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ES INDUDABLE QUE EL TRIUNFO DEL candidato Juan Manuel Santos debe producirle sentimientos muy ambiguos: por una parte, la exultante felicidad por haber ganado con una abismal diferencia a su contrario: eso no sólo debe reforzarle el ego, que ya es bastante grande, sino que le debe suscitar la convicción de que es el mejor de los colombianos. Mejor que Uribe, lo que es mucho decir.
Pero también debe estar más o menos asustado, y ese susto crecerá sin duda al paso de pocos meses: por más egocéntrico y habilidoso que sea, el manejo de su popularidad le impondrá unas terribles angustias: ¿podrá cumplir con todos los pajaritos de oro que ha pintado? ¿Podrá mantener contentos a todos los caciques que hoy se lanzan sobre la burocracia? ¿Será capaz de conciliar las demandas de Gustavo Petro sobre la necesidad de expropiar las tierras de los mafiosos, con la convicción conservadora de que el problema del agro se resuelve con más créditos e incrementos en la productividad? ¿Qué hará respecto de las demandas de Rafael Pardo sobre la necesidad de impulsar la ley de víctimas y liquidar el programa de Agro Ingreso Seguro, o al menos de darle un giro que deje de favorecer a los mayores propietarios de tierras del país?
Muchas de las demandas programáticas de los partidos que participan en la propuesta de unión nacional, o al menos de quienes, como Petro, buscan que sus propuestas electorales no queden en el vacío, y con la excepción de unos cuantos políticos de la U y otros tantos conservadores, significan un rompimiento con programas de la entraña de Uribe. Y aunque éste no es un obstáculo muy fuerte para quien ha demostrado que la lealtad no es una de sus más caras virtudes, estas demandas contradictorias sí implican que Santos las debe sopesar cuidadosamente si quiere sobrepasar a Uribe en el santoral histórico nacional.
Las otras demandas, aquellas relativas a las repartijas burocráticas, son más fáciles: Santos podrá negociar la conformación de las mesas directivas del Congreso, pero eso queda a cargo de los Benedettis y Barreras. Ellos se encargarán del muñequeo.
Y quedan otras demandas: las asociadas con la burocracia como tal: los cargos de secretarios y secretarias de los ministerios, de asesores de los directores de institutos y departamentos administrativos, de gerentes, de negociadores de contratos, en fin, de esa miríada de personajes que engrasan y sostienen los aparatos del Estado y que constituyen los resortes y apoyos más necesarios para que funcione eso que ahora llaman gobernabilidad.
En fin, si le vamos a creer al presidente electo, él ha insistido en que no va a propiciar la corrupción, no va a nombrar o a permitir que se nombre o se sostenga a funcionarios estatales por razones de parentesco, región o partido político. No, Santos ha dicho que no piensa pagar favores con la nómina estatal, ni darles gusto a los caciques regionales. Pero, y éste es un gran pero, ¿qué pasará cuando empiece a descender el apoyo popular, cuando pase la luna de miel y empiecen los reclamos ante promesas incumplidas y favores no pagados? ¿Cuando la opinión pública se dé cuenta de que el presidente no es el superhombre que construyó la campaña?
Claro que ahora estamos en plena euforia, pero es mejor desde ya empezar a pensar en el futuro.