
Clichés hay en todas partes. En el brindis de un matrimonio cuando el padre de la novia, con la voz a media marcha, se consuela diciendo que no ha perdido una hija sino que ha ganado un hijo. En el esfero que se le regala a un graduando y en el foulard que se ponen los señores para ir a toros en la Santa María de Bogotá. En despedir a Cerati en Facebook con un «gracias totales». En leer Las mil y una noches antes de irse a vivir a un país árabe, en cantar We Will Rock You para alentar a un equipo de básquet, en viajar a México y a la primera ocasión ordenar una torta de jamón. Porque en turismo también abundan los clichés: caminar por Manhattan con un saco de I love NY, traerle de Japón a la mamá un maneki-neko (conocido en Colombia como el gato de Foto Japón) y, sí, recomendar como destino el Taj Mahal, prodigio arquitectónico fruto del duelo, del amor, del dolor.
El emperador mogol Sha Jahan, tras la muerte de Mumtaz Mahal, su cuarta esposa, la favorita entre las demás, decidió erigir un monumento funerario digno de una mujer cuya “apariencia y carácter sobresalían entre las mujeres de su tiempo”. En los 22 años que duró la construcción del Taj Mahal trabajaron alrededor de 20 mil artesanos y obreros, algunos de los cuales, lo más talentosos, según cuenta una leyenda sin fundamento histórico, fueron enceguecidos al terminar la obra y se les cortaron las manos para que no pudieran construir nada semejante. Misión cumplida: no existe nada semejante.
Lady Di sentada en una banca sola, sin un alma a su alrededor, meses antes de su separación del Principe Carlos. Símbolo de su vulnerabilidad. La banca sigue ahi. Su versión actual del a imagen tendrá de fondo una multitud.
La belleza del Taj Mahal es universal. Sería precioso en el centro de Tunja o en las afueras de Estocolmo. Pero es especialmente precioso en Agra. Porque quizás lo que mejor define a la India, por lo menos lo que más impacta al visitante, son sus contrastes. Se come la comida más sabrosa del mundo pero muy pocos se libran de un dolor de panza. Allí coexisten la opulencia y la miseria, lo espectacular y lo discreto, la pureza y la indecencia, el jazmín y la mierda.
Agra es un peladero, una ciudad fea, antipática y acosadora. Pero es la ciudad del mundo donde se encuentra la prueba del triunfo supremo de la estética y el amor. El Taj Mahal, a pesar de Agra, está en la lista de “lugares por conocer antes de morir” de millones de personas. Entonces si logra llegar véalo a todas las horas del día porque dependiendo de la luz del sol va cambiando de color. Véalo también desde todos los ángulos posibles. Desde cerca, desde lejos, desde el arco de la entrada, desde el otro lado del río Yamuna, desde el Agra Fort, desde la terraza de un hotel. Busque un lugar donde se pueda sentar a esperar que el sol caiga sobre el mármol blanco, esa imagen que, con razón, ha servido una y otra vez para ilustrar frases cursis sobre una credencial o una presentación de PowerPoint.
El Taj Mahal es espectacular de lejos y de cerca. Fíjese en las flores esculpidas sobre el mármol blanco y en la caligrafía árabe.
El Taj Mahal es una de las estructuras más fotografiadas del mundo. Por eso a ratos uno siente que ya lo vio. Que ya estuvo ahí. Que lo conoce. Que al ir lo único que podría experimentar es desilusión. Pero no: al cruzar el marco de la entrada al complejo (el Taj Mahal además de la tumba de Mumtaz Mahal tiene, siempre guardando su estricta simetría, una mezquita, otras tumbas, un estanque en medio de un inmenso jardín) es difícil no llorar al estar ante algo tan perfecto. El Taj Mahal, para seguir con los clichés, roba el aliento. No importa en cuantos naipes o toallas playeras lo haya visto estampado. No importa que sea una imagen tan trillada que hasta el parque Jaime Duque tenga una réplica.
Más fotos:
La mayoría de quienes visitan el Taj Mahal son indios, lo que convierte al extranjero en parte de la atracción. Fijo, le pedirán posar con ellos. Deje la paranoia en Colombia, pose y deje posar a sus hijos. Tome fotos también. Al final serán las mejores del paseo porque del Taj Mahal siempre habrá una toma mejor que la suya.
Tren a Agra:
Es probable que su viaje a India arranque en Nueva Delhi. Para llegar a Agra, a solo 200 kilómetros de la capital, la mejor opción es el tren (si tiene afán alquile un carro con chofer o tome una de las excursiones en bus). Abundan en internet detractores, pero el tren es fantástico, caótico y fascinante.
Una App:
Cuando se está de viaje por India (y no solo por India) es buena idea tener una App que ayude a convertir rupias a pesos. A veces las cifras le van a sonar tan absurdas y va a tener que negociar tanto que no va a confiar en sus cálculos matemáticos. Apps como Convert Units le convierte, además de la moneda, las millas a kilómetros y los grados Fahrenheit a centígrados.