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La mayor satisfacción de la muerte es hacernos hablar y escribir en pasado de seres entrañables y valiosos. Hasta hace unos momentos el escritor Roberto Burgos Cantor era parte fundamental de mis conversaciones del presente y del futuro. El sábado anterior había hecho un comentario de mi último libro en su columna habitual del periódico El Universal de Cartagena, y en su bandeja de entrada reposa un pequeño correo de tres líneas en el que lo saludaba, le agradecía su generosa nota y prometía contarle en un encuentro futuro mis hallazgos sobre un personaje histórico al que persigo. Sólo la muerte evitó que respondiera.
Roberto, en ese mundo de escritores de egos consentidos y celos torrentosos, era dueño de un infinita generosidad que repartía con la paciencia de un monje bueno y sabio en pequeñas dosis de amorosa sinceridad. Siempre tenía un comentario desprendido y una valoración sin recelos del trabajo de los demás. Creo haberle hecho saber, en nuestros casuales encuentros, lo mucho que me había servido su novela El patio de los vientos perdidos en mi investigación del viejo ferrocarril que unió a Cartagena con el puerto de Calamar sobre el río Magdalena en la primera mitad del pasado siglo. Mientras miraba los documentos en los archivos o recorría aquellos pueblos polvorientos por donde alguna vez pasó aquella máquina asmática, buscaba el recuerdo de los maquinistas que aprovechaban el descanso para pasear a sus novias o la algarabía de los músicos y cantadores que regresaban de la parranda en los vagones de segunda clase. Todo eso está en su novela.
En realidad no sólo a mí me había servido la obra de Roberto Burgos Cantor. Roberto fue el último gran biógrafo literario de Cartagena de Indias y desde aquellos maravillosos cuentos compilados en el libro Lo Amador sugirió con gracia la Cartagena que ya era tiempo de historiar: la de la barriada recursiva en la miseria, con sus beisbolistas aguajeros, sus boxeadores que no tenían para las proteínas pero se alimentaban de esperanzas, sus modistas diligentes, sus músicos talentosos y sin ínfulas, sus burdeles familiares, el pregón ingenioso de los vendedores del mercado público y la elegancia popular de los trabajadores del puerto. Roberto nos convidó a leer, otra vez, la poesía del Tuerto López, las crónicas de Daniel Lemaitre y de Aníbal Esquivia Vásquez, no para encontrar las curiosidades pintorescas del villorrio provinciano, sino para desentrañar con agudeza necesaria las claves para entender la complejidad de una ciudad que coqueteaba en plenos tiempos modernos con los vicios y las exclusiones centenarias.
Su obra es producto de una disciplina espartana para encontrar el lenguaje preciso con el que describir a este puerto en el Caribe con sus victorias y miserias; una cartografía sugerente para andar la memoria de la ciudad y del Caribe colombiano. “Gritar. Así protejo de la devastación los restos de esta memoria asediada que es la única señal para reconocer que yo soy yo”, esciribió en La ceiba de la memoria. Y en su última novela, Ver lo que veo, con la que acababa de ganar el Premio Nacional de Novela, siguió poniéndole palabras a la errancia de los que son obligados a contruir su memoria desde el destierro.
Me quedo con la rabia y la pena de tener que hablar en pasado de un excelente escritor y de un hombre infinitamente bueno y necesario. Roberto, tu muerte repentina me duele. Me duele bastante.