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Ernesto Sardi, la semilla de los jóvenes campesinos

«Colombia es mayoritariamente campesina. Desgraciadamente la violencia ha dañado el campo y ha acabado con la oportunidad de hacer un gran país agropecuario. Nuestra filosofía es que el joven ame el campo colombiano, que es tan hermoso.»

Por Dora Glottman Giraldo
07 de abril de 2015
Ernesto Sardi, la semilla de los jóvenes campesinos
Ernesto Sardi, la semilla de los jóvenes campesinos
Ernesto Sardi, la semilla de los jóvenes campesinos

El padre Ernesto Sardi de Lima lleva 25 años nadando en contra de la corriente. A este religioso caleño radicado en Bogotá le gusta vivir en los lugares de donde otros salen huyendo. Fue por esa particular vocación que en 1988 pidió ser párroco en el Caguán. «Yo mismo pedí ir porque quería ir adonde nadie más quería ir. Mi vida vocacional estaba centrada en eso». Duró tres años como párroco en tres esquinas del Caguán. Estaba a cargo de 33 veredas y de las almas de los católicos que vivían o se escondían entre la selva.

Los jóvenes del Caguán le cambiaron la vida y le definieron su camino. En esa época, esa zona era reino de las FARC y de la coca, y la mayoría de los jóvenes elegían alguno de esos dos rumbos: servirle al narcotráfico o sumarse a las FARC. El padre Sardi no los juzgó ni a ellos ni a sus padres. Más bien se dedicó a buscar los motivos que los llevaban a la ilegalidad y la manera de sacarlos de ahí. La conclusión a la que llegó fue definitiva en su vida: estos jóvenes necesitaban poder soñar con un mundo distinto y mejor, sin abandonar sus comunidades. Con este fin, creó varios colegios y un internado en el Caguán. En sus instituciones los jóvenes no solo se educarían de manera gratuita; también aprenderían las muchas posibilidades interesantes, productivas y legales, que les ofrecía la vida más allá de la coca y la guerrilla. A punta de cuadernos, lápices y libros les arrebató cientos de jóvenes a los delincuentes.

Luego de tres años como párroco en el Caguán, regresó a Bogotá y de nuevo se preguntó cuál era el lugar donde nadie quería ir. Esta vez la respuesta fueron los barrios marginales donde enfermos con sida morían miserablemente. A principios de los noventas, el sida aún generaba temor entre la población por la ignorancia en cuanto a la manera como se transmitía. El padre Sardi no tuvo miedo y creó uno de los primeros hogares en Colombia donde atendían y acompañaban a morir a los enfermos de este mal. Hoy ya son catorce los hogares que dirige el padre Sardi en Colombia, desde su fundación Formemos. 

Nos encontramos con el padre en una comunidad campesina cerca de La Mesa, Cundinamarca, a donde llegan jóvenes desplazados por la violencia de todo el país, e hijos de campesinos de la región. La educación de estos niños y niñas es muy particular. Si bien cumplen con los requisitos de primaria y bachillerato, aquí también se capacitan para trabajar en el campo de manera responsable y moderna. El hogar en Cundinamarca es una mezcla entre internado y finca. Los jóvenes estudian muy cerca al huerto y a la granja, donde en las tardes aprenden cómo ser verdaderos técnicos. 

«Colombia es mayoritariamente campesina –dice Sardi–. Desgraciadamente la violencia ha dañado el campo y ha acabado con la oportunidad de hacer un gran país agropecuario. Nuestra filosofía es que el joven ame el campo colombiano, que es tan hermoso». El padre Sardi ha logrado cumplir con ese anhelo. En su institución en Cundinamarca, los jóvenes con los que conversamos nos aseguran que no sueñan con irse a vivir a las grandes ciudades del país, sino con quedarse en el campo y convertirlo en el más fértil y productivo. Los que llegan aquí de otras regiones por desplazamiento, también aspiran a regresar a sus tierras para, desde ahí, trabajar por Colombia. Son jóvenes que con orgullo se declaran campesinos capacitados dispuestos a cambiar la realidad del campo. 

El padre Ernesto Sardi camina sonriente entre los estudiantes, acariciando la cabeza de los más pequeños y dando la mano a los mayores. El hogar en La Mesa es solo para niños campesinos; los hogares para enfermos de sida están en Bogotá. Este año cumplió 25 años desde su paso por el Caguán y aún tiene en su memoria a esos niños que por cuenta de la guerra y de la droga no tuvieron juventud. Para él la alegría de los menores en hogares como el de La Mesa es más que eso. Para él, ver a esos niños crecer con amor y entusiasmo es una victoria personal. Son jóvenes que sabrán sembrar semillas de paz y recoger frutos de reconciliación.  

 

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