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Irene Salazar, la educadora de sexo

Desde hace ocho años desarrolla un atrevido programa que consiste en educar a los jóvenes para que enseñen sexualidad a otros adolescentes.

Por Carlos Eduardo Barragán Rozo
07 de abril de 2015
Irene Salazar, la educadora de sexo
Irene Salazar, la educadora de sexo
Irene Salazar, la educadora de sexo

Desde las siete de la mañana, cuando Irene Salazar Cárdenas abre su consultorio en el colegio General Santander, de Villa del Rosario, en Norte de Santander, comienza el desfile de estudiantes que quieren resolver alguna duda sobre su sexualidad, pedir un preservativo o recibir las nuevas pastillas anticonceptivas. Aunque algunos extraños se escandalizan, esos son los temas que a diario Irene aborda con sus alumnos desde hace ocho años, cuando, ante el incremento de niñas embarazadas, el rector le pidió un plan de choque. 

Después de tomar la tensión arterial de dos niñas, esta enfermera de 66 años saca de su escritorio un cuadernillo de tapas anaranjadas con el título Jóvenes hablan entre jóvenes de sexualidad sin temores, y me dice: «Esta fue la bitácora para llegar a tener cero embarazos en varios años». Camino a la sala de profesores, Irene me cuenta que para poner en práctica su estrategia conformó un grupo de doce adolescentes líderes de cada salón. Con la autorización de sus padres, los adiestró en algunos temas de embarazo precoz y sexualidad. Ellos resolvieron sus dudas y también las de los compañeros que ya empezaban a ser sexualmente activos. Al año siguiente, el grupo de jóvenes que la buscó para aprender y orientar al resto, creció. «Por ser un tema tabú en sus casas, nadie les habla de sexo a estos jóvenes, y a los trece años los chicos tienen las hormonas a mil», dice Irene.

Durante el recreo, Irene atiende en la enfermería y hace trabajo de campo. En el patio, una parejita le hace una consulta. La intriga me mata y su respuesta de la enfermera parece sacerdotal: «Todo lo que me consultan se queda entre ellos y yo, esa es la manera ética de salvaguardar la confianza».

A las once termina el descanso, e Irene y sus jóvenes pedagogos sexuales entran a décimo grado para hablar de una campaña que ella también se inventó: «No le apuestes al 591». Tal reflexión advierte: cinco minutos de placer, nueve meses de embarazo y una boca más que alimentar. Luego ven una película en la que una pareja aparece tomada de las manos, pasan una puerta y ella está embarazada. Los siguientes doce minutos son el trabajo de parto y el alumbramiento. Terapia de choque, pensaría uno, pero funciona. Al final, todos quieren una cita con la enfermera.

Los resultados de la estrategia son contundentes: de las 1100 mujeres fértiles que tiene el colegio, solo una, que llegó embarazada de otra institución, espera bebé. El programa de Irene superó las expectativas del colegio. Los fines de semana, los estudiantes se preparan en otros temas necesarios como tabaquismo, alcoholismo, explotación sexual; y llegan, incluso, a visitar otras instituciones escolares. 

Al preguntarle por su mayor satisfacción, Irene no duda en citar el caso de dos niñas ex integrantes de la tribu urbana «emo», quienes después de atentar contra sus vidas, encontraron la recuperación en su programa. Una de ellas, Lady, de 16 años, quien forma parte del grupo de Irene, afirma: «Cuando me encuentro con muchachos así, les digo: “detente, yo era como tú, y mírame hoy, aquí estoy al frente de ti para que no te equivoques, tu vida vale más”».

 

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