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Tengo ocho segundos para enamorarme de ti. Eso me han dicho en un periódico. Con la fuerza y la veracidad de las cosas que salen en los periódicos, una presentadora aseguró que los primeros ocho segundos de una cita son esenciales, determinantes y absolutamente decisivos para el futuro. Para el mío y para el tuyo, por supuesto, pues en esos ocho segundos podremos saber si somos el uno para el otro hoy, mañana y el resto de nuestras vidas. El informe había sido multiplicado por millares de lectores expertos en el amor, sea eso lo que sea, y cerraba con una de esas tantas frases absolutas que se repiten a lo largo de la historia: la primera impresión es lo que cuenta.
La verdad es que a mí me parece que por andar pendientes de las impresiones es que nos equivocamos tanto. En lugar de aferrarnos a la primera impresión, los benditos ocho segundos, deberíamos pasar a la segunda, la tercera y las demás impresiones, que seguro nos darían más elementos de juicio, y brincar del querer, del simple y mágico querer, al valorar. Ese es el punto. O cambiarle el significado a las impresiones y añadirle a un simple vistazo, al simple vistazo de los primeros ocho segundos, algo de voluntad. Que lo importante no sean la ropa, el reloj, el celular y la sonrisa, sino las palabras, lo que hay detrás de las palabras y lo que sugieren. Como dijo algún filósofo, debería llegar el día en el que podamos morir por una coma.
Pero no, hoy matamos por un clic más, por una manito de aprobación y, sobre todo, por lo fácil, porque lo más fácil es que nos aprueben. Al fin y al cabo, los códigos de aprobación están suficientemente repetidos en los miles de diarios, portales y canales de la web, y en algunos impresos. Sólo es leerlos y seguirlos al pie de la letra, para que un alguien, que también está contaminado con los mismos códigos, nos apruebe. Entonces, nos transformamos en un par de robots programados para aprobar y ser aprobados, según instrucciones creadas por un robot. Habla así, camina de esta manera, vístete de acuerdo con, pregunta esto, responde aquello, y así se enamorarán de ti. ¿De ti?, pregunto yo.
Hace ya dos minutos que pasaron los primeros ocho segundos de nuestro encuentro. Tú sigues leyendo estas palabras. Yo te observo y sonrío con sonrisa de medio triunfo. El otro medio será que levantes la cara y te quedes ocho segundos más.