Publicidad

No hay mejor momento que un presente pleno

El arte de vivir se entiende desde la plenitud, desde la convicción del presente y sus verdades. Hay que sentir cada instante, bueno o malo, triste o jubiloso.

Por Sebastián Restrepo. Psicólogo gestaltista y sistémico.
04 de marzo de 2015
No hay mejor momento que un presente pleno
El arte de vivir plenamente
El arte de vivir plenamente

Todos sabemos cuánto sufrimos por vivir siempre el momento equivocado.  Fóbicos a las despedidas y al vértigo de lo nuevo, nos aferramos a la quimera inmaterial de lo que fue y evitamos la fantasía volátil de lo que podría ser, pero somos incapaces de entregarnos a la ley del ahora,  en el paisaje de cada edad de la vida. Quiero que hablemos de las edades, pero desde la óptica de un arte de vivir plenamente. 


Ilustración: Jorge Ávila

Quiero empezar por una base sólida que nos permitirá asumir este texto con realismo: todo es transitorio. Así que de una vez por todas, dejemos de tratar de parar el tiempo, no le pidamos a nada que dure para siempre y preparémonos para vivir el cambio y la mutación hasta que nos llegue la muerte. Aceptemos que lo nuestro nunca será lo definitivo: todo llegará y se irá de las manos. Así que empezar,  no miremos a la vida como una morada, sino como un peregrinar que nos rompe de mil maneras, que nos esculpe si cooperamos,  hacia niveles de amor y conciencia cada vez más amplios y profundos. 

Cada momento nos presenta una encrucijada:  tratar de volver sólida y estática la experiencia, aferrándonos y defendiéndonos; o abrirnos, entregarnos y fluir con el despliegue de la vida en el tiempo. No es difícil darse cuenta de que los que más sufren, los que aman el infierno, son los que agarran duro a la vida, los que congelan el rio; mientras que los que pueden llegar a algo cercano a la felicidad, son los que se entregan con libertad, y sin preconceptos, a la danza de la muerte y la resurrección.  

A la vida no le gusta nuestra estrechez:  cada forma de apego se romperá,  habrá mutaciones, despedidas, saltos al vacío. ¿No será entonces que la vida no nos quiere cómodos, que aborrece el adormecimiento, los corazones cobardes y las cabezas estrechas? ¿No será entonces que estamos más vivos y con más sentido cuando tenemos que levantarnos e ir con miedo a la amplitud de un nuevo horizonte?

Si le damos algún crédito a esta idea, entonces el lado áspero y oscuro, esa molienda que hay en el umbral de cada momento, ese reto que llega súbitamente, esa pérdida que desgarra, la responsabilidad que nos cae de la nada, no serían castigos, sino mas bien instrumentos del sentido; difíciles maestros de la escuela que no tiene paredes . Por eso las crisis no son los enemigos, sino los portales que nos abren los umbrales de la transformación. 

Por otro lado, es importante entender que madurar no es lo mismo que perfeccionarse, ya que el caos, la destrucción, el conflicto, el azar y la confusión, son parte del proceso de la vida, y en cada etapa hay una lógica propia, distinta a los moldes estrechos de la perfección. La vida no es un asunto de perfeccionismo sino de plenitud, de vivir intensa y conscientemente cada etapa, de entregarse hasta el fondo. Cada momento pleno,  vivido en la entrega, la libertad y el coraje,  es una lección total que se revela, no importa qué tan difícil o claustrofóbico pueda ser. 

Cada momento pleno tiene su propia ley. Como dice bellamente el Eclesiastés: “Todo tiene su momento (…) bajo el cielo: Su tiempo el nacer, y su tiempo el morir; su tiempo el plantar, y su tiempo el arrancar lo plantado. Su tiempo el matar, y su tiempo el sanar; su tiempo el destruir, y su tiempo el edificar. Su tiempo el llorar, y su tiempo el reír…” Ningún momento es como el otro. Cada uno tiene  su bien y su mal, su trampa y su virtud. Nada vale para siempre. 


Ilustración: Jorge Ávila

El arte de vivir implica profundizar en cada presente; eso es plenitud. ¿Cómo hacerlo? La actitud es lo importante: entregarse en lugar de defenderse, aceptar en lugar de juzgar, hacer apuestas totales en lugar de perpetuar cavilaciones e indecisiones, abrir los ojos y los sentidos a lo que hay en lugar de contarse historias de lo que debió ser. No es posible hablar de plenitud si no lo hacemos desde la autenticidad: sentir los miedos, las emociones, los deseos y los conflictos reales, sin pretender algo distinto de lo que es.

Cada edad, cada momento requiere realizarse para que quedemos libres para un nuevo momento. Las cosas que nunca hicimos, los deseos postergados, las equivocaciones que evitamos, los riesgos que no tomamos, le restarán plenitud a nuestras vidas. Serán molestos compañeros crónicos. Los deseos resistidos del adolescente fogoso y moralista, se volverán las tentaciones infernales del cónyuge hipócrita. Por eso es mejor hacer y equivocarse, con los ojos bien abiertos, que preservarse. La vida parece preguntarnos siempre: una edad está realizada o quedó en ascuas.  

La plenitud también la hacen los cierres y las despedidas.  Cada vivencia, llega a un fin: la ropa nos queda pequeña, el sol se esconde o la relación se vuelve un lastre. Cada momento llega a un umbral. Si lo pasamos sufrimos. Las relaciones muertas se “necrosan” y vuelven tóxicas, el hijo que se quedó más tiempo del necesario en casa se debilita, las costumbres que no evolucionan se vuelven manierismos patéticos. 

Hay que aprender a cerrar capítulos con atención e impecabilidad, a despedirnos con elegancia y limpieza. Debemos aprender a morir las pequeñas y las grandes muertes de la vida. Una buena muerte requiere de dos cosas: haber vivido plenamente y un profundo desapego que van forjando el amor por el espacio  y  las despedidas. 

Y una vez amanece, o llega de nuevo el amor, o estamos en una nueva oficina, también hay que aprender a nacer. Lo más importante es tener mente de principiante:  que nos acompañe siempre la curiosidad, que podamos combatir con la risa, que podamos recuperar con total descaro la inocencia que aprende a mirar una y otra vez de nuevo. En cada comienzo tener la magia del juego, la levedad del vagabundo y la fragilidad de las cosas pequeñas. 

No hay una edad mejor para vivir y estoy convencido de que no hay mejor momento que un presente pleno. 

Un libro:

Las etapas críticas de la vida, escrito por el médico y terapeuta alemán Rüdiger Dahlke, aporta elementos para superar de manera positiva los conflictos, ya sea en la pubertad, con los padres o en la vejez. 

Publicidad

Una película: 

 

El Árbol de la vida: una reflexión sobre la vida y sus sentidos. Sobre el pasado y su peso. Sobre los padres y su papel en la vida personal, con sus sinsabores y alegrías.

Una película: 

El exótico Hotel Marigold.  Una experiencia de vida, de Gran Bretaña a India. Para descubrir el encanto de las cosas simples y dejar atrás los apegos. A aligerar la carga. 

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Publicidad