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LOS RESCATES DE ESTE FIN DE SEMAna, además de alegrarnos muchísimo porque con ellos concluye el largo martirio de cuatro compatriotas, deben también servir para recordarnos de dónde venimos.
Todo comenzó cuando al final de La Violencia de los años cincuenta la utopía guerrera echó raíz en unas cuantas células comunistas, semilla que pasados casi cincuenta años degeneró en un inmenso desastre de secuestros, extorsiones y terror. Esta utopía degenerada tuvo como protagonistas a algunos pequeñoburgueses citadinos, digamos Jacobo Arenas, Raúl Reyes, Alfonso Cano e Iván Márquez —ninguno realmente pobre—, aunque la encarnaba primero que nadie un campesino astuto, persistente y despiadado: Tirofijo.
El ingreso de las Farc al narcotráfico en la década de los ochenta les otorgó un gran dinamismo militar al tiempo que señalaba el comienzo de su destrucción política. Pese al reguero de cadáveres que dejaron, las Farc no lograron ninguno de sus objetivos, salvo tal vez el contagiar a algunos en el país de su impenetrable cerrazón mental. Los ocho años de uribismo, que el domingo se van a extender a doce, son cortesía de este grupo cruel.
Hay que decir con claridad que las famosas condiciones objetivas —pobreza, desigualdad y exclusión política— constituyeron el caldo de cultivo en el que creció el fenómeno, pero no su origen. Los factores decisivos fueron subjetivos: el dogmatismo, la crueldad, el aislamiento, la rigidez y la sordera campesina del Secretariado de las Farc. Al gobierno entrante le corresponderá la tarea de convertir a este grupo en un pésimo recuerdo para Colombia, mediante una mezcla de presión militar incesante con alguna forma de negociación final que no podrá incluir concesiones de ninguna especie sobre la institucionalidad del país. Alguien que secuestra, asesina y siembra minas quiebrapatas está éticamente impedido para tener voz o voto sobre el futuro de un país digno.
Los rescates nos hablan, pues, de dónde venimos, pero no nos dicen hacia dónde vamos ni mucho menos hacia dónde deberíamos ir. Por su propia dinámica arrasadora, el conflicto deja un país polarizado, más desigual, más pobre y menos institucionalizado que antes. La mentalidad militarista que se extiende de forma inevitable tras éxitos indiscutibles como los de la ‘Operación Camaleón’ es poco menos que inútil a la hora de construir una sociedad solidaria, sin la cual seguiríamos proclives a la violencia o a experimentos populistas como los que están destruyendo a nuestros vecinos.
Cobra entonces mucha importancia el éxito parcial y algo prematuro que el Partido Verde aún no ha sabido capitalizar. En su fondo está la necesidad de insistir en la refundación de un Estado mejor financiado, menos corrupto, más justo, flexible e inteligente, con prioridades claras y centrado en la educación, el único instrumento que de veras contrarresta la violencia. Porque tampoco se debe olvidar que Tirofijo era antes que nada un hombre ignorante que, a despecho de los pocos intelectuales que reclutó por la extraña propensión de las mentes fanáticas hacia el mesianismo sangriento, se rodeó sobre todo de campesinos sin educación que estaban dispuestos a jugarse la vida y a hacer sufrir a los demás para implantar un ideal que entendían muy mal.
A los Tirofijos potenciales del país hay que mantenerlos en el sistema educativo hasta que los libros y los maestros les enseñen a reflexionar y los vuelvan útiles a la sociedad.