El palacio del sultán, la marioneta y mi hija

Enrique Aparicio
14 de octubre de 2018 – 02:30 a. m.

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He visitado Indonesia en varias ocasiones, un territorio, para mí, fascinante. Posee una cultura tan variada que deja un rastro lleno de leyendas, costumbres, comidas y religiones. Aunque es el país con más musulmanes en el mundo, aquí conviven otras cinco creencias: protestantismo, catolicismo, budismo, confusionismo e hinduismo. Los dioses que veneran en esta última, con sus caras que infunden miedo, son parte de un acervo cultural que nosotros en Occidente no entendemos a primera vista.

El aeropuerto de Ámsterdam estaba atestado ese día. La aerolínea nacional de la República de Indonesia, Garuda, salía a tiempo. El tiempo estimado de vuelo a la capital, Yakarta, sería de unas 7 horas. Haríamos una escala ahí para proseguir a Yogyakarta, una ciudad con monumentos de fama mundial, además llena de historia.

Convencí a mi hija, quien tenía un respiro en su trabajo como actriz, para que me acompañara y pudiera descansar. Ya hemos visitado juntos varios países y se convierte en momentos y recuerdos de viajes padre e hija.

Muchos padres cometemos el error de pensar que no crecen, que son los mismos chiquitos a los que les dábamos órdenes, en la creencia de que el “lo digo yo porque soy tu padre” iba a funcionar toda la vida.

Caminábamos por el palacio del Sultán de Indonesia cuando un tipo se nos acercó y me juró que no quería plata, sino solo darme a conocer algunas piezas que mostraban los orígenes del país. Me repitió que nada de plata, que era por el bien de su patria.

“Papi, ese tipo te va a tumbar.”

La miré como diciéndole: “A tu padre nadie lo tumba. El señor, en sus ratos libres como historiador, quiere mostrarle al turismo un poco de la historia de Indonesia.” Comencé a seguir al “historiador” al sitio donde encontraría parte de la historia que tanto le había oído hablar.

Mi hija decidió no participar en el periplo histórico y no se cansó de repetirme:

“¿No ves que te va a sacar plata? Mira, voy a dar una vuelta por el palacio y nos encontramos en este patio. Si no te veo en tres cuartos de hora llamo a la policía.

Antes de los tres cuartos de hora me presenté en el sitio acordado y la pregunta no se hizo esperar: “¿Qué haces con esa marioneta? Me juraste que no te iba a vender nada.”

“Se trata de una pieza de valor incalculable, pero a mí me la dejó por algo bien módico.  No te voy a decir cuánto porque te sorprenderías” le dije para escudarme de su ataque sorpresa. No nos quedó más remedio que reírnos de mi ingenuidad y su sagacidad. Los papeles se invierten.

Más de doscientos años de dominio colonial holandés no aportaron mucho a la economía de Indonesia, pero en cambio enriquecieron aún más el colonizador. En algunos casos, Holanda aplicó medidas injustas que trataban a los campesinos como esclavos. La Segunda Guerra Mundial terminó en Asia en 1945. Al finalizar ese conflicto armado Holanda trató mantener la relación de dominio sobre Indonesia, pero la comunidad internacional amenazó con tomar medidas económicas contra el poder colonial.

En términos simples, los holandeses pretendían dominar a casi 70 millones de nacionales en un territorio de casi dos millones de kilómetros cuadrados, cuya riqueza en recursos naturales era enorme. Conocían el territorio como la palma de sus manos, pero nunca se preocuparon por mejorar el estándar de vida.

Hoy en día, Indonesia cuenta con sitios maravillosos para el turismo. Su gente es amable y trabajadora, sin embargo, gran parte vive en la pobreza. Su gastronomía es enormemente apreciada en Holanda e incluso forma parte de su dieta y su cultura.  Una paradoja.

Me he acordado mucho de este y otros viajes que he tenido oportunidad de hacer a diversos rincones de ese país conforme leo las noticias del triple desastre natural que han vivido en la isla indonesia de Célebes (terremoto, tsunami y la erupción de un volcán). Nuestra solidaridad debe estar con su gente.

You Tube:

Algunas tomas nuestras del palacio y, obvio, la marioneta.

https://youtu.be/cnxrVqdGUAs

Que tenga un domingo amable.

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