente a los cuales su imagen se desgasta (desde que comenzara su gestión, ha perdido unos 18 puntos de aprobación). De ahí que algunos consideren que el Nobel de Paz sea una cuota de apoyo para ganar terreno domésticamente: “Parece menos un premio objetivo y más un apoyo político”, dijo William Jelani Cobb, profesor de historia en Spelman College en Atlanta y autor de un libro sobre Obama de próxima aparición.