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¡Que viva España!

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España irrumpió en el Mundial con toda la categoría del campeón de Europa y, en un monumental juego de fútbol, dinamitó la resistencia del seleccionado alemán en un partido inolvidable, de los que marcan hitos y se recuerdan con el paso de los días, los meses y los años.

España había destilado gotas de fútbol en otros encuentros, pero nunca había podido bordar una producción plena, a todo voltaje, y ayer lo hizo ante un gran antagonista, ante el mejor rival posible, un seleccionado germano que marcará el futuro del balompié mundial por su categoría, su atrevimiento, su respeto a la pelota bien jugada. España y Alemania confirmaron en el precioso estadio de Durban que hoy por hoy están un escalón arriba y que, en el afecto del hincha, no hay parangón igual para quienes juegan al fútbol que la gente goza y aplaude.

El equipo de Del Bosque hiló con paciencia y sapiencia. Paciencia para no cambiar el libreto establecido, jugando a uno y dos toques en velocidad, buscando el pase interior, trabajando los pasillos por dónde meter el balón para que Pedro, de enorme actuación, y el ‘Guaje’ Villa intentaran percutir en la red de Neuer. Sapiencia para no dejarse encerrar en el entramado de la poderosa doble línea de cuatro que Loew planificó como fórmula para recibir al equipo ibérico que, de antemano, se sabía que no le iba a prestar la pelota.

Pese a las numerosas oportunidades de gol creadas, a la selección española le faltó una pizca de definición y perdió opciones cantadas. Hasta ese momento, 20 del segundo tiempo, los alemanes se arrimaban con escaramuzas pero no calentaban las gargantas con opciones claras, salvo un penal no pitado sobre el jovencito Oezil. Tuvo que aparecer un león todo coraje, todo raza, como Carles Puyol, símbolo del Barça triomfant y de la selección roja para que se abriera el marcador. Su remate de cabeza premió al que mejor hizo las cosas, al cuadro que mas buscó y trabajó el partido.

La reacción alemana comandada por el talentoso zurdito de ascendencia turca Mezuth Oezil, fue la propia de un equipo de varones. Alemania intentó empatar por la vía aérea, se desmelenó en centros a la olla, hizo figuras a Piqué, Casillas y al mismo Puyol, hasta que sonó el silbato dando por terminada una batalla inolvidable, un partido para el recuerdo que puso a España por primera vez en su vida en la final de un Mundial. Justo premio para el campeón de Europa, el equipo que mejor juega al fútbol en el mundo.

A España le faltaba un partido así, redondito, precioso, épico, lleno de gracia y donosura, para confirmar que esta selección tiene el gen del buen fútbol metido hasta los tuétanos.

Partido inolvidable, espectáculo sensacional y un triunfo del buen fútbol. ¡Y que viva España!

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