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NO QUERÍA REFERIRME AL MUNDIAL de Fútbol, pero se han dicho y escrito tantas pendejadas que no me aguanté las ganas.
No me refiero tanto a los comentaristas deportivos especializados, como a algunos intelectuales que se han aventurado en estos terrenos. Son alucinantes, por ejemplo, las explicaciones que se están dando sobre las causas de la eliminación de Francia en primera ronda. Dominique Moisi, fundador y asesor especial del Instituto Francés de Relaciones Internacionales y profesor del Colegio de Francia, escribió una columna para el Project Syndicate, en la que asocia el bajo desempeño y eliminación del equipo francés con la caída del Imperio Romano. Un emperador débil (el presidente de la asociación de fútbol) escogió un general incompetente (Domenech), que fue incapaz de inspirar a los mercenarios (los jugadores). En el mismo artículo, Moisi dice que, quizá, es aún mejor la comparación del equipo francés con la interpretación de Marc Bloch sobre el colapso de Francia, en 1940. Como en la primavera de ese año, cuando el viejo establecimiento militar francés detrás de la Línea Maginot fue incapaz de parar a los modernos tanques del general Heinz Guderian, esta vez la técnica y estrategia del equipo francés estaban obsoletas y pasadas de moda.
El primer problema que se encuentra con estas explicaciones es que se hacen después de que suceden los hechos. Si conoce y entiende tan bien el fútbol y la historia de Francia y de Europa, ¿por qué Moisi no escribió el artículo antes del Mundial? ¿Por qué sólo lo hace ahora?
Una respuesta corta a estas preguntas es muy simple: el profesor Moisi es un ser humano. Y los humanos tenemos el sesgo de la retrospectiva, una necesidad vital de darles significado a los eventos, a los sucesos y a las cosas, después de que sucedieron. A establecer causalidades entre unos eventos y otros. Caemos en el mundo de la necesidad, de la que tanto argumentó Hume. Así, de unos eventos únicos, irrepetibles —los partidos de fútbol—, se extraen erróneamente conclusiones generales sobre los equipos ganadores y los perdedores. Pero no nos equivoquemos: eso no sólo se hace en el fútbol. También en la política, en la economía y en todos los hechos de la historia de las sociedades y de la vida personal. Es la idea de que, si una cosa sucede, es por algo; tiene que haber una causa, una explicación. Y la explicación debe ser relativamente sencilla de entender y de explicar. La otra consecuencia de esa actitud tan humana de buscar y creer encontrar causalidades entre unos eventos y otros es que excluimos el azar. A los humanos nos queda muy difícil aceptar que en la vida, como en el fútbol, hay mucho más azar del que comúnmente se cree. El azar —lo aleatorio— es algo abstracto, y nuestro cerebro está muy mal preparado para entender lo abstracto, en general, y lo aleatorio, en particular. El cerebro que tenemos es fundamentalmente el mismo que tenían los humanos que deambulaban por las llanuras africanas y dormían en las cavernas. Un cerebro preparado para muy poco más que escapar del peligro y para dejar descendencia. No para entender el azar.
Pero, con todo esto, no quiero decir que estoy en contra del fútbol. Muy por el contrario, me gusta mucho y he visto varios partidos. Pero, para mí, el fútbol pertenece al mundo de la estética, del arte, de las sensaciones. No tiene nada que ver con la decadencia del Imperio Romano o con la Línea Maginot.