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Teresa Latorre, la perfección está en la diferencia

Las madres de los jóvenes miembros de Asodown, que atiende a jóvenes con síndrome de Down, saben que Teresa las entiende. Ella aprendió hace 29 años que la perfección no es lo que ella creía.

Por Dora Glottman Giraldo
07 de abril de 2015
Teresa Latorre, la perfección está en la diferencia
Teresa Latorre, la perfección está en la diferencia
Teresa Latorre, la perfección está en la diferencia

El apartamento que comparte Teresa Latorre con su hijo Mauricio en Manizales es representativo de cómo vive su vida: siempre en función de Mauricio. El joven, de 28 años, fue diagnosticado con síndrome de Down a los quince días de nacer. Sin embargo, la dedicación de su madre no fue inmediata. Teresa trabajaba por esos días en una notaría y fue tal su desolación cuando supo que el niño tenía esa condición, que inicialmente no la quiso enfrentar. Se dedicó a lamentarse.

Pero Teresa y su esposo, fallecido hace once años, dejaron de buscar el porqué de su aparente desdicha y se dedicaron más bien a asegurarle a Mauricio la mejor vida posible. No iban a quedarse en calidad de víctimas. El niño ya tenía varios meses cuando su mamá se secó las lágrimas, se despojó de sus propios prejuicios y salió a la calle a enfrentarse al mundo con su bebé. Un mundo que evidentemente no estaba preparado para ofrecer a niños como Mauricio la vida que merecen; una Colombia donde los trataban como personas frágiles y enfermas y donde los miraban con pesar y no con la alegría que ellos casi de manera constante cargan en su corazón. Teresa se empeñó en que la infancia de Mauricio fuera feliz. Sin temor a las miradas, lo llevó a parques, museos, piscinas, teatros… en fin, le brindó una vida llena de estimulación y actividades.

Por eso, cuando un grupo de mujeres le ofreció, hace veinte años, ser la fundadora y directora de Asodown, una fundación para niños con síndrome de Down con sede en Manizales, no dudó en aceptar. Como directora de Asodown, donde más de 300 niños se han beneficiado, organiza actividades como danza, teatro y música, que los jóvenes presentan en público varias veces al año. También logró que les abrieran espacios para hacer deporte en instalaciones públicas. Con frecuencia los sacan de la ciudad en paseos y a veces salen de noche a jugar billar. 

Sin embargo, el compromiso de esta mujer no es solo con los jóvenes de Asodown; también lo es con los padres de ellos. Durante las actividades diarias se acerca para enseñarles cuáles son sus derechos y cómo cumplir con sus responsabilidades. Les enseña que tener un hijo con síndrome de Down no los condena a ser víctimas; los puede transformar en orgullosos padres de jóvenes que, para ella, son como ángeles. Teresa es una trabajadora incansable que después de dedicar sus días a las familias que la necesitan, llega a casa, donde Mauricio la espera. Hace diez años que su hijo no puede participar de las actividades que ella organiza porque los instrumentos le desatan convulsiones. Su victoria es agridulce. Ha logrado abrir espacios para jóvenes con la misma condición que su hijo, pero Mauricio no puede ir. 

«Yo era perfeccionista, pero Mauricio me cambió la manera de pensar. Me enseñó a ser paciente, a saber que las cosas no se hacen cuando uno quiere, sino cuando se puede». Tal vez el apartamento donde vive con Mauricio le hubiese gustado mantenerlo impecable y a su gusto, pero por la seguridad de Mauricio, no se pudo. El joven ya casi no sale a la calle porque los ruidos le producen convulsiones y por la misma causa desde hace más de diez años su mamá duerme en el piso, al lado de la cama de su hijo. Le da miedo que convulsione de noche, se caiga de la cama y se fracture. Si bien a Teresa no le gustan los perros, vive con uno que le advierte a ella y a los vecinos si Mauricio esta convulsionando. Aunque le gustaría cocinar algo de su antojo, se limita a la comida con la que su hijo no se pueda atorar. 

Las madres de los jóvenes miembros de Asodown saben que Teresa las entiende. Ella aprendió hace 29 años que la perfección no es lo que ella creía. Hoy llega a su casa después de pasar un día escuchando y atendiendo a jóvenes y madres para hacerse cargo de la persona que más la necesita. Mauricio no sabe decir «te quiero», pero se le iluminan los ojos cuando ve a su mamá y sonríe. Para Teresa Latorre es en esa sonrisa, y en la de otros niños con síndrome de Down en Caldas, donde se esconde la perfección.

 

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