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Éver Ledesma, al rescate del mangle

«Yo no hago esto solo por el futuro de mis hijos y de mis nietos; lo hago por todas las familias que vivimos aquí en Tumaco y que dependemos del ecosistema del manglar»

Por Dora Glottman Giraldo
07 de abril de 2015
Éver Ledesma, al rescate del mangle
Éver Ledesma, al rescate del mangle
Éver Ledesma, al rescate del mangle

Al escuchar a los habitantes del barrio Viento Libre, de Tumaco, Nariño, contar cómo les ha cambiado la vida, es difícil no sentirse un poco incómodo. Esta comunidad de piangueros, es decir de hombres y mujeres dedicados a recoger y vender piangua, un molusco que vive entre el lodo de los manglares a lo largo del pacifico colombiano, se queja por una serie de cambios que no saben explicar. En este barrio, donde las calles son de barro, las precarias viviendas son hechas en madera y los niños juegan descalzos, están acostumbrados a la pobreza. A lo que no se acostumbran es a que la naturaleza, hasta ahora su mejor aliada, también se esté empobreciendo. Cada día está más reducido el manglar, ya no crece ni florece como antes; la marea está tan alta que el agua llega hasta sus humildes viviendas; y la temperatura y las corrientes de agua han cambiado tanto que han afectado la reproducción de la piangua, su principal sustento. Tampoco llueve como antes y es imposible predecir cuánto durarán el verano y su sequía, o el invierno y sus inundaciones. 

En Viento Libre, donde por lo menos un 25 por ciento de los adultos no sabe leer ni escribir, nunca han escuchado hablar de calentamiento global. No saben de los informes de Naciones Unidas, de las alarmas que lanzan científicos alrededor del mundo, de los gases que generan el efecto invernadero, del daño enorme que le hemos hecho al planeta. Es, como lo dijo Al Gore, una verdad incómoda de revelar. Sobre todo a ellos.

Éver Ledesma tampoco entiende muy bien qué es eso del calentamiento global, pero tiene muy claro que algo grave está pasando y que hay que actuar. Si bien su nivel de educación es muy básico, no hace falta ser universitario para darse cuenta de que el manglar se está reduciendo por la basura que cada día lo cubre más y más. Éver se dedicó a observar el manglar y a pensar cómo actuar mejor. «Miraba cómo las semillas caían del árbol y miraba con mucho cuidado cómo era que se reproducían. Entonces empecé a sembrar –cuenta–. Sembré las primeras cien. Cuando regresé al lugar donde las había sembrado y las vi grandes, me pareció tan maravilloso que sembré cien más».

La tarea era simple, pero difícil: sembrar mangle para reemplazar los árboles que por cuenta de la tala irresponsable y de la erosión costera estaban desapareciendo. Ledesma reclutó un pequeño ejército de mujeres y niños que periódicamente salen con él a recoger semillas y basura en el manglar. Con las semillas han sembrado en menos de dos años 48 955 plántulas de mangle en cinco bancos de piangua. Inicialmente, siembran el mangle en viveros sobre la costa; cuando cumplen tres meses, los trasladan al mar. La basura la entregan en bultos a la compañía recolectora de residuos sólidos, que se deshace de ellos de manera responsable. 

Los fines de semana, la labor de Éver es pedagógica. Instala en el barrio un tablero blanco y les enseña a los niños cómo cuidar el manglar. Intenta que se enamoren de ese ecosistema para que no lo abandonen, para que sigan los pasos de sus padres piangueros y pescadores, pero sobre todo para que lo cuiden. «Yo no hago esto solo por el futuro de mis hijos y de mis nietos; lo hago por todas las familias que vivimos aquí en Tumaco y que dependemos del ecosistema del manglar».

 

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